Estamos caminando en dirección de Warenzo.
El mundo cambia cuando estás sediento. Se encoge. Pierde profundidad. El horizonte se aproxima. (En el norte de Etiopía, la Tierra se apega al cielo, dura y pálida como la superficie de un cráneo). El desierto se aprieta a tu alrededor como un lazo de horca. Es el cerebro sediento comprimiendo las distancias de la Gran Grieta, sorbiendo las millas a través de los ojos, magnificándolas, sondeando por cualquier señal de agua. Casi nada más importa.
Ahmed Alema Hessan y yo hemos avanzado pesadamente más de 20 millas a través del calor aplastante. Nos hemos separado de los camellos de carga para visitar un sitio arqueológico escondido en los pliegues de una tierra baldía: Gona, el sitio de las herramientas de piedra más antiguas del mundo. Nuestras botellas de agua están vacías. Estamos sedientos, incómodos, ansiosos. Hablamos poco (¿Qué podemos decir?, ¿Para qué secar la lengua?). Los rayos de sol perforan nuestras cabezas. Un proverbio Afar: Es mejor, cuando estás perdido o sediento, seguir caminando bajo el sol, porque eventualmente alguien te verá. Ser tentados a la sombra, caer tendido bajo uno de los diez mil arbustos espinosos, es mortal: Nadie te encontrará. Así, nosotros caminamos difusos hacia la tarde enceguecedora — hasta que escuchamos el débil balar de las cabras. Luego sonreímos. Podemos empezar a relajarnos. Cabras significan gente.
Nuestros anfitriones: una familia Afar acampando en un colina. Dos fuertes mujeres jóvenes sonrientes. Ocho niños en delgados harapos que alguna vez debieron ser ropa. Y una mujer anciana — ella no sabía su edad — que se encorva como un gnomo en la sombra de un estero de caña. Su nombre es Hasna. Ella ha estado sentada allí, tejiendo con sus dedos como de araña, desde el principio del tiempo. Nos invita a acompañarla, a descansar nuestros huesos, a remover nuestros zapatos. Ella nos ofrece agua — calcárea y caliente, tan salada, tan alcalina que gotea por la garganta como petróleo, pero preciosa pese a todo — de un cantimplora abollada. Nos ofrece un puñado de bayas amarillas de un árbol silvestre. Ella es nuestra madre.
Cuando nuestros ancestros se aventuraron fuera de África hace 60,000 años atrás, se encontraron otras especies de homínidos. El mundo estaba entonces atestado de primos extraños: Homo neanderthalensis, Hono denisovans, Homo floresiensis, y quizás otras variedades de personas que no eran exactamente personas.
¿Cómo vivían?, ¿Cómo amaban? Las respuestas a estas preguntas es imposible conocer.
Cuando los encontramos, quizás como ahora, en alguna colina remota, ¿Compartimos el agua, o incluso nos reprodujimos pacíficamente con ellos, como algunos genetistas sugieren? (Fuera de África, las poblaciones humanas modernas parecen contener hasta el 2% de ADN neandertal). ¿O violamos y asesinamos, lanzando a nuestra especie en su larga y terrible historia de genocidios? (En una cueva ocupada por humanos modernos, Fernando Rozzi, del Centre National de la Récherche Scientifique [Centro Nacional de la Investigación Científica de París], ha encontrado mandíbulas mutiladas de neandertal con marcas de acuchillamiento, quizás canibalismo). Los científicos aún debaten este acertijo. Lo que es seguro es que solo nosotros sobrevivimos para reclamar la Tierra. Ganamos el planeta. Pero con un precio: No tenemos parientes cercanos. Somos el simio solitario.
La suave voz de Hasna me arrulla hasta dormir.
Cuando me despierto, Alema está agazapado en una conversación baja con los hombres del campo nómada. Ellos han regresado de resguardar su rebaño. Nos damos la mano. Les agradecemos. Dejamos paquetes de galletas para la sonriente Hasna, y nos vamos. Nos apuramos para reunirnos con los camellos, caminando hacia Warenzo. Esa noche, mientras bebemos a sorbos nuestro regalo de agua salada sobre el fuego rojo que oscila en vaivenes en el viento, Alema dice que los hombres del campamento de Hasna lo amenazaron. Él no era de su clan. Estuvo a punto de golpearles en la cabeza con su bastón de caminar.
