"Si quieren caminar rápido, caminen solos. Si quieren caminar mucho, caminen juntos." — Proverbio africano.
Breaking camp near Dubti after a night of walking in circles in the sugarcane fields.
Paul Salopek
Acampamos en el costado de la montaña Asa Fatma, un centinela de basalto que soslaya las huellas de caravana trenzadas hacia el este en dirección a la antigua sultanía de Tadjourah — un puerto distante donde antiguamente el marfil, la sal y los esclavos eran enviados en bagala a Arabia. La pequeña república de Djibouti se extiende a nuestros pies: una planicie árida, más caliente y seca que el desierto de Etiopía, con secos lechos de río tapizados de brillante sal, riscos grises como el acero y más afares nómades, apiñados en alguna parte bajo la sombra de una palmera dum — pastores separados de sus camaradas etiopíes por una frontera colonial, hablando en un interrumpido francés.
Aquí es donde comienzo a despedirme de mis compañeros de caminata, los camelleros afares de Herto Bouri.
Los etiopíes se declaran a sí mismos listos para todo. Insisten en que están listos para caminar conmigo a las playas del Mar Rojo. Pero eso es imposible. Mis dos camelleros, Kader Yarri y Mohamed Aidahis, no tienen documentos, papeles que demuestren su existencia física ni pasaporte. ("¡Esta es la tierra Afar!" dicen.) Y Ahmed Alema Hessan, mi guía y mentor camellero, ha sucumbido bajo su mosquitero a causa de una misteriosa enfermedad. Gestiona sus órdenes de carga camellera acostado, desde bajo su pareo, su sarong, el cual se enrolla como una sábana sobre la cabeza. Dentro de unas pocas horas, nos separaremos en el sombrío pueblo fronterizo de Howle.
¿Cómo es caminar por el mundo?
Es tener mañanas como esta: Abrir los ojos para ver nada más que un cielo terso día tras día; un vacío pálido y numinoso que por un breve instante, cuando recién despiertas, pareciera levantarte y sacarte fuera de tí mismo, fuera de tu cuerpo. Es el limpio vacío del hambre, una liviandad que parece impulsada por el viento, de la misma manera en que un caño vacío es soplado para que suene. (Caminamos 18 millas ayer con raciones pequeñas, con un único cuenco de fideos y un puñado de panecillos cada uno. Mi anillo de boda, que alguna vez estuvo apretado, hoy baila sueltamente alrededor de mi dedo.) Es aprender a interrogar paisajes con tus ojos para encontrar forraje para camello, para conocer la dirección del viento (polvo), para descubrir dónde hay madera y, por supuesto, agua — en esto reside un gran poder. Y es observar la inmensidad de África pasar frente a ti a la velocidad del andar, y darte cuenta vagamente de que, incluso a tres millas por hora, te mueves muy rápido. Es el viaje compartido.
Mohamed Aidahis crosses the tamed Awash.
Paul Salopek
Mohamed Aidahis:
Un andar poderoso y pesado — pisa con firmeza, con vigor, como si quisiera corregir la trayectoria de la Tierra en su órbita. Lo llamamos el Tercer Camello. Su apetito no conoce límites. Una noche, engulló el pan que estaba presupuestado para todos. Los demás reían mientras que yo me enfurecía. Él también rió. Es el estilo del pueblo Afar: vivir (y comer) en el momento. Debemos desarmarlo en los pueblos — su daga jile es larga y afilada — antes de que lo haga la policía. Al amanecer, oímos el tok-tok-tok de su filosa hoja mientras prepara el espinoso desayuno para los camellos, cortando ramas altas de un árbol de acacia.
Kader Yarri, the quiet one.
Paul Salopek
Kader Yarri:
La soltura como de marioneta del paso de un hombre delgado; ligero, infatigable, eterno, la marcha de los ancestros que abarcó continentes. Él es el silencioso y, en consecuencia, el escuchado. Anteriormente, confundí su silencio con distanciamiento: para la gente de pastoreo, para los nómades, los sedentarios que no poseen ganado son seres inferiores. Pero el silencio de este hombre es generoso. Una quietud observadora. Sin hacer comentarios al respecto, siempre toma más trabajo del que le corresponde. "¿Qué comerán los camellos?" preguntó un día, preocupado por los desiertos cauterizados cerca de la frontera de Djibouti. Me encogí de hombros: no tenía idea. Recogí una piedra y se la mostré. Fue la única vez que lo vi reír.
Paul Salopek and his Ethiopian guide, Ahmed Alema, arrive in Haramfaf village to a welcoming song.
John Stanmeyer-VII
Ahmed Alema Hessan, balabat, o líder, del clan Bouri Modaitu (y, casualmente, mi guía):
Patizambo, enérgico, con paso saltarín. En otro lugar — en los pueblos de plantas rodadoras del oeste de Texas, por ejemplo — Alema habría sido un excelente bailarín de cuadrilla. Él es el "jefe del camino" de nuestra caótica pequeña caravana: un nudo humano, complejo, fuerte, un nexo de lóbregas conexiones que aprovecha todas las oportunidades, como uno debe hacerlo cuando vaga por el desierto. Al comienzo, su inglés obsceno me hizo dudar de su seriedad: Parecía considerar la caminata un chiste cósmico, un golpe de suerte por medio del cual añadir un ala ejecutiva a la choza de su tercera esposa, la más joven, en Mile, el pueblo de aparcamiento de camiones. Pero Alema va más allá de lo serio. En realidad, se ha apoderado de este viaje, situándose completamente dentro de éste. Nos reúne cuando estamos cansados. Nos presiona. Ahora la caminata le pertenece a él. ("No me importa el dinero, amigo. Es la historia.")
Nosotros, los cuatro excursionistas, reconocemos la buena suerte que nos acompaña durante nuestros mejores días. Bajamos senderos de montaña rebotando, casi corriendo, con el brillante desierto de Etiopía a nuestros pies. Nuestras voces hacen eco en las paredes negras de roca de los desfiladeros durante concursos de grito. Luego nos miramos, tres afares y un hombre de la longitud opuesta de la Tierra, y sonreímos como niños. Los camelleros se contagian con la vibra y cantan.
¿Cómo es caminar por el mundo?
Es así. Es un juego serio. Extrañaré a estos hombres.
End of the trail in Ethiopia: the descent into boiling Djibouti.
Paul Salopek
