Yacob Delamo ha estado en mi mente recientemente.
Lo conocí en la PK-12, un infame camión parado en la ciudad de Djibouti, un vasto lugar poseído por una fealdad extrema, tan espectacular que circundaba astutamente, fuera de toda belleza. Esto fue, por supuesto, de vuelta en África - un continente atrás.
Más de 3000 plataformas en Etiopia estan montadas en la PK-12, como una cicatriz raspando el desierto. Ellos esperan la carga y descarga de los transportes. Retumban. Exalan negros gases. Chillan y silban. Vienen y van incesantemente, los camiones mueven un campo lunar tan fino pintando de rosa el ocaso, como botones de algodón.
Trucks from Ethiopia parked at the PK-12 lot in Djibouti city, waiting to clear customs.
John Stanmeyer-VII
Conductores aburridos, endurecidos un poco, caminan a través de esta cálida, nube rosa como camioneros quienes han muerto e ido de alguna interna combustión celestial. Uno de ellos era Yacob: pequeño, energico, ampuloso, atractivamente contradictorio. ( "Soy un hombre limpio. Un buen cristiano. No visito prostitutas. No.No.No. Los tres análisis de HIV han sido negativos.")
Él habló de los peligros del camionaje africano. ( El asfalto en Addis Ababa está marcado con grandes anillos, muchos volcaron, ruedas arriba.) " En todos lados hay un problema, dice Yacob. " Monos. Ovejas. Gente. Especialmente en los días de mercado. Maneja lentamente! Si vas despacio, es bueno. Tú vivirás."
Él trepó a su cabina para recuperar la hoja informativa de la Asociación de Camioneros del Gobierno Etíope. Estaba impresa en Amárico. Leyó un título, " Conduce despacio para vivir". Otra: " Anda despacio, trabaja despacio". Parecía un tema, una campaña concertada, una misión cívica, un esfuerzo re-educacional, para intentar que los camioneros etíopes saquen los pies del acelerador.
¿ Cúal, le pregunté a Yacob, era el nombre de esa publicación intimidante?
" Muévete Despacio!" me dijo, irradiando una sonrisa de converso.
El fuera de la caminata del Edén, por supuesto, es un experimento en pausa.
Por siete años, esta caminata en la estela de nuestros ancestros empujará el límite de largas olas de historias contadas on line. Pero bajando la velocidad de las caminatas, deseo redescubrir el mundo físico como la primera maravilla que el deambular humano tiene, un escalón por vez, explorándolo a través de sus pieles. El caminar del periodismo es como un híbrido. Abraza la última tecnología. ( La Laptop, el GPS, el télefono satelital.) Pero su marco de referencia no ha cambiado desde los días de los maravillosos poetas épicos. Este proyecto tiene la intención de reproducir eventos corrientes como una forma de peregrinaje, como la historia de una búsqueda, quizá el género más antiguo en la historia. El sendero demanda paciencia. Y esto es porque, en las semanas y años adelante, los intervalos entre mensajes pueden estirarse más allá de días a una semana, o dos, o podrían ser aún más largos que eso.
La escritura inaugural en este sitio ha sido intencionalmente acelerada. Mis editores de National Geographic y yo deseamos establecer un rastro de palabras, un conjunto de piedras, señalando el camino a seguir. Pero los rigores de caminar 10 o 20 millas el día entero a lo largo de cadenas montañosas y costas, a través de ciclos de ciudades y estaciones por venir-
Estoy caminando ahora dentro de Arabia. Desde un barco de carga en el Mar Rojo vislumbro sus costas como un pergamino. Una neblina de polvo reluciente. Luego grúas, pozos de petróleo, inmensas torres, oficinas, los ángulos correctos del mundo moderno: el Puerto de Jeddah.
Los oficiales saudíes los olvidaron. Ellos exponen su humanidad. Se mueven momentaneamente por detrás de sus escritorios - la barricada defensiva de burócratas por todas partes- boqueando, mirando con sorpresa.
¿Porqué? ¿ no ha desembarcado nunca antes un americano en estos muelles, a lo largo de esta entrada marina en la tierra de las dos mezquitas sagradas? Quizá sea el rancio sombrero de vaquero. O el bote desde donde vengo- un oxidado barco de ovejas de África. Levanto mi sombrero. Los oficiales saludan. Pero parecen sorprendidos. Se deslizan desde atrás de sus escritorios.
El cielo es deslumbrante- blanco mate. Estoy extrañamente exhausto. Desorientado. Débil como un astronauta aplastado por el desconocido peso de la gravedad. Debo arrastrar mis alforjas a través del muelle de concreto.
Y luego entiendo.
Por tres días mi bote ha navegado 600 millas desde el norte de Djibouti: un paso de caracol en la era de los viajes en jet. Pero era aún 10 veces más rápido que caminar. Noche trás noche, día trás día, incapacitado de leer o escribir, de concentrarme, merodeaba por cubierta por horas. No podía sentarme, no podía dormir. Había algo mal con el mundo. La superficie de la Tierra- el mar: se deslizaban pero muy rápido.
Luego de caminar 400 millas por el Rift africano, estoy saciado de distancias no ganadas. Estoy sobredosificado de velocidad.
