“Un hombre se siente perplejo tratando de conocer su mente porque su mente es todo lo que tiene para conocerla. Él puede conocer su corazón, pero no quiere hacerlo. Y con razón. Es mejor no mirar ahí”
— Cormac McCarthy
“Tienes que endurecer tu corazón”, dice el marinero.
Navegamos en dirección a Arabia en un barco tan largo como un despeje de fútbol.
La nave está llena con cerca de 9000 almas — 8000 ovejas, 855 camellos, y 24 seres humanos (La lista de la última especie: 20 miembros de la tripulación, tres veterinarios y un pasajero). El marinero parece perturbado, apenado, avergonzado. Está preocupado por la forma en que su trabajo es percibido. Es la humilde mercancía de su barco: animales vivos que deben soportar el sofocante cruce del Mar Rojo. Las ovejas balan en corrales metálicos en las cubiertas superiores. Los camellos que se mueven pesadamente están muy por debajo de cubierta, sus cuellos meciéndose en la semioscuridad del compartimiento de carga como árboles en un extraño bosque subterráneo. Somos una anti-arca. Los animales están destinados a la matanza en el Medio Oriente. Pero el sensitivo marinero protesta demasiado. Es joven. No parece entender que nuestros corazones se endurecieron desde el mismo comienzo — mucho antes de que nuestros ancestros cruzaran por primera vez el Mar Rojo 60,000 años atrás, abandonando África, comiéndose lo que encontraban por del mundo. Lo que se comía se ha acabado. Hoy, cargamos nuestro alimento domesticado con nosotros.
El Motor del Buque Abuyasser II: mi esforzado boleto de salida de África.
Abanderado en Freetown, Sierra Leona. Construido en Italia en 1978 (Los controles de motor del puente todavía se leen como si fuesen opera: Adagio, Mezza, Tutto, Finito). Originalmente, una nave de transporte de vehículos. En Djibouti, los estibadores condujeron ganado por la rampa para autos de la nave luego de la medianoche, bajo la flama anaranjada de la luces del puerto (El silencio de esta operación, el paso suave, sin ruido de las patas de los camellos sobre el metal corrugado, era como una alucinación). Con destino a Jeddah, Arabia Saudita, nos agitaremos navegando en el mar por tres días. Somos un corral flotante. Dejamos briznas de paja en nuestra estela. Los oficiales de la nave son Sirios. Esto solo incrementa nuestra carga lastimosa.
“¿Por qué matar a los niños?” dice el Capitán Abdulla Ali Nejem en Inglés entrecortado. “¿Por qué matar a los hombres?, ¿por qué matar a las mujeres?, ¿por qué?. ¿La fábrica? ¡destruida!, ¿las calles? ¡destruidas!, ¿el hospital? ¡destruido!, ¿la escuela? ¡destruida!, ¿mi país? ¡destruido!. ¡Todo destruido! Siria — ¡acabada! ¡Acabada!“.
La guerra ha obliterado las brillantes imágenes del pasado de su patria en la mente de Nejem, que es todo lo que le queda de país a un marinero. Se sienta con las piernas cruzadas como un swami en el puente del barco, un descendiente envejecido de los negociantes fenicios, pelando una amarga naranja con una navaja de bolsillo. Es un hombre amigable y empático. Cuando se repite así mismo tres veces no es solo una opinión expresa. No: es una ley del universo expuesta. El Capitán Abdullah se repite así mismo frecuentemente porque hay muchas de esas leyes (El universo es un lugar complicado). Esta es una de las seducciones falsas de la tecnología:
“¡Todo es electrónico! ¡Todo es electrónico! ¡To-do es electrónico!. ¡A mano! ¡Hazlo a mano! ¡Hazlo a mano! ¡Mejor! ¡Mejor! ¡Mejor!.
Nejem me muestra su viejo sextante. Brilla como una pepita de oro en una caja de madera de teca con interior está cubierto de bayeta verde. Alguna vez condujo un barco se carga hasta India y de regreso utilizando este hermoso instrumento mecánico. Pero cuando subo al puente esa noche, diviso un iPhone brillando en la consola de la nave. Nejem está usando una aplicación de GPS que le ayuda a dirigirse al norte a través de las olas. En la luz azul pálida de su teléfono, miro su rostro, arrugado hacia su interior por la tristeza.
Hay mucho de esto — ausencia, escapismo — a bordo del Abuyasser II. El jefe de ingeniería se sienta ante su laptop por horas, fumando cigarrillos uno tras otro, ojos cerrados, escuchando el canto de pájaros bajado por internet. El primer oficial se pone de pie en el timón, sorbiendo té, mirando con ojos vacíos la pizarra azul del horizonte.
Esta estado de ánimo de ansiedad y anhelo es infeccioso. Me asomo hacia atrás, miro a África retroceder por la popa: una línea calcárea, un disco blanco visto en el borde, un anfitrión pálido que se derrite a lo lejos en la lengua del océano. Con cada aceituna comida en el comedor, nos acercamos más a Arabia. El ojo de buey de mi camarote mira hacia atrás. La pequeña cabina es una sorpresa. Un oficial me la ha cedido por la duración del viaje. Está decorada con bombillas navideñas rojas. Cuelgan en cuerdas desde el techo. Un gran corazón de peluche se balancea por encima de la estrecha cama. Decoración propia de un motel de amor. Aún así, hay poco amor a bordo del bote de camellos, a excepción quizás del amor-propio.
Pasamos traqueteando el Bab-el-Mandeb — el angosto “Estrecho de la Pena” entre África y Arabia. Miro la paja volando en nuestra estela. Otro nombre para este cuello de botella en el Mar Rojo es el Estrecho de las Lágrimas.
“El Mar Rojo” — declara el Capitán Abdullah — “es más salado que el Mediterráneo”.
Por supuesto que es. Por supuesto que es. Por supuesto que es.
