Una llamarada de gas quema en el horizonte — un segundo sol. Caminamos más allá de ésta. Avanzamos trabajosamente por el domo plateado de una mezquita ubicada a un lado del camino. (Su aparcadero cuenta con un grifo que ofrece agua fría para los viajeros.) Tiramos a nuestros camellos dejándo atrás una parada de camiones llena de manchas de combustible. Luego, ondeando como una alucinación en la distancia: un arco de concreto. Sobresale cuarenta pies o más por sobre la planicie del desierto. Parece un portal de acceso a una de las míticas ciudades amuralladas de las mil y una noches. Excepto que no hay ciudad — no todavía, al menos. Y no hay muralla. Solo hay arena horadada por las seis patas largas de los oscuros escarabajos. Y un viento caliente, embalsamador.
Este es el laboratorio llamado Ciudad Económica Rey Abdullah.
Uno de los mega proyectos más relevantes de Arabia Saudita, KAEC — pronunciado "kéic" — consiste en la construcción, desde cero, de una nueva metrópolis en las tierras baldías de la costa del Hejaz. Ambicioso embrollo. Más de cincuenta metros cuadrados de fábricas, centros comerciales, universidades, embarcaderos, plantas desalinizadoras, parques, hospitales, hoteles, edificios de oficinas y bodegas brotarán de este punto tan dolorosamente desolado. Costo: el producto interno bruto de muchos países pequeños, de Latvia, de Luxemburgo. (¿$27 billones? ¿$80 billones? Las estimaciones varían.) El puerto industrial más grande del Mar Rojo levantado en este vacío litoral. Dos millones de personas podrían vivir aquí dentro de veinte años. Algunas personas viajarán periódicamente para trabajar en los canales al estilo de Venecia, a bordo de yates a motor.
Puedes caminar por la austera costa del Mar Rojo y asombrarte por el familiar embalaje de la antigua asociación entre Estados Unidos con este conservador reino islámico: las mismas ambiciosas supercarreteras (incluso las señalizaciones viales en blanco sobre verde son idénticas); las mismas viviendas coche-céntricas, de límites redondeados; las mismas tiendas de Pizza Hut; las mismas enfermedades de la prosperidad (diabetes tipo 2, cinturas redondeadas en la vestimenta saudita). Pero entonces aparecen los arcos triunfales de KAEC. Y recuerdas que no estás caminando por Arizona.
Construction engineers from Pakistan are among the thousands of workers building a metropolis in the desert.
Paul Salopek
"Esta es la zona económica especial financiada por privados más grande que existe," dice Rayan Qutub, el amistoso ejecutivo de KAEC que me lleva de tour por su ciudad en gestación. "Arabia Saudita necesita más de este tipo de desafíos. Los precios del petróleo suben y bajan. Hemos pasado por momentos difíciles en el pasado por ese motivo. No podemos depender siempre del gasto público."
La minivan de Qutub nos lleva por silenciosas avenidas. Palmeras de idéntico tamaño bordean estas fantasmales franjas de asfalto, mostrando el vasto desierto alkali más allá. Esparcidos por aquí y por allá: una escuela internacional, un lujoso hotel, una cadena de restaurantes. Un coche patrulla de KAEC, con sus luces intermitentes, guía el camino. Está apartando el todavía inexistente tráfico de la ciudad instantánea.
La escala —a menudo inhumanamente— monumental de los proyectos de construcción saudita me recuerda una era desvanecida hace mucho tiempo: de Brasilia, la pre-planificada capital de Brasil, o de la heróica era de los trabajos públicos y privados de los Estados Unidos. (Las autoridades del Valle de Tennessee, la era dorada de los primeros rascacielos de Nueva York.) Esa fanfarrona confianza, ese sentido de control, todavía perdura en Arabia Saudita. Qutub revisa las corporaciones que han creído en la visión de KAEC en el desierto: Pfizer, Mars, Toys R Us, Saudi Airlines. De paso señala, de manera apologética, que la construcción se encuentra retrasada debido a la recesión global: las torres de vidrio de oficinas y los clubes de golf todavía no han sido construidos. (Otras ciudades instantáneas están siendo esbozadas en el reino.)
Observo un video publicitario en la oficina central de KAEC.
Lo sorprendente no es el diseño elegante y futurista de la ciudad. Tampoco su aparcadero subterráneo en niveles. Tampoco los millones de contenedores de transporte que algún día inundarán su puerto computarizado. No. Es su gente. El artista ha representado a hombres y mujeres sauditas socializando libremente en elegantes espacios exteriores. Parece haber poca segregación por género. Es una visión de mezcla social, de liberalismo, que existe hoy en gran medida dentro de los complejos amurallados de los trabajadores extranjeros en el reino. KAEC y otros proyectos similares ocupan la turbia frontera entre las fuerzas de la modernización y la ortodoxia religiosa en Arabia Saudita.
"No somos un Dubai," me dice Qutub cuidadosamente. "Dubai es una ciudad internacional. Como Singapur. Somos una ciudad saudita, pero una que mira hacia el exterior. Queremos respetar quienes somos, nuestras tradiciones, pero también queremos permanecer abiertos en la forma en que el Hejaz lo ha estado siempre, abierto al mar."
¿Qué cambiará? ¿Qué permanecerá? ¿Qué significa la modernidad en Arabia Saudita?
Mi guía Mohamad Banounah, mi camellero Awad Omran y yo pasamos por otra ruidosa parada de camiones. Es de anochecida. De entre las deslumbrantes luces fluorescentes de la gasolinera, tres hombres salen a la oscuridad para encontrarse con nosotros, calmando a los nerviosos camellos. Son hombres en togas. Levantan sus manos con las palmas hacia arriba en gesto de invitación, de bienvenida. Son pueblerinos — no ricos. No pueden vernos claramente. Pero somos rahalla— viajeros. Nos invitan a entrar en sus casas y compartir el pan en la noche.
En route again—pausing to water the camels at a Chinese laborers’ camp on the trail north.
Paul Salopek
