Espero a que las semanas más calurosas en el desierto de la región de Hiyaz toquen a su fin en la ciudad portuaria de Yanbu, a orillas del Mar Rojo. Mientras espero, viajo dando vueltas en círculos en un Jeep. Esto ocurre por la noche, en un rally de acrobacias y bajo la luz blanca de los reflectores de un estadio urbano.
El Jeep avanza con una inclinación radical, balanceándose tan sólo sobre sus dos ruedas derechas. El hombre que ha realizado esta hazaña de conducción es un fornido especialista llamado "Capitán" Ahmed al-Shagawi. El Capitán ha accedido a llevarme como pasajero. Viste un jersey de motocross y la sonrisa aburrida de un profesional temerario. Sosegadamente me dice mientras nos tambaleamos: "Estate tranquilo".
Ahmed al Shagawi’s windshield view.
Paul Salopek
Pero yo no estoy tranquilo. Agarrándome al asiento del coche, me pregunto: ¿Qué deducirán de este ritual los antropólogos del futuro? ¿Automóviles circulando en ángulos imposibles encima de una pista diseñada para carreras de pies humanos? ¿Siendo observados por varios cientos de hombres y niños extasiados? (Hay una mujer entre el público -una gerente de hotel de Filipinas) ¿Dirán los expertos en cultura temprana del siglo XXI que tales reuniones eran danzas de fortalecimiento del vínculo masculino? ¿Ritos de proeza guerrera? ¿O manifestaciones benignas del deseo universal de presenciar lo calamitoso -la curiosidad enfermiza por los accidentes de coche? Todo suposiciones razonables. Esta noche, en el Estadio de Yanbu, todo riesgo es riesgo sustitutivo. El verdadero peligro acecha en las carreteras.
Tafheet o "Drifting" es un deporte de motor clandestino propio de Oriente Medio en el cambio del milenio.
Jóvenes indignados con la conformidad política y social de sus vidas lo realizan en las autovías públicas dejando fluir libremente su testosterona al girar, deslizar y destrozar coches (a menudo automóviles de alquiler), de igual modo que los pilotos de velocidad americanos lo hicieron en la encorsetada América de los años 50. Estos chicos árabes se graban a sí mismos con smartphones y descargan sus proezas en la Web. Algunas veces se matan. Recientemente en Arabia Saudí, un derrapador rebelde fue condenado a morir decapitado a causa de un fatal accidente con otros dos motoristas. Para canalizar esta energía siniestra, en Yanbu se ha organizado una exhibición de conducción acrobática.
"¡Ah! Esta multitud no es nada", me comenta el Capitán al-Shagawi. "En la provincia de Casim actué frente a 50.000 personas".
El Capitán añade, modestamente, que la imagen real de aquel evento fue un intento de los saudíes locales por entrar en el libro Guinness de los Records cocinando la bandeja de kapsa, un plato de arroz y carne tradicional, más grande del mundo. Los saudíes mantienen el record mundial de la más grande colección de rosarios de oración (3.225), el más grande plato sopero (9,8 litros) y el más grande anillo de oro (53 kilos y medio de metal precioso).
Una figura llena de energía, un hombre tan delgado como una ramita desnuda de acacia, corre por el rally de exhibición acrobática de Yanbu. Está en cualquier lugar del campo: haciendo fotografías, dando palmadas en la espalda a los pilotos, besando a los niños... Es Saeed al-Faidi. He dejado mis dos camellos en el establo de su granja del desierto mientras espero a que las temperaturas diurnas desciendan por debajo de los 48 grados centígrados. Voy a atravesar la Península Arábiga.
Mis camellos transportan comida y agua, una pila de blocs de notas, un teléfono por satélite, mi llave de mi casa de Nuevo México. Awad Omram, mi camellero sudanés, se está preparando para nuestra partida, ha reparado las sillas de montar con cinta aislante. Junto a un intérprete llamado Ali al-Harbi atravesaremos las áridas estribaciones de las Montañas Radwa -un reducto de lobos- siguiendo la vieja ruta de peregrinación a Sham, un sendero de la antigua migración humana. Caminar por el monte unos 40 kilómetros al día, esperar a trabar y a alimentar los camellos, acampar para cenar, todo ello serán quehaceres que asfixiarán mis envíos escritos. Habrá silencios.
Cameleer Awad Omran and helper Abu Ali repair a saddle in preparation for our resumed journey.
Paul Salopek
Hace algunos días, en su granja abrasada por el sol, estuve con Saeed al-Faidi evaluando el estado de los camellos. Saludé a esos tenaces animales como siempre lo hago, en español.
"Qué pasó... -comencé a decir.
Y Saeed, el hijo de los Beduinos, un antiguo hombre del petróleo que una vez vivió en la frontera de California con México, terminó mi frase: "... vatos".
Le miré fijamente. Pero él arrullaba a Fares, frotando al gran y malhumorado semental detrás de las orejas. Saeed no fue consciente de como había tocado mi corazón en ese instante. Es mi nuevo responsable de logística.
Quedarse en el mismo sitio demasiado tiempo te deja a la deriva y, por lo tanto, también es una forma de hacer "drifting"
Voy viajando en círculos, sobre dos ruedas, en la oscuridad.
Unos 64 kilómetros al sur de este extraño mundo, cerca del pueblo de pescadores de El Reis, reanudamos nuestro viaje hacia el Levante. Petroleros gigantescos navegan cerca de la línea de costa. Desde más allá de las colinas y dunas junto al mar, sus imponentes superestructuras, deslizándose inquietantemente, parece como si estuviesen surcando la arena.
