Al norte de Rabigh encontramos un mundo alienígena. Su color dominante: blanco. Un blanco que causa conmoción - el no-color que ves cuando recibes un golpe fuerte. El blanco del relámpago. Deslumbra los ojos. Escuece los labios. Quema la lengua y pone el pelo tieso. Se come nuestras botas. Blanco de sal.
Salt foam quivers in a hot breeze near Masturah.
Paul Salopek
Las llanuras costeras de Masturah son famosas por sus salinas. La pesada respiración del mar, subiendo y bajando en mareas muertas, llena y drena las piscinas naturales con agua salada que destella un púrpura sobrenatural. Las piscinas parecen gemas. Transparentes como amatistas. Ribeteadas con una espuma punzante y corrosiva. Ibn Saud, el conquistador de Arabia Saudita, reservó estas inmensas salinas, por decreto real, para uso exclusivo de los residentes locales - el clan Zubaid de la tribu Harb.
"Esto lo envía Dios," dice Abdulaziz Ibn Hussein al Ghamni, un cosechador de sal quien, a los 85 años, se ve estremecido, secado hasta su escencia, encurtido. "Dios lo hizo. Viene directo del mar. Nada es más puro o limpio."
Salt harvester Abdulaziz Ibn Hussein al Ghamni in his shop in Masturah.
Paul Salopek
T. E. Lawrence, soldado y académico británico, cabalgó a lomos de su camello hembra por las salinas de Masturah en 1916. Le urgía unirse a las fuerzas árabes bajo el mando del general Feisal en contra de los otomanos. "Tal viaje fue como pasar por una alfombra para nuestros camellos", escribió en su libro Los Siete Pilares de la Sabiduría. "Las partículas de arena eran limpias y pulidas, y reflejaban la luz del sol como pequeños diamantes, tan mordazmente que tras un momento yo ya no podía soportarlo."
Hubo varias cosas que Lawrence de Arabia no pudo soportar. Encontró la manera de poner fin a su vida en un camino rural de Dorset, en una motocicleta. Una tardía baja de guerra.
Masturah, pura y limpia.
Caminamos con dificultad, entornando los ojos.
