Las personas se reunían en la carnicería de Yousef al Faidi en la noche.
Era agosto, el mes de ayuno del Ramadán, y el antiguo oasis yace en las colinas arrugadas de El Hiyaz, una comunidad de sonámbulos que se mantenía despierta mucho tiempo después de oscurecer. Cuando Dios permitió a las personas comer. Cuando los animales podían ser sacrificados para donar a los pobres. Cuando el sol pudo escapar. Era como vivir en algún polo escurecido. Excepto que todavía estaba caliente. Las sierras para hueso se quejaron. Los vecinos se detuvieron para sentarse en las sillas para chismosear, para beber té dulce, para sudar al aire libre.
Yousef cortaba sus ovejas, cabras y camellos con cuchillos afilados en discos de afilar, con cuchillos afilados como navajas con hojas de palma seca. Había quedado inválido en un accidente de auto hace casi 20 años. Pero podía sacar la cabeza de un camello con dos golpes. Hayat al Althagafi, su esposa, enseñaba en la escuela a niñas locales cómo cocinar, cómo pintar. Nunca la vi hasta el útlimo día en un mes de visita. Era una gran concesión de su parte - ser vista por un extraño en su casa. Ella dijo que se preocupaba por su hijo, Abdallah, quien era un poco salvaje con respecto a la mayoría de niños de 12 años. Ella quería que creciera para ser un hombre honorable, si Dios lo quería.
"Probablemente no tienen estos problemas en California", dijo Yousef.
Le había dicho a Yousef que nací en California. Le dejé saber que esos problemas también los tienen allá.
