Estaban fuera, con los camellos. La madre levantó los brazos, como si exhortase a una multitud desde la cima de la montaña, dirigiendo hacia el abrevadero a gigantes toros malhumorados.
—Ajá —dijo.
Una de las hijas mayores portaba 20 kilos de paca de alfalfa de la cama de una camioneta. Llevaba una bata de flores. La otra hija estaba sentada tras el volante de la camioneta, tirando de su abaya negro y de sus guantes a la par que nos acercábamos. Eran de la tribu Billi. Habían caminado durante ocho días con sus animales desde Duba. Tenían tiendas de campaña raídas. Sus hombres se habían ido con las obejas.
—Podéis serviros de agua —dijo la mujer.
Señaló un antiguo camión cisterna. Nos habló desde una distancia de casi 10 metros y se mantuvo ahí. Se quedó muy quieta y recta. Incluso tapada, se podía ver que era severa. Tras la espalda, agarraba un cuchillo de carnicero de unos 30 centímetros.
—¿Nos tiene miedo? —preguntó Ali—. ¿Por eso lleva un cuchillo?
—No tengo miedo —dijo—. Tan solo lo llevo.
La señora se llamaba Oum Shileweah. Su hija, la conductora de la camioneta, era Ghazal (gacela). En Arabia Saudita, a las mujeres se les prohíbe conducir. Los poderosos clérigos del Reino consideran que, otorgar tal independencia a las mujeres, corrompería la moral pública. Sin embargo, en el desierto, poder moverse es sobrevivir. La necesidad (también su padre y sus hermanos) llevó a Ghazal y a cientos de mujeres saudíes rurales como ella, a usar el acelerador. La moral de Ghazal sigue intacta. Y nadie hubiera podía detenerla. A ver quién sería capaz de enfrentarse a Oum Shileweah.
