Éstas son arenas del color de los ladrillos. Y arbustos quebradizos: pálidos, fantasmales, diáfanos, cómo bocanadas de humo de artillería congelados por una cámara. Son tótems de arenisca. Cómo de basalto. Un cielo cobalto con nubes grises, parecidos al cirro. Y el silencio.
Hemos dejado a Áqaba detrás de unas montañas. Y ahora hemos entrado a una colosal sala llena de espacio, una quieta área salvaje de imponentes monolitos de piedra, a los cuales ciertos antiguos viajeros árabes referían anteriormente como وادي القمر, o el Valle de la Luna.
Hoy se le conoce mejor como el Uadi Rum, una arteria eterna de la migración.
Ancient footprints connote pilgrimages.
Paul Salopek
De más de 80 millas de largo, el Uadi Rum es el enlace de las extremidades del desierto bronceado de Arabia a la compleja, arrugada, múltiple cámara del corazón del Levanto. Los cazadores paleolíticos primeramente andaban a la deriva cuando los leones todavía se acurrucaban en praderas ahora desaparecidas. Los ganaderos llegaron luego, con sus extremidades libres y alargadas luego de años de comer proteína, y andaron silvando y divirtiéndose con sus andanzas al traer consigo nuevos genes tolerantes a la lactosa adentro de su ADN. Luego fue que poblaciones proto-árabes del imperio antes denominado como Nabataea, esos constructores de ciudades de piedra espectaculares antes de la era de Cristo, clamaron este lugar de otro mundo como suyo. Fue luego que invasores romanos los desplazaron. Los judíos y cristianos montaron sus caravanas por el Uadi Rum hacia el Hefaz antes de la llegada del Islam. El profeta Mahoma y su caballería galopó en la dirección opuesta, con estandartes verdes ondulando, para luego establecer su Califato vasto.
Establecemos entonces pobres hogueras a lo piel roja. Caminamos después.
Nosotros aquí somos cuatro: dos colegas que nos visitan brevemente desde Estados Unidos, también nuestro guía del desierto, Hamoudi Enwaje' Salman al Bedul, y yo. Cada uno dirige a su mula de carga por una cadena. Pronto es que empezamos a ver los mensajes que empiezan a aparecer en la arena. A través de los varios roles que tiene el Uadi Rum cómo válvula de historia de corredor, embudo, y cuello de botella, permanece sobre todo como un escritorio de estudio colosal de la inquietud humana.
"Hay literalmente más de cien mil inscripciones aquí," dice Glenn J. "Joey" Corbett, un arqueólogo estadounidense independiente que ha estudiado a la región. "Hay otros pocos lugares en el mundo como éste con tal tipo de arte en las rocas. Algunas andan en Australia. De pronto otras por el Oeste Americano."
Algunas de las representaciones más antiguas son de ganado–toros audazmente tallados, que se veían para nosotros sorpresivamente modernos, porque artistas como Picasso usaron este mismo estilo neolítico–que tiene más de 9,000 años de edad. Las más recientes datan de hace un siglo: son plegarias talladas por peregrinos musulmanes que estaban emigrando hacia La Meca en el ocaso del Imperio Otomano. Hay una cantidad innumerable de retratos de camellos. También de avestruces y de antílopes órice. Se ven además escenas de hombres en una especie de guerra. Las inscripciones más numerosas rayadas en las rocas fueron creadas en Hismáico, un precursor de al menos unos 2,000 años al Árabe que conocemos, grabado minuciosamente por los pastores, los cazadores montados, y los caravaneros que transitaron por siglos en el Uadi Rum. Muchas de estas inscripciones son nombres. Están inscritas a la posteridad en servidumbre al poder de imperios invasores, a dioses relegados, y a realezas olvidadas.
Inscriptions in Wadi Hafir.
Paul Salopek
Bdhrtt—"sirviente de Aretas."
Bdsqlt—”sirviente de (la reína) Shaqilat.”
Mrktb—”hombre de al-Kutba.”
Un amigo y arqueólogo jordano, Mahmood Alfageer, nos lleva a un cañón llamado el Uadi Háfir. Deambulamos a través de la inmensa galería de palabras. Montones de antiguas firmas, quizás cientos, son visibles en nuestra caminata de cinco minutos. Son reliquias de vidas ordinarias que fueron arrancadas para seguir en la eternidad. Yo empiezo a grabar estas imágenes en una tarjeta de memoria qué, cómo el ordenador donde quedará grabado el código digital de la cámara, dependen de una corriente de electricidad firme. Copié entonces el rótulo extraño, antiguo, serpenteado de Thamudic E a un papel barato que empezará a desteñirse en por ahí un año. Una nueva laguna, un vacío digital, empieza a crecer en la narrativa de piedra del Uadi Rum. Me pregunto: ¿Qué tanto, o cuándo, debemos usar el cincel de nuevo? Y después empiezo a virar hacie el noroeste.
Mahmood Alfageer interprets rock art.
Paul Salopek
Hamoudi y yo estamos solos ahora, y nos empezamos a mover hacia el viejo pueblo de caravasar llamado Al Quweirah cantando a mala voz. Al Quweirah era la base logística del equipo Hollywoodense que filmó “Lawrence de Arabia,” la inscripción celuloide de un viajero que pasó por el Uadi Rum en lo que parece sólo ayer. Lawrence había visto estas inscripciones en las rocas. Y llamó al Uadi Rum: "un camino procesional más grande que la imaginación."
Los ejércitos árabes se habrían perdido en lo ancho y angosto de este lugar, y dentro de las paredes un esquadrón de aeroplanos hubiera podido rodar en formación. Nuestra pequeña caravana se volvió cohibida, y nos sentimos cómo en una especie de silencio muerto, asustados y avergonzados de ostentar su pequeñez en la presencia de las estupendas colinas.
Las pezuñas de las mulas galopan huecas ante las baldosas facetadas de barro que yacen en lo que solía ser un lago. Nos dirigimos ahora hacia el Medio Oriente.
Video by Paul Salopek, Adam Jabari Jefferson
