Un atardecer empapado.
Entramos en el pequeño pueblo mercantil empapados, embarrados, mareados por el asombro: es la primera lluvia en un año de caminata. La lluvia barniza los quebrajados pavimentos del pueblo. Los letreros eléctricos de las tiendas brillan y destellan en la lluvia. Las luces traseras de los vehículos derraman sus tonalidades rojizas en los charcos. Los focos del alumbrado público queman como bolas de fuego bajo la llovizna. Es un carnaval de luz reflejada. Pero, ¡la lluvia no desalienta a nadie! Las calles están llenas de gente chapoteando. Guiamos a nuestras fatigadas mulas entre húmedas multitudes en las intersecciones. Estamos buscando alojamiento — un techo, un cuarto, lo que sea. Pero, ¿qué hacen estos pueblerinos afuera? ¿Están celebrando la lluvia? Parece probable, al tratarse de un árido pueblo del Medio Oriente. Observo sus rostros. Quedo asombrado. Son africanos.
"¡Nunca uses la palabra "abed" aquí!" Me susurra al oído Hamoudi Enwaje’ al Bedul, mi guía beduino. Menea un dedo en señal de advertencia. "¡Gran problema!"
Como si fuera a hacerlo. Abed: esclavo, un insulto árabe para los africanos. Un doloroso agravio. Hamoudi está tenso. Está fuera de su elemento —es un hombre tribal este ciudadano del desierto— en un lugar tan ajeno. Pero yo me siento bien, cómodo, incluso encantado: Viví en África por más de una década. Es mi continente favorito. Y aquí, de alguna manera, me he encontrado con un grupo remanente de habitantes africanos que viven en el Valle del Jordán. Me siento instantáneamente transportado de regreso al inicio del viaje. Sin embargo, podríamos estar equivocados, Hamoudi y yo.
"No sé de dónde venimos," dice Muhammad Zahran, el director del museo local, que nos permite dormir en la cabina del guardia. "No estoy seguro de que vengamos de África. Podríamos haber sido soldados otomanos. Mucha gente aquí es de Amán. O tribus beduinas o egipcias. O palestinos o sirios. Estamos mezclados."
Zahran habla de su grupo étnico, los Ghawarna — jordanos de piel oscura que labran los grandes abanicos aluviales al sur del Mar Muerto. Lo observo, perplejo. Se parece a mis amigos de Etiopía o Somalía. Por lo demás, investigaciones someras han revelado que los expertos concuerdan: Los Ghawarna, que suman decenas de miles, son genéticamente africanos. Vinieron al Medio Oriente en contra de su voluntad, como esclavos, para trabajar en los campos de azúcar en el siglo XII (un colosal molino de azúcar ha sido descubierto cerca de Ghor al Safi) o como esclavos domésticos en el siglo XIX. Pero los pueblerinos a quienes les he preguntado, rechazan la idea. Fruncen el ceño. Se encogen de hombros. No están de acuerdo.
"Quizás es por el sol de aquí," sugiere Nawfa al Nawasra, administradora de un taller femenino de costura. "Quizás nos ha tostado más." Al Nawasra me informa que sus ancestros provienen de Iraq.
Ghawarna women dye wool using oxide-rich mud.
Paul Salopek
¿Qué ocurre?
"El grupo Ghawarna ha estado sujeto a prejuicios de color durante mucho tiempo en Jordania," dice Edward Curtis, un profesor de estudios religiosos de la Universidad de Indiana, en Indianápolis. "La solución local, en este contexto, es adoptar una identidad árabe por completo."
Curtis condujo recientemente un estudio etnográfico en Ghor al Safi y concluyó que no existen tradiciones populares africanas identificables. Ninguna historia oral vincula a África como el hogar ancestral. Tal es el poder de la discriminación, del subdesarrollo y de la vergüenza en una de las regiones más pobres de Jordania. Ocurre relativamente poco mestizaje entre los Ghawarna y otros grupos étnicos de Jordania.
"Llegué acá buscando una historia de orgullo musulmán negro," dice Curtis. "Pero esa resultó ser nada más que mi propia idea americana. Esta gente no se ve a sí misma como africana. Solo son árabes negros."
La base de la identidad, de la raza, no es en ningún sentido granítica.
Es altamente fluida. Es como un río — una corriente mareal, de hecho: Su flujo no es lineal, sino que se dobla y se retuerce, tomando primero una dirección y luego otra. Nuestros ancestros directos pudieron haber sido no solo de distinto color a través del tiempo: Dada una correcta combinación de patrones migratorios y exposición al sol, pudieron haber sido de distinto color durante varias ocasiones. Esta no es una perspectiva filosófica. Es genética. Los científicos piensan que la pigmentación de la piel puede variar perceptiblemente dentro de apenas cien generaciones.
A la mañana siguiente, Hamoudi y yo nos encaminamos hacia el norte del Valle Jordán. Conducimos a las dos mulas delante de nosotros.
Ambos nos equivocamos acerca del remolino del río llamado Ghor al Safi. Caminando rápido, Hamoudi deja una inquietante distancia entre sí mismo y un pueblo de aparentes forasteros —africanos— que culturalmente son tan árabes como él. Y yo soy mucho más africano, en la memoria, que los recelosos residentes negros de Ghor al Safi, cuyo parentesco busco torpemente. Los Ghawarna nos enseñan esto. Somos, para mejor o para peor, quienquiera que decimos ser.
