No podemos caminar por ahí.
¿No? ¿Y por allí?
No
¿Más allá?
No. Mushkela: problemas.
Mi guía Hamoudi Enwaje’ al Bedul me enseña sobre la libertad para circular.
Seguimos camino al norte a través del vasto, seco y blanquecino valle del Mar Muerto a la vera de una autopista muy transitada, ruta de gigantescos camiones encorvados bajo las toneladas de tomate que transportan. El camino se figura como una cinta transportadora de alquitrán construida para máquinas, que avanza recto casi de manera inhumana, laminado por pájaros muertos embestidos por parabrisas apresurados.
Hamoudi drives Mana’ along a nightmare road—booming with truck traffic, strewn with dead birds.
Paul Salopek
Atrás quedaron ya las dunas de bronce de Wadi Araba y la suave arena ha dado lugar a la calcinante grava. Atrás quedaron las viejas y serpenteantes rutas de camellos de las montañas de Transjordania, con muros de arenisca y rincones de peñasco pincelados de cenizo azul bajo las sombras de la tarde. Atrás, los caminos rurales desgastando por los refugiados sirios, proveedores de las verduras destinadas a Amman. Hacia adelante se erige este estrecho pasillo de asfalto: ruta de camiones, desenfrenado, ruidoso, abrasador y hostil para toda forma de vida que no cuente con motor. Suenan los claxon cuando nuestras mulas de carga, Selwa y Mana, osan aventurarse hacia los aceitosos carriles del camino. La sordidez de caminar por aquí no tiene nombre; es el infierno mismo. Y aun así, no logro que Hamoudi cambie de trayectoria ni se aleje diez metros del hedor picante de los caños de escape.
¿Por qué?
"Por la policía", dice apesumbrado. Mushkela. Problemas.
En Jordania, no está permitido caminar bajo tendidos eléctricos, explica Hamoudi. Hay tendidos eléctricos a lo largo del camino. (¿Es verdad? ¿Por qué? No sabe qué decir). O quizás es por el lodo. El Mar Muerto se retrae hacia el oeste con un brillo opaco y rodeado de pantanos y arenas movedizas: zona prohibida. Tampoco está permitido caminar cerca de la frontera con Israel (que se distingue, difusa, a la distancia). Si bien las dos naciones no están en conflicto, toda la zona es cuenta aún con controles de seguridad. Hace días que se escuchan las maniobras israelíes de eliminación de minas a lo largo de la frontera cual truenos quedos creados por el hombre.
No le creo. Estoy enfadado. Tengo la sospecha de que Hamoudi sólo quiere llegar al puente del Rey Hussein (donde dejaré el país para adentrarme en Cisjordania) tan pronto como sea posible y despedirse de mí. Pero me equivoco.
Comienza a detenernos la policía.
Policía de tránsito. Patrullas en camionetas con ametralladoras de calibre de 50 mm y oficiales vestidos de civil que reconocemos por sus coches todoterreno y corte al ras. Debería hacer un poco más de ejercicio, señalo a un oficial. Es cierto, me responde mientras se toma la barriga. Hamoudi y yo no encajamos en esta ruta moderna, con nuestras dentudas mulas de carga, monturas atadas con viejas mantas color naranja, shemaghs (unos sucios paños para cubrir la cabeza) desteñidos por el sol y tetera que bien podría ser una bomba. Quizás somos espías, contrabandistas, criminales. O, en resumen, nómades, siempre bajo sospecha. Cerca de Amman, capital de Jordania, la policía nos detiene e interroga seis veces en un lapso de veinticuatro horas; una nueva marca. Casi tantos controles de seguridad como en la caminata de 3500 kilómetros desde África. La ruta es nuestra prisión en línea recta. Somos los reos caminantes. Un mapa se me figura de repente: un plano de todos los controles policiales del mundo. Un mapa sobre la libertad para circular, un mapa interactivo en el cual estamos trabajando, pero que aún está en preparación.
Pero no es tan sencillo. La libertad para circular comienza en la mente.
Mientras dejamos atrás las tierras salvajes, observo a Hamoudi tornarse más cauteloso, más dubitativo. Siempre se mueve con mucha libertad, ya que es guía arqueológico calificado, conocedor de la historia de Jordania y amigo de personas de muchos países diferentes. Es un relator sin miramientos, risueño, de pies incansables, con una excelente capacidad para sobrevivir en medio del desierto, un beduino orgulloso de sí. Y aun así, cae un manto de silencio sobre él a medida que nos alejamos de su bello hogar en las montañas de la antigua Petra. Él es bedul, una pequeña minoría étnica de la zona rural de Jordania habitada por distintas tribus. La autopista es un lugar seguro (es decir, neutro) para atravesar el territorio de otras tribus inconexas, "los Otros". Es posible que este camino asfaltado sea mi enemigo, pero es aliado de Hamoudi.
Conozco un buen lugar para pasar la noche, dice un día después de 32 kilómetros de caminata.
El lugar se trata de una tienda de harapos que pertenece a un conocido suyo, un hombre sayadeen, parte de un grupo beduino en buenos términos con los bedul. El hombre se dedica a juntar latas de aluminio del costado de la ruta.
Pero no es tan sencillo. La libertad para circular comienza en la mente.
Mientras dejamos atrás las tierras salvajes, observo a Hamoudi tornarse más cauteloso, más dubitativo. Siempre se mueve con mucha libertad, ya que es guía arqueológico calificado, conocedor de la historia de Jordania y amigo de personas de muchos países diferentes. Es un relator sin miramientos, risueño, de pies incansables, con una excelente capacidad para sobrevivir en medio del desierto, un beduino orgulloso de sí. Y aun así, cae un manto de silencio sobre él a medida que nos alejamos de su bello hogar en las montañas de la antigua Petra. Él es bedul, una pequeña minoría étnica de la zona rural de Jordania habitada por distintas tribus. La autopista es un lugar seguro (es decir, neutro) para atravesar el territorio de otras tribus inconexas, "los Otros". Es posible que este camino asfaltado sea mi enemigo, pero es aliado de Hamoudi.
Conozco un buen lugar para pasar la noche, dice un día después de 32 kilómetros de caminata.
El lugar se trata de una tienda de harapos que pertenece a un conocido suyo, un hombre sayadeen, parte de un grupo beduino en buenos términos con los bedul. El hombre se dedica a juntar latas de aluminio del costado de la ruta.
Known friends on an unknown road: Ali Salam al Sayedeen, Barakat, and Fatimah in their plastic tent.
Paul Salopek
Cae la tarda sobre estas tierras extranjeras cuando vislumbramos este pequeño chispazo de amistad. La esposa de este hombre, una bella adolescente envuelta en telas negras, de nariz aguileña y dentadura blanca resplandeciente, lleva las mulas, Selwa y Mala, a unos pastizales en el desierto. Hamoudi y yo nos desplomamos en un colchón desgastado. Exhausto, miro hacia afuera.
Empty wealth: a luxury resort on the Dead Sea.
Paul Salopek
Cerca de allí brilla un puñado de hoteles de cinco estrellas sobre la costa del Mar Muerto. Quizás hay personas detrás de esas ventanas en las habitación, contemplando la creciente oscuridad afuera mientras toman vino del minibar. Son buenas personas o, al menos, ni mejores ni peores que las personas en esta ruta del infierno. Quizás, si agudizan la vista, puedan llegar a vislumbrar a lo lejos un reflejo en medio del desierto, reflejo que proviene del interior de un pequeño cubo, una estructura forrada en plásticos andrajosos y con cinco personas dentro. Si usan binoculares, pueden llegar a distinguir una muchacha beduina, Fatimah, inclinada sobre la lumbre cocinando huevos y tomates que encontró en los campos. Su esposo, mayor que ella, Ali Salam, calienta en las brasas la piel de cabra de una rababa, un instrumento musical beduino similar a un violín. Su bebé de piel cobriza y sarna no deja de toser sobre mi regazo. Su nombre, Barakat, significa 'bendición'. Hamoudi se aclara la garganta para cantar. La autopista nocturna grita entre nosotros.
