Bassam Almohor me conduce hasta Cisjordania.
¿Qué es Cisjordania?
Cisjordania es la esquirla de una patria futura, el núcleo de una posible nación para el pueblo palestino. Desciende por una ladera bajo el sol, formando crestas de roca caliza y valles de color tostado como si de una falda plisada se tratase hasta llegar a las orillas del bíblico río Jordán, de turbias corrientes. Por ello, hay quienes se refieren a esta zona como la Ribera Occidental. Cisjordania es un pequeño enclave polvoriento lleno de olivares y minaretes cuya superfície total es la mitad de la de las islas de Hawaii. En verdad, es una isla en sí misma: amurallada, cercada; un atolón árabe ocupado desde 1967 por el ejército israelí. Y aun con todo esto, Cisjordania es el hogar de más de dos millones y medio de palestinos que viven apiñados en antiguos pueblos que se arraciman en la base de los valles, los mismos palestinos que miran a través de las alambradas que circundan las casitas con parcela de estilo americano que coronan muchas de las colinas. Estos asentamientos, erigidos por israelíes nacionalistas y ultra-ortodoxos son, sin embargo, considerados ilegales por gran parte de la comunidad internacional. Ambos colectivos, la gente de los valles y la gente de las colinas, se temen mutuamente. Viven en universos opuestos que se superponen por casualidad en Cisjordania. Son hostiles, rara vez se comunican y su vínculo de unión es el agravio.
"Nuestro mundo está regido por controles fronterizos", dice Bassam mientras se pone su macuto. "Existe toda una jerarquía y nosotros nos catalogamos en función de ellos."
"La gente dice cosas como ¡Mi puesto fronterizo es mejor que el tuyo! o ¡No te creerás lo que me pasó el otro día en el puesto fronterizo!...Fíjate si invertimos energía en lo que nos divide que la gente se da ínfulas sobre sus puestos de control."
Bassam es mi nuevo guía. Camina arduamente unos metros por delante de mí, un hombre de complexión compacta y cabello encrespado, con el aire melancólico de un filósofo pero con piernas de acero. Ha recorrido los caminos de Cisjordania de cabo a rabo. "Caminar hace grandes los lugares pequeños", dice. Bassam ha tenido multitud de trabajos, y conmigo hará las veces de explorador, cuentacuentos y fotógrafo. Lleva consigo una pequeña bolsa con fruta deshidratada y una enorme cámara. Es una persona original, un humanista que ha tenido ocasión de visitar los sombríos campos de exterminio del Holocausto en sus viajes por Europa. Bassam es un intelectual, un rebelde que, con el beneplácito de su esposa Haya, ha decidido matricular a su hijo en un colegio gestionado por los cuáqueros en una sociedad musulmana. Tiene sonrisa de pillo, la sonrisa de quien te invita a saborear las ironías de la vida. Bassam me conduce a través de Cisjordania, su hogar, como si fuese un médico ofreciendo una visita guiada a un cotolengo.
Salimos de Jericó, una de las ciudades de poblamiento más continuado del mundo.
Viajamos sin mulas de carga. Cisjordania es pequeña y no las necesitamos. Si quisiéramos, podríamos recorrerla en un día, ya que en su punto más estrecho esta región tiene una anchura de tan solo 32 kilómetros. Pero su tamaño engaña; en realidad nos llevará semanas atravesar Cisjordania. ¿Que por qué? Por su complejidad, por su historia, tan densa y compacta, por sus laberintos de fronteras, microprisiones y zonas de exclusión.
In the barren hills above Jericho, Ibrahim Musa Salim mans the world’s loneliest juice stand.
Paul Salopek
Cada pocas horas, a veces cada pocos minutos, Bassam cruza líneas invisibles que sólo él ve. Un kilómetro: área A, controlada por Palestina; al kilómetro siguiente: área B, controlada conjuntamente por Israel y Palestina; al cabo de un kilómetro: área C, controlada íntegramente por Israel. Repetir y mezclar. Cada área impone sus leyes a efectos de propiedad de tierras, derechos civiles y libertad de movimientos. La mayor parte de los palestinos no se atreven a acercarse a los asentamientos israelíes y los israelíes tienen prohibido poner un pie en el área A.
Esta chaladura de acuerdo fue concebida como una solución al conflicto entre Israel y Palestina, aunque hay quien la considera la raíz del problema. El mapa político actual de Cisjordania, que se parece al corte transversal de un cerebro enfermo, fue trazado a partir de los Acuerdos de Paz de Oslo en 1993. A medida que se multiplican los asentamientos israelíes, las líneas divisorias se hacen más irregulares, más intrincadas.
"¿Dónde estamos?", le pregunto a Bassam cada pocos minutos.
"En el área A", me dice al pasar junto a un oscuro casino a las afueras de Jericó. El silencio reverbera en las paredes de su vestíbulo y sus máquinas tragaperras acumulan polvo entre las sombras azuladas, metáfora visual de las pérdidas que ocasionó la violencia de la Segunda Intifada.
O bien:
"En el área C", me dice resollando mientras escalamos Wadi Qelt, un cañón rocoso de camino a un monasterio cristiano ortodoxo. Por primera vez en más de un año de caminata, me encuentro con indicadores de ruta, un lujo que sólo pueden permitirse las sociedades más acomodadas y una sorprendente transición al orden. Ha sido una organización israelí la que se ha encargado de pintarlos en las rocas.
O bien:
"Esto es un campamento de las Naciones Unidas", dice mientras camina pesadamente por uno de los callejones pedregosos en los que cientos de miles de refugiados palestinos desplazados por la guerra viven en la más absoluta miseria urbana. Los únicos indicios de que la verdadera autoridad en esta comunidad es la ONU son los letreros estencilados en los contenedores de basura que dicen "UN".
Artifact of forced migration: a UN dumpster in a suburban refugee camp in Jericho.
Paul Salopek
Mi plan es hacer un seguimiento durante 24 horas de la rayuela política en la que se ha convertido nuestra ruta:
6.30 de la mañana: Área C. Bassam y yo despertamos en un campamento de beduinos tristes al borde de una autovía. La razón de su tristeza es que las guerras entre árabes e israelíes les han desplazado en numerosas ocasiones y hace más de seis décadas les fueron arrebatadas sus pasturas en el desierto de Negev. Ellos no pueden migrar cada año con sus ovejas como hacían sus ancestros, ya no queda espacio libre en Cisjordania. Les toca vivir en chozas de estaño junto a un campo de maniobras del ejército israelí porque no tienen otro sitio donde hacerlo. Mientras tomamos café hecho en la lumbre, los beduinos nos hacen infinidad de preguntas sobre mis camellos en Arabia Saudí y mis anécdotas les hacen reír a carcajadas. A ellos les resulta difícil recordar sus propias historias y a mí me resulta muy difícil mirarles a la cara.
9.15 de la mañana: Área C. Pasamos por Nabi Musa, que según la leyenda alberga la tumba de Moisés. Un conjunto de cúpulas blancas erigidas sobre colinas áridas e infértiles. A un kilómetro de allí nos encontramos con otro campo de maniobras israelí. La carretera está llena de baches y plagada de casquillos de bala y de ronas de munición desperdiciada. Al girar una curva, nos encontramos con una alucinación: un grupo de adolescentes enfundadas en prendas de lycra de colores brillantes bailando al son de música israelí. No se ve a nadie a su alrededor.
Bullet on the road to Bethlehem.
Paul Salopek
"Es para un Bat Mitzvah", dice un hombre mientras graba la escena con una video cámara.
11.00 de la mañana: Área C. Un géiser de agua sale disparado hacia el cielo color cobalto del desierto. ¿Se trata de un manantial milagroso o es simplemente una tubería reventada? No se sabe, pero es una fuente que destella, sin que nadie la vea, sobre los descampados cubiertos de grava al este de Jerusalén. Unos israelíes haciendo motocross pasan a toda velocidad por nuestro lado, envolviéndonos en una nube de polvo y haciéndonos ensordecer con el atronador ruido de sus monturas. Por si sus estridentes vehículos no les deshumanizasen lo suficiente, estos cyborgs llevan las matrículas de sus motos colgadas de la pechera de su jersey y asienten con la cabeza al pasar. Bassam se ríe.
4 de la tarde: Área C, o tal vez B, ¿o es la A? No estoy seguro. Bajamos tambaleándonos por la escarpada ladera a las afueras de Belén donde se ubica Mar Saba, un espléndido monasterio ortodoxo de más de 1.500 años de antigüedad que veta la entrada a mujeres e incluso a hembras de animales domésticos.
"Una de las cláusulas de mi contrato con National Geographic estipula que debes cargar con mi macuto cuando nos toque subir cuestas empinadas", le digo a Bassam,
que profiere un improperio irreproducible.
"Me temo que también incluye una cláusula que establece que deberás pagarme cien dólares por cada insulto que me dediques. La verdad es que tengo un buen contrato", le comento.
Bassam repite el improperio dos veces más: "Uno para ti y otro para National Geographic. Considéralo un donativo."
7 de la tarde: Área A, de vuelta en territorio controlado por Palestina. Llegamos a la ciudad de Belén tras una caminata de algo más de 40 kilómetros. Al poco rato, andando despacito a causa de mis pobres y ampollados pies, Bassam me lleva hasta la Iglesia de la Natividad. La gruta donde nació Jesucristo está controlada por la Iglesia Ortodoxa Griega, y el templo es un hervidero de peregrinos llegados de todos los rincones del mundo: Francia, Argentina, Nigeria o Texas.
A unos cuantos pasos de allí, una catedral católica romana algo más nueva se las tiene que arreglar con una simple mirilla. Este agujero, perforado en un portón bien asegurado, está en un solitario corredor subterráneo junto a la gruta. Los visitantes que quieran ver la catedral, el enclave de tan sagrado nacimiento bañado por una brillante luz amarilla, deben reclinarse y mirar por una mirilla por la que a duras penas cabe mi lápiz (sí, lo he comprobado). Un acuerdo al más puro estilo de Cisjordania, una especie de Tratado de Oslo celestial.
In Bethlehem, the Church of the Nativity.
Paul Salopek
