Giramos la esquina de la carretera cuando comienza la primera ráfaga. Se levanta polvo a un paso de Bassam Almohor. Se detiene.
- Nos están disparando- , me dice mi guia. Su voz está agitada, - eso era una bala- .
Para ser exactos, una bala de goma. O para ser más exactos todavía, una bala envuelta en goma, una bala de acero cubierta por plástico duro. El término "bala de goma", sugiere no mortal, inofensivo, una forma cómica de disuasión como una pelota que rebota, un juguete para niños o un tirachinas de guisantes. Sin embargo, todos los que han sido alcanzados por estos proyectiles tienen una opinión diferente. Las balas de metal recubiertas por goma pueden alcanzar a las personas con la misma fuerza que un bateador de béisbol lanza la pelota. Pueden matar a corta distancia. El proveedor de esta particular bala de goma: Las Fuerzas de Defensa de Israel, el FDI.
Esto resulta chocante. ¿Por qué? Porque es miércoles.
Rubber bullets are not all rubber.
Paul Salopek
Estábamos dando un paseo, Bassam y yo, por un pequeño pueblo palestino llamado Nabi Salih.
Nabi Salih: Un grupo de casas de estuco aferradas a una colina bañada por el sol en Cisjordania. Los choques entre los palestinos locales y el ejército israelí son comunes aquí. De hecho, son predecibles. Todos los viernes, con la puntualidad de un reloj, comienza el ritual. Después de las oraciones del mediodía, decenas de civiles y hombres, viejos y jóvenes, marchan, cantando, fuera de la mezquita de la aldea, generalmente hacia un manantial cercano. Este manantial, un abrevadero para el ganado, ha sido invadido ilegalmente por un asentamiento israelí cercano (la mayoría de los gobiernos del mundo consideran que estos asentamientos son ilegales porque ocupan el territorio de una patria para los palestinos). El ejército israelí está esperando. Pelotones de soldados bloquean el camino de la multitud. Se produce una provocación. Un insulto. Un empujón. Y comienza un espectáculo violento. Desde el lado palestino: una lluvia de piedras lanzadas por hombres y jóvenes armados con tirachinas. De los israelíes: balas de goma, latas de gas lacrimógeno, granadas de aturdimiento y, a veces, un chorro a alta presión de agua sucia, una mezcla química apestosa que se rocía desde un camión de policía.
Imagino ver esta batalla desde el cielo, una extraña maqueta con hombres, mujeres y niños corriendo por las carreteras y campo abierto entre una nube de gases lacrimógenos y el sonido de los disparos. Estas figuras a veces caen heridas o, incluso en raras ocasiones, muertas (desde 2009, dos personas han sido asesinados en las protestas). Los soldados, vestidos de verde, maniobran en líneas, en grupos. Ocasionalmente, alguno de ellos también puede abandonar, lesionado. Dicha violencia semanal es una pieza menor en un enfrentamiento más antiguo, mucho más grande y con más arraigo en Cisjordania. En resumen:
El control del manantial de la aldea, un antiguo lugar llamado Ein al-Qaws, es para muchos palestinos otra injusticia más en una ocupación militar que comenzó hace 47 años, después de la Guerra de los Seis Días entre Israel y sus vecinos árabes. Los habitantes de Nabi Salih quieren recuperar su manantial, pero también desean terminar con los puestos de control, con las murallas, la segregación, la humillación. Mientras tanto, los israelíes exigen estar a salvo del terrorismo palestino. (Una joven radicalizada de Nabi Salih, por ejemplo, ayudó en un atentado suicida de 2001 en Jerusalén que mató a 15 personas). Los palestinos maldicen a los israelíes armados que proliferan entre ellos, en una futura Palestina. Los israelíes ultra-religiosos y nacionalistas reclaman Cisjordania para ellos, ya sea por derecho de conquista, o como Samaria y Judea, parte de lo que fuera patria de los judíos hace 3.000 años. Tales historias de primacía y agravio han sido refinadas, purificadas, destiladas, pulidas y codificadas a través de años de conflicto. Están petrificados.
Girls play amid a household collection of tear gas canisters.
Paul Salopek
Este es el por qué las balas nos pillan desprevenidos a Bassan y a mí. El tiroteo en Nabi Salih sucede los viernes (¡es miércoles!), algo ha cambiado el esquema.
Cometemos un error; caminamos hablando adentrándonos en la zona libre de fuego. No escuchamos el ruido de los disparos de los fusiles hasta que es demasiado tarde. Los soldados israelíes nos toman por manifestantes de la aldea y comienzan a dispararnos. Intentamos escapar. Trepamos por la carretera hacia un terraplén. Vemos a jóvenes tirando piedras y vamos dando vueltas alrededor de la batalla agachados.
- Me encuentro mal- dice Bassam, mientras en gas lacrimógino se desplaza por los pastos de hierba. - Debemos alejarnos- .
Pero yo no me encuentro mal. Anteriormente, ya he conseguido escapar de una docena de conflictos, algunos sólo mios. La mayoría fueron oscuras guerras de matorrales, el tipo de sangrías que no interesan a nadie. Una vez, en Congo, donde entre uno y cinco millones de personas han muerto, no pude publicar una historia acerca de una batalla en la que mataron a mil civiles porque nueve personas, palestinos e israelíes, habían muerto en Cisjordania (los congoleños muertos sólo obtuvieron reconocimiento más tarde en un proyecto especial). El mundo está pendiente de lo que pasa en Israel, Cisjordania y Gaza. Todavía no hay solución. Debe haber un punto de apoyo, una línea de equilibrio ideal entre la preocupación externa y la negligencia absoluta, en la cual la violencia masiva pueda más fácilmente, disminuir de forma natural: agotarse por sí misma. Pocos extranjeros son testigos de las agonías de Somalia. En Nabi Salih, tal vez muchos lo hacen (los palestinos graban en video sus enfrentamientos al igual que los israelíes.) Estas guerras dispares continúan.
En cualquier caso, sólo una minúscula parte de la locura de estas guerras puede contarse de forma precisa.
"Una persona que sobrevive al horror de la guerra es diferente a alguien que nunca lo vivió", escribió el corresponsal polaco Ryszard Kapuscinski. "Hay dos tipos de personas. Nunca escontrarán un lenguaje común porque no puedes describir con palabras cómo es una guerra, no puedes compartirlo, no puedes decirle a alguien: Toma, toma un poco de mi guerra. Todos tienen que vivir su propia guerra hasta el final ".
Bassam y yo seguimos caminando.
Los valles de Cisjordania son dorados bajo el sol del atardecer. Nos detenemos y preparamos una taza de té bajo una arboleda de olivos de hojas plateadas. Palestina, Cisjordania, Samaria y Judea; el diminuto enclave por el que mueren los palestinos e israelíes es uno de los paisajes habitados más bellos del mundo: sus valles anchos, colinas apretadas, arboladas de naranjos y desiertos sin hueso son la California del Medio Oriente. La única diferencia, le digo a Bassam, son los disparos que a menudo se pueden escuchar, en su mayoría desde los rangos de tiro de las FDI, haciendo eco en la distancia.
- Disparos en la distancia- Dice Bassam mientras busca su taza. Sonríe tristemente, inclinando la cabeza, - Nunca me dí cuenta de eso-.
Another day, another microborder. A sign near Deir as-Sudan, West Bank.
Paul Salopek
