“A lo lejos, siempre hay montañas. Y sobre toda esta escena cae una luz peculiar, una bruma grisácea y lila que agudiza los contornos y las perspectivas, y hace que cada cabra errante, cada algarrobo solitario, resalte en la tierra blanca como si se le mirara a través de un estereoscopio."
–Robert Byron, “Viaje a Oxiana”
El barco atraca en Limassol. La luz de sol cae como una guillotina cromada. Resplandeciente. Intensa. Letal. Me adentro en ella. Con paso tambaleante me adentro en ella, descendiendo por la pasarela de hierro hacia playas que se ven rosadas debido a la multitud de vacacionistas rusos, pasando junto a los cafés helados que se venden en cada esquina, caminando sobre el terso asfalto que se extiende por doquier (esta inevitable característica de las sociedades afluentes me sacará las primeras ampollas desde que salí de África), hacia al interior de la isla de Chipre.
Moving inland across one of the planet’s oldest inhabited islands.
Paul Salopek
“La economía no anda bien,” dice mi nuevo amigo chipriota-griego, Savvas Sakkadas.
Savvas es profesor del Departamento de Administración de Hotelería y Turismo en la Universidad de Tecnología de Chipre. Me vio caminar por su pueblo mientras podaba su césped y me invitó a alojar en su casa. Me comenta que su minúsculo país está en quiebra a causa de la recesión global — por los cambistas que negocian con montañas de deuda.
“Uno de nuestros bancos más grandes se vio en la necesidad de cerrar el año pasado," dice Savvas. “Una tarde, teníamos una vida normal. Luego, a la mañana siguiente, cundió el pánico. Largas filas en los cajeros automáticos. La gente perdió los ahorros de toda su vida. Ellos limitaron los retiros a 200 euros [$234] al día”.
Y por "ellos" me refiero a la Unión Europea. Ellos rescataron a Chipre.
"¿Cómo están las cosas en los Estados Unidos?"
"Malas."
"¿Fueron a la cárcel los banqueros allá?"
"No."
"Acá tampoco."
Esto me recuerda un pasaje del escritor Nikos Kazantzakis, en que Zorba el Griego explica cómo puedes juzgar a una persona tras observar lo que hace con su comida: algunos la convierten en arte, otros la convierten en trabajo físico, y otros simplemente la transforman en excremento. En el caso de los banqueros, es evidente.
“Vayamos a ver el olivo más antiguo de Chipre”, me propone Savvas.
Este olivo brotó hace 700 años. Su tronco retorcido es grueso, corto y hueco. Savvas explica, con mucho orgullo y con gran precisión, que alguna vez albergó “a 32 franceses delgaditos en su interior. Fue para establecer un récord".
Como muchos hombres griegos de Chipre, Savvas conduce por la tercera isla más grande del Mediterráneo (que aun así, es muy pequeña) vistiendo solo pantalones cortos. Es natural: el calor estival en sofocante, abrasador, casi intolerable. Pero la vista de tantos automovilistas sin camisa es, de cierta forma, inquietante. Esta frágil desnudez humana contrastada con nuestra maquinaria pone de relieve la juventud de nuestra especie, su intensa vulnerabilidad, su apariencia superficial de modernidad. Somos individuos de la Edad de Piedra atrapados en camionetas Toyota.
Stone Age fashion: topless driving. Savvas Sakkadas at the wheel.
Paul Salopek
Esta es, casualmente, una realidad genética en Chipre.
Chipre es una de las islas habitadas más antiguas del planeta. De algún modo, los cazadores-recolectores llegaron aquí hace 12 000 años. Hicieron barbacoa con los elefantes e hipopótamos enanos insulares hasta generar su extinción para, posteriormente, inventar algunas de las primeras aldeas del mundo. Una de ellas, llamada Choirokoitia tiene casas circulares de nueve mil años de antigüedad. Su aspecto es asombrosamente moderno, como bungalós de resort. Lo que vino después fue un impresionante desfile de invasores hambrientos por las riquezas naturales de Chipre, sobre todo el cobre: los egipcios antiguos irrumpieron en la costa, seguidos por los proto-griegos, fenicios, asirios, persas, romanos, bizantinos, árabes, cruzados, otomanos, el Imperio Británico y por último, los banqueros.
Reconstructed Neolithic shelters at Choirokoitia. The first interiors had no corners.
Paul Salopek
Camino al norte durante una semana. Voy hacia el lado turco de la isla, invadido por el ejército de aquel país en 1974, y desde allí navegaré hacia Turquía, punto desde el cual la extinta Ruta de la Seda conduce a China.
El interior de Chipre se compone de montañas espectrales. Las rodeo. Para ello, me guío con una brújula en vez de usar referencias de poblados y camino en líneas rectas por campos de barbecho de color rojizo, como piel quemada por el sol. Paso por alto el mundo cartesiano de la agricultura: los canales, los caminos blanquecinos, los ángulos rectos. Camino como vuelan las aves. Solo veo aves: relucientes cuervos negros. La isla nos pertenece. Los cuervos y yo reclamamos Chipre.
A lo largo de esta travesía – habiendo dejado atrás una guerra en Palestina y aproximándome a otra en Irak — no he encontrado otra sola alma caminando. Por 150 kilómetros, he sido lo único que se desplaza a pie. Tal es la soledad introspectiva de Europa. Ensarto el mundo por mi corazón como quien enhebra una aguja. Lo veo desenrollarse detrás de mí. Me quito la camisa. Soy libre.
