La Tierra rota en su silencioso movimiento alrededor del sol.
El planeta gira. Se inclina levemente 23 grados. El hemisferio norte se aleja del calor del sol. Las estepas de hierba se secan y se tornan amarillentas. Las temperaturas caen. El invierno profundiza las sombras azulosas y alargadas de las estériles colinas. En una esquina de un continente, en una llanura de hierro donde nació la civilización, una guerra sangrienta comienza su cuarto año de desarrollo. Los animales inteligentes se matan unos a otros en masa. Con balines metálicos propulsados por gases explosivos. Con máquinas voladoras. Con espadas.
Mi nuevo guía, Murat Yazar, y yo nos alejamos de eso. Caminamos enérgicamente hacia el norte, hacia la nieve del Cáucaso. Avanzamos más de 20 millas al día. Pero no es suficiente. Es demasiado tarde. La guerra nos alcanza. Nos detiene.
Guide Murat Yazar navigates the stone plains of southeastern Turkey minutes before being detained by a posse of armed Kurdish villagers.
Paul Salopek
Los hombres aparecen mientras escalamos los altos, fríos y rocosos terrenos de pastoreo del sudeste turco, una tierra de ovejas nómades, de robustos pastores:
Un círculo de oscuras figuras va a pie. Algunas van envueltas en kufiyas, el típico pañuelo a cuadros usado en el Medio Oriente. Cargan viejos rifles de cerrojo y escopetas de caza. Nos cierran el paso y nos hacen detenernos. Nos ordenan acompañarlos a su villa. Allí, una multitud de muchachos circula cerca de nosotros, abucheándonos y agitando palos de madera. Son curdos y están tan asustados como nosotros. Creen que Yazar y yo somos espías infiltrados al servicio de Siria. Preguntan: "¿Son Daesh, los fanáticos decapitadores del Estado Islámico? Hurgan la carga de nuestra mula.
"Este hombre" —dice Yazar sombríamente mientras señala a un poblador armado— "dice que quiere matarme".
Luego nos sirven té. Lo traen en una bandeja plateada. Las tazas de vidrio tienen forma de flor de campana (belladona).
Brevemente, esto es lo que ocurre:
El cáncer de Siria se está esparciendo. El número de víctimas se acerca a 200 mil. Más de tres millones de civiles han sido desarraigados de sus hogares, una calamidad humanitaria de nivel histórico. Este caos ha desmembrado a Irak y ahora está infectando a Turquía, que hasta hace unas semanas era un estable aliado occidental. El caso de Turquía es complejo. (Por supuesto que lo es: Esa tierra es el antiguo Bizancio, encrucijada de cambiantes imperios, de choque de intereses, de enredos históricos y geográficos). Los brutales fanáticos del Estado Islámico, habiendo ganado la ventaja entre los rebeldes que luchaban contra el régimen Assad en Siria, están disparando su artillería a una milla de la frontera turca. Están bombardeando a un grupo rebelde sirio compuesto principalmente de curdos: la repentina batalla de Kobani. Y sin embargo Turquía permanece indiferente, a pesar de tener la guerra tocando a su puerta. Es cierto que ha admitido a 180 mil refugiados curdos, pero mientras se opone al alzamiento de los terroristas islámicos, sus tropas instaladas en la frontera no intervienen. Sólo observan y esperan. ¿Por qué? Porque Turquía ha librado su propia guerra civil contra los separatistas curdos por más de 30 años. Teme que si ayuda a los curdos sirios, sus propios insurgentes se verán empoderados. Entonces, lo que hace es pedir que el régimen sirio sea derrocado, de preferencia con intervención de los Estados Unidos. Esta postura de no intervención hacia la extrema violencia que está imperando ha embravecido a la minoría curda del país. Cerca de 40 personas han muerto en levantamientos a favor de los curdos en ciudades turcas. La frágil paz de Turquía con sus rebeldes curdos se está dehaciendo rápidamente. El corazón curdo en Turquía, el sudeste del país, está tembloroso. Y el temor hacia el Estado Islámico se esparce con gran alcance, sembrando la paranoia. Estamos a más de cien millas de la frontera.
El grupo de pobladores nos libera.
"No llame a la policía", dice uno de ellos con molestia. "Nada de policía".
Suspicion: Villagers—including members of the local militia—watch as the mule is about to be loaded onto a pickup truck.
Paul Salopek
Las próximas historias de la Caminata Fuera del Edén abordarán la cultura curda, los ríos maternales, las mulas neuróticas y también abordarán el ahora familiar ritual de abandonar viejos guías de caminata y conocer nuevos. Pero la guerra persistirá detrás de todo esto.
No podemos dormir en esta aterrorizada villa. No podemos caminar: los pobladores no nos lo permiten. Por primera vez en tierra, en 3 mil millas de viaje desde África, debo subir mi animal de carga en un camión y alejarme de mis propias pisadas. Yazar y yo no tenemos idea de dónde debemos ir. Nadie lo sabe en esta parte del mundo. Simplemente vamos. Las planicies rocosas de Mesopotamia se estiran con un matiz grisáceo mientras nos alejamos. Y el invierno se avecina.
