—No os podéis quedar aquí.
El único trabajador en la caseta de mantenimiento en la carretera se aparta de nosotros. Nos dice que no nos dará cobijo. Son las normas de la empresa. Nos advierte que deberíamos descender la montaña inmediatamente. Una terrible tormenta de nieve se acerca. Pero ¿no ve que no vamos en coche? ¿Que no hemos conducido hasta la cima de este amargo paso de 8 000 pies? ¿Que vamos a pie? ¿Que no podemos escapar de este desierto helado sobre ruedas? ¿Que debemos descender poco a poco? Sí lo ve. Sin embargo, a veces las personas estamos tan ensimismadas en nuestro mundo tan motorizado que ni siquiera creemos lo que ven nuestros propios ojos. El hombre nos desea suerte, nos despide con la mano y cierra la puerta del almacén.
Shadow scarps: Into the high Caucasus range, near Turkey’s border with Georgia.
Paul Salopek
Comenzamos a correr.
Descendemos, descendemos.... hasta un nivel donde se puede sobrevivir. Es tarde. Un sol débil cae debajo de los horizontes blancos e irregulares. Un viento helado rasura nuestra piel expuesta. Las nubes difuminan los picos de las montañas. Ha empezado a nevar. Pequeñas perlas duras de hielo comienzan a formarse en la piel de Kirkatir, nuestra mula de carga. El cielo se oscurece. Donde las nubes se desvanecen, a gran altitud, un resplandor como el abrillantado de un arma. Algunas estrellas están congeladas. Es una carrera contra el frío.
—Debemos caminar toda la noche para mantenernos calientes —dice Murat Yazar, mi guía turco.
Descendemos, descendemos... hasta un nivel donde podemos sobrevivir. Es tarde.
Me coloco la parka rodeando mi cara. Pienso en Sarikamiş.
Precisamente, hace unos 100 años, a unas 100 millas al sur, los soldados otomanos turcos prepararon un ataque contra las tropas invasoras del imperio ruso, reconocido como una de las primeras grandes matanzas de la Primera Guerra Mundial. La batalla de Sarikamiş, en gran parte olvidada, se desarrolló en lo alto de la cordillera del Cáucaso, al noreste de Turquía, en el invierno de 1914 a 1915. Se aniquilaron pelotones enteros. Los hombres luchaban entre sí cuerpo a cuerpo en tormentas de nieve cegadoras. En superficies de nieve profundas. En nieblas heladas. En un sólo día, un asalto turco envió a medio pelotón a la tumba: 6000 hombres.
Todos los soldados lucharon desesperadamente en ambos frentes: contra del enemigo humano y contra del frío inhumano. El frío fue mucho más letal.
Las temperaturas cayeron a -40 grados. A las tropas turcas, que en algunos casos vestían con prendas veraniegas de algodón, se les ordenaba atravesar tormentas de nieve durante 24 horas sin descanso, por algunos generales instruidos en las tácticas de la era napoleónica. Algunos lograron avanzar apenas cinco millas por montañas escarpadas y heladas. Los hombres estaban petrificados por el frío. Sucumbieron a la hipotermia. Se hicieron indiferentes al fuego de las ametralladoras. Después de tres semanas de guerra, entre 50000 y 90000 soldados turcos habían muerto. La mitad de ellos por congelación. Fue una derrota aplastante para los otomanos.
Nuestra pequeña y tambaleante marcha está en retirada total. No podemos ir más allá. Matthieu se queda muy atrás. Hace demasiado frío.
En la oscuridad creciente, Murat se estrella contra la nieve. La nieve resplandece con ese extraño color nocturno, una capa de gris metálico que brilla como plomo pulido. Después de una hora, de alguna manera encuentra la cabaña abandonada de un pastor.
—Encenderemos fuego aquí —dijo—, quemaremos leña durante toda la noche.
Blizzard refuge: Torching broken furniture in an abandoned herder’s hut.
Murat Yazar
Murat comienza a sacudirse las botas, desprendiéndose de la nieve. Con las manos congeladas, empezamos a reunir restos de muebles rotos y bancos viejos. Tiramos de postes de madera. Arrastramos todo lo que encontramos hasta la choza de piedra sin puertas. Acomodo a Kirkatir en una pequeña habitación ennegrecida.
—Podríamos haber llegado al siguiente pueblo —dice Murat más tarde.
Sentado junto a un destartalado fuego dentro de la cabaña, empuja las tablas de una mesa deformada hacia las llamas. Sale vapor de sus vaqueros empapados, su mochila chorreante y su chaqueta calada.
—Hubiera sido muy dificil —nos advierte—, Pero lo podíamos haber conseguido.
Los rusos también prepararon otro ataque en el Cáucaso en el brutal invierno de 1916. Tomaron gran parte del noreste de Turquía. Al año siguiente, cuando el gobierno zarista se derrumbó antes de la revolución bolchevique, los otomanos lo recuperaron todo y más. Ejércitos enteros sesgados a través de las montañas de cristal. Los aldeanos de ambos lados fueron masacrados, especialmente los armenios. Al verlos como colaboradores rusos, los turcos los eliminaron por completo de toda la región.
Salgo de la angosta y protectora cabaña.
Fuera, un vendaval de copos de nieve me impacta en los ojos. Había rechinado los dientes en el descenso de la montaña, masticando los lados de mis mejillas. Escupo sangre sobre la nieve. Al instante, la tormenta borra esta pequeña mancha. En algún lugar hay lobos.
