"Dímelo otra vez", dice la desconcertada voz en el teléfono. "¿Quieres traer un burro a Georgia?"
No. Una mula de carga.
"¿Una mula?"
"Ya sabes, cuando cruzas a un caballo con una burra".
"Sé lo que es una mula".
Es Nika Zurashvili.
Nika, el empleado del amigo del conocido de un colega. Por voluntad de su jefe, David Lordkipanidze, director del Museo Nacional de Georgia en la lejana capital de Tbilisi, y a pedido del embajador de Georgia en los Estados Unidos, Su Excelencia Archil Gegeshidze, y además tras la cortés solicitud de la Sociedad de National Geographic de Washington D.C., a Nika le ha sido encomendado un trabajo delicado e insusual: facilitar la inmigración de una mula, Kirkatir, desde Turquía a la República de Georgia. Nika es abogado. Es un experimentado especialista en logística. Un mediador que resuelve problemas. Uno de los señores "resuelve-todo" del mundo. Un facilitador, un hombre creativo de acción. "Te llamaré de vuelta", me dice animosamente. Y unos días después lo hace. En un camino nevado de las Montañas del Cáucaso en Turquía suena mi teléfono. Nika suspira. Lo ha intentado todo. Ha acosado a las autoridades. Ha tratado de persuadir a los políticos. Pero hay leyes, restricciones veterinarias y cuarentenas. "Lo lamento mucho", me dice. "Ingresar al animal en el territorio no será posible".
Por lo tanto debo decir adiós a mi mula.
Kirkatir: un noble espíritu animal. Constante, resignada, solemne. Una criatura estoica y dientona con gran debilidad por las galletas envasadas. Cierto es que ya no es una mula joven. Sus labios gomosos ya están holgados y arrugados. Sus pezuñas resuenan lentamente por las huellas de piedra en el camino. Pero ella es sabia. No tiene un pelo de tonta. Y como una viajera nata, conoce todos los trucos del camino libre. Busca su sombra inmediatamente bajo el ardiente sol. Obedece perfectamente lregla cardinal de las caminatas de larga distancia: Asegura tu reserva de grasa. (Llueva o brille el sol, ella come incansablemente, constantemente y hasta neuróticamente: La he visto engullir hasta la hierba congelada que yace bajo 30 centímetros de nieve). Ella ha sido mi muda compañera a través de la inmensidad del territorio de Turquía. Una criatura cansada del mundo, nacida de entre ese polvo rojo de Asia Menor que ha sido tan pisoteado por la historia. Sus ojos negros no muestran ninguna impresión a causa de la belleza eterna del mundo: las frondosas hileras de vid, el músculo marrón flexionado del río Éufrates, las brillantes capas de hielo de las montañas del Cáucaso. Durante cada amanecer por cinco meses, en mezquitas, en chozas de piedra o acampando bajo árboles de pistacho, he llevado a cabo un ritual: He espiado somnolientamente a Kirkatir. Verla vinculada al paisaje me relaja. Ella me mantiene anclado a Anatolia. Vivo una vida tranquila con una mula.
Murat Yazar and Kirkatir bonding in the Lesser Caucasus mountains.
Paul Salopek
Y aún así, ¡nadie quiere recibirla!
Las millas pasan. Los días se hacen semanas. La frontera de Georgia se avecina. Le pregunto a los curdos. Le pregunto a los turcos y a los azeríes. "Ya no usamos mulas por aquí", me dicen los pueblerinos alzando sus hombros. La gente de la zona rural usa tractores ahora. Sus equipos de trabajo queman combutible, no heno. Los agricultores de hoy ya no necesitan animales de granja.
Debemos encontrar a la persona adecuada", me dice muy preocupado Murat Yazar, mi guía curdo de caminata. "No podemos simplemente dejarla ir. Será devorada por los lobos".
Entonces vagamos por los riscos de la zona noreste de Turquía. Escalamos por las entrañas de los valles fluviales, avanzamos pesadamente por las estepas y por los brillantes campos nevados, coreando nuestra única mercancía: ¿Querría usted una buena mula? ¿Necesita una mula muy leal? ¿Puede encontrarle un buen trabajo a una mula de primer nivel?
Two immovable objects: Kirkatir and Che, near Halfeti.
Paul Salopek
Fuera de Posof, un frágil anciano se nos acerca. Es amigable, curioso, pobre. Viste completamente de negro como un cuervo. Murat le cuenta la historia: Nuestra mula es tan educada que debería llevar anteojos. Es fuerte como diez luchadores. Es gentil como tu abuela. Ha completado un peregrinaje de 700 millas o más a través de Anatolia, desde Mersin, desde el tórrido mediterráneo, en donde se la compré a un leñador llamado Ahmed. Era un alevita miembro de una secta islámica minoritaria a menudo reprimida por su tolerancia, por su receptividad, por su estilo de vida comunitario.
"Yo le daré un hogar a su mula", nos dijo el anciano. "Y prometo que la cuidaré muy bien".
End of the trail. Kirkatir boards a truck to her new home on a border farm near Posof.
Murat Yazar
Murat y yo nos detenemos. Nos miramos el uno al otro, atolondrados. El anciano nos informa que él también es alevita. Y que su nombre también es Ahmed. Y en esta colina desnuda con Kirkatir, desde donde vemos a Turquía desplegarse hacia el oeste detrás de nosotros, nos largamos a reír. Se cierra un círculo.
