Hace tres años, en las orillas del río Alazani en la ex República Soviética de Georgia, el arqueólogo Zurab Makharadze comenzó a estudiar un montículo funerario de 40 pies de alto (unos 12 metros) que sobresalía del terreno agrícola.
"Uno de nuestros botánicos lo notó primero", dijo el arqueólogo Zurab Makharadze acerca del olor que escapaba de uno de los artefactos desenterrados. "Ella estaba en el laboratorio trabajando con su microscopio. Se encontraba analizando muestras y comenzó a sonreír".
Las muestras, en este caso, eran bayas silvestres, ofrendas para los muertos. Su aroma era una mezcla de dulce intenso con melaza. Las bayas estaban asombrosamente bien conservadas. Todavía estaban rojas y tenían 4300 años de antigüedad. Habían sido cuidadosamente preservadas en miel antigua.
Había otros artículos mucho más espectaculares dentro del sitio mortuorio de la Era de Bronce llamada Ananauri 3: en una cámara funeraria colapsada que había sido construida con troncos había dos carromatos grandes con yugos de buey (los caballos domésticos todavía no llegaban al sur del Cáucaso durante esta era), hermosa joyería de oro, cuentas de ámbar comercializadas desde la región del Báltico o desde la India, y un asombroso tesoro de telas, cuero y vasijas. Quien sea que esté enterrado allí fue un importante jefe o líder religioso. Había otros seis cuerpos enterrados con él, posiblemente esclavos. Ananauri 3 será un valioso aporte al conocimiento que tenemos acerca de un oscuro pueblo del cual podemos distinguir dos grupos, los Martkopi y los Bedeni, dedicados a la agricultura de grano y a la crianza de ganado en los últimos siglos de una vasta civilización Transcaucásica conocida como la cultura Araxes-Kurá. Lo que me impresionó de esto fue el bello detalle biológico que noté mientras Makharadze depositaba los antiquísimos tesoros sobre una mesa en el Centro Arqueológico Otar Lordkipanidze en Tbilisi: que el trabajo de los arqueólogos recibió ayuda de abejas prehistóricas.
"La arcilla húmeda evitó que muchos de los artefactos se oxidaran", dijo Makharadze, un hombre grande y tímido de mejillas rosadas con pecho tosco y la quijada cuadrada de un boxer. "Pero esta gente usaba miel para embalsamar muchos objetos mortuorios. Sabían lo que hacían".
Archaeologist Zurab Makharadze and a bushel of 4,000-year-old nuts.
Paul Salopek
No sólo había bayas silvestres (physalis, conocidas comúnmente como tomatillos) untadas en miel en la tumba, sino que además había fanegas de otras ofrendas ceremoniales, como avellanas. Incluso algunos tejidos y restos orgánicos pueden haber estado untados en miel. Aquello se hizo para brindar a las almas de los fallecidos el sustento y las herramientas que pudieran requerir en un mundo mejor.
Al caminar durante más de dos años por el norte de África hacia el Medio Oriente, y luego al este desde Turquía hacia el Cáucaso, un ingrediente calórico fundamental durante el viaje ha sido la miel local. En la calurosa Arabia comí miel de postre y era tan clara como el aire. En las gélidas montañas de Anatolia comí miel vieja y cristalizada que parecía nieve. La miel está llena de energía y por eso es un excelente combustible para todo caminante. También sirve como ungüento para las quemaduras.
La miel, por supuesto, ha sido considerada durante milenios como una medicina universal.
"Genera calor, limpia llagas y ulceraciones, suaviza las laceraciones de los labios, cura carbuncos y lesiones causadas al correr", escribió Hipócrates, el médico griego en el siglo 4 A.C.
Menos conocidos son sus poderes para momificar.
El extremadamente alto contenido de azúcar que tiene la miel actúa igual que la sal: absorbe el agua de las bacterias y por lo tanto mata los microbios por deshidratación. Además contiene pequeñas cantidades de peróxido de hidrógeno, un buen antiséptico. Entonces puedes untar bayas o nueces en miel y tendrás el perfecto bocadillo para la vida después de la muerte, ya que es comida eterna. Lo mismo aplica para los cadáveres. Herótodo notó que los antiguos Asirios solían embalsamar a sus muertos con miel. Según los registros, el cadáver de Alejandro Magno fue depositado en un sarcófago lleno de miel tras su muerte en el año 323 A.C. Lo querían mantener presentable para el público.
Luego vemos el extraño caso de la melificación.
¿Qué es la melificación?
Human bones on the floor of the Ananauri 3 burial chamber. Scientists found them coated with the telltale remnants of honey—pollen and bee fragments.
Georgia National Museum
Según Li Shizhen, el boticario chino del siglo XVI y autor del monumental Bengcao Gangmu (también conocido como "Compendio de Materia Médica"), un compendio de curas exóticas que menciona prácticas como la decocción de huesos de dragón y pelo humano molido, la melificación era una práctica por medio de la cual ciertos voluntarios altruistas, por lo general ancianos religiosos de Arabia, se sacrificaban al ingerir únicamente miel hasta que sudaban miel, defecaban miel y sangraban miel hasta su muerte. Sus cuerpos cristalizados en azúcar eran entonces sumergidos en enormes jarras de miel por un siglo. El resultado: caramelo humano, "hombre melificado", un remedio milagroso para los huesos rotos.
Los muertos sin identidad enterrados en el montículo de Ananauri 3 fueron momificados con miel.
"No encontramos miel como tal en sus cuerpos", dijo Makharadze, el arqueólogo georgiano. "Hace mucho que ésta desapareció. Los huesos simplemente estaban cubiertos de polen y patas de abeja".
