En un laberíntico suburbio de Tbilisi, Georgia, tras una fila de talleres mecánicos de automóviles, hay una casa abandonada. Bajo la casa se abre paso un túnel de 40 pies. Cerca del fondo de ese tenebroso agujero y entre un pasaje lateral escondido, hay una imprenta alemana de 122 años de antigüedad, anaranjada por el óxido. Esta cámara subterránea olvidada es un refugio de la "dark web" de la época de las locomotoras. Es una antigua guarida de hacker. Un joven revolucionario conocido en georgiano como იოსებ ბესარიონის ძე ჯუღაშვილი y en ruso como Josef Vissarionovich Djugashvili solía imprimir aquí material comunista incendiario como panfletos, revistas y un periódico. Lo conocemos por su pseudónimo Stalin.
Revolutionary still life: schematic of the underground press room and 1937 wallpaper.
Paul Salopek
Stalin era de Georgia. Tenía pies palmípedos, mejillas con marcas de viruela y de adolescente aspiraba a ser poeta. Fue educado como sacerdote ortodoxo. Como ladrón de bancos y luego como supremo de la Unión Soviética por 30 años, asesinó entre 34 y 49 millones de su propia gente. ("Una única muerte es tragedia. Un millón de muertes es estadística"). Naturalmente, la ex República Soviética de Georgia no muestra entusiasmo por mantener la imprenta escondida del dictador como un trofeo cultural. Ese deber recae, en cambio, en el cuidador del sitio, Soso Gagoshvili.
"Este es un museo único en el mundo", dice Gagoshvili. "En Francia, en el Louvre, quizás hay algo como esto. Pero este es el mejor, lo demostraré".
De hecho hay muchos museos de Stalin en el mundo. Hay uno en su pueblo natal, Gori, en Georgia. Hay un museo en su búnker en Moscú. Solía haber un gulag museo dedicado a las víctimas de sus campos de exterminio en Perm, Rusia, hasta que lo cerraron el año pasado. (La reputación de Stalin está experimentando una especie de renacimiento en Rusia). Pero Gagoshvili, un empático y enérgico hombre de cabello cano que me muestra con orgullo una identificación que certifica —en inglés— que antaño sirvió como agente de la KGB, probablemente tenga razón. No hay otro museo como este. Gagoshvili, un hombre aparentemente sin hogar, vive aquí.
El año fue 1906.
Stalin se encontraba en sus carismáticos años 20. Estaba recién comenzando. Él y sus exaltados camaradas producían montones de publicaciones anti zaristas en esta caverna urbana subterránea. El famoso místico greco-armenio Gurdieff —quien decía que podía tragar la comida entera, sin masticarla— traicionó a Stalin al entregarlo a la policía. Prisión. Escape. Prisión. Escape. El resto es historia. No mucho más tarde, el Generalísimo y Hombre de Acero ordenaba que los artistas hicieran su retrato. (Un retrato poco alagador).
The two “Sosos”: Museum caretaker Soso Gagoshvili points to Soso Djugashvili, or Stalin.
Paul Salopek
"La Unión Soviética bajo Stalin fue demasiado humana", dice Gagoshvili con tristeza. "Sólo eliminamos el 5% de nuestros enemigos. Si los hubiésemos eliminado a todos, todavía estaríamos viviendo en la Unión Soviética".
Le comento a Gagoshvili que mi padre luchó contra Hitler en la armada estadounidense.
"¿Eres estadounidense?"
"Sí".
"¡Imperialista!"
"Pero crecí en México".
"¡Ah, México! Muy bien". Se le ilumina el rostro. "¡Pancho Villa! ¡Revolucionario!"
Tras subir las oxidadas escaleras de espiral, salimos de la caverna. Gagoshvili nos ofrece agua fría de la manguera del patio. Miro los árboles y veo sus hojas meciéndose. Es bueno estar vivo. * Queridos lectores: La Caminata Fuera del Edén ha organizado una campaña para recaudar fondos en Kickstarter. A pesar de que National Geographic y la Fundación John S. y James L. Knight generosamente aportan a este viaje global, siguen siendo necesarias las donaciones de los lectores para seguir avanzando. Por favor considera ofrecer tu donación a: http://kck.st/1L7tNQQ
