Te deslizas por la ladera de una gran montaña nevada y te encuentras de repente en un país que nunca pensaste que visitarías.
Un país que es como una encrucijada, como una calle sin salida. Un país que engendra poetas, que es cuna de asesinos en serie. Un país que inventó el vino y sobre el cual sólo has leído un libro bueno.
Primitivist art: car wash along the road from Georgia to Azerbaijan.
Paul Salopek
Al cabo de dos semanas, te encuentras con la autora de ese libro. Por pura coincidencia, ha llegado de visita desde París. Los bares están cerrando, son las 3.30 de la mañana y ella se tambalea por una calle adoquinada agarrada a un hombre, un colega, un escriba local. Ambos lloran en brazos del otro, por sus amigos mutuos muertos en las montañas del Cáucaso, por los caídos en la guerra. El hombre, a quien acabas de conocer, tiene aspecto de lánguido conde español y un nombre que no recordarás a la mañana siguiente, cuando la resaca te martillee las sienes. Levanta un dedo con aire majestuoso y se ofrece cortésmente a acompañarte en tu viaje por su país, un recorrido de más de 400 kilómetros a través de empinados riscos y ríos de aguas bravas, enfrentándoos durante más de un mes al despiadado asfalto, resistiendo el barro y la lluvia y defendiéndoos de los intentos de ataque de perros pastores. Y vaya si te acompaña.
Guide Dima Bit-Suleiman plods the sheep pastures of southern Georgia, bound for Azerbaijan.
Paul Salopek
Así es Georgia.
Te deslizas por la ladera de una gran montaña nevada y te encuentras de repente en un país que nunca pensaste que visitarías.
Un día de febrero te encuentras en una cafetería apartada del bullicio de la calle principal y cuyo fornido barista es un experto en la obra de Homero. Al cabo de unos minutos entra al local un maestro de tai chi de Teherán y el barista homerólogo se apresura a apartar las mesas para hacer sitio. El maestro, de nombre Ali, ejecuta una danza espontánea de tal belleza y gracilidad que hace reinar un silencio atronador en la cafetería. El hombre que acompaña a Ali es un artista, un fotógrafo que retrata figuras desnudas ataviadas únicamente con pétalos de flores y alas de cuervo. Encuentras esta cafetería durante tu primer día en el país y entablando conversación con el barista, le haces saber, con gran petulancia, que has llegado a pie ese mismo día procedente de Etiopía, donde comenzó nuestro periplo. "Qué casualidad", dice el barista homerólogo, y añade, "el hombre sentado en aquella mesa acaba de llegar andando desde Francia". Y así es.
The daily generosity of Georgians: another farm breakfast along the trail.
Paul Salopek
Así es Georgia.
Te deslizas por la ladera de una gran montaña nevada y te encuentras de repente en un país que nunca pensaste que visitarías.
Un día de verano, cuando los castaños reverdecen los bulevares, te despiertas con la sorpresa de encontar a una mujer sentada en tu piso alquilado. En realidad no está sentada, más bien está inclinada, con la frente apoyada sobre la mesa. La mujer se hospeda en nuestro apartamento, una más entre las docenas de personas que se han asentado en él, convirtiéndolo en una especie de comuna. Lleva varias noches en vela, pegada al ordenador tratando de encontrar un médico especialista en el extranjero que pueda tratar a su sobrino, que aún es un bebé y está gravemente enfermo. En el hospital infantil de la zona, un médico local consigue salvar la vida del pequeño. Se trata de un hombre de aspecto abatido, despeinado y con una tez que expresa un cansancio infinito. Se le ve abrumado, pero no por la angustia de sus jóvenes pacientes, sino más bien por la de sus padres. Su teléfono suena día y noche. Coge una llamada y suspira. Un paciente de sólo 14 años acaba de morir en su pabellón. Cuando haces ademán de marcharte, el doctor saca de un cajón una botella de saperavi, un típico vino georgiano, y la coloca sobre su raído y abarrotado escritorio con un movimiento fluido. Es un acto de resistencia en un lugar que ha sido conquistado e invadido infinidad de veces, que ha conocido la furia, la derrota y la tragedia, que ha renacido una y otra vez de los escombros. La botella de vino se yergue entre ecografías, electrocardiogramas, radiografías de extremidades y cráneos diminutos. El doctor sonríe, y su mueca se te antoja una sonrisa de mil años de antigüedad.
The unbearable lightness of Georgia: a leaf suspended in the Lagodekhi River, near the Azerbaijan border.
Paul Salopek
Así es Georgia.
Te deslizas por la ladera de una gran montaña nevada y te encuentras de repente en un país que nunca pensaste que visitarías.
Es otoño y te dispones a partir, a poner rumbo a la siguiente frontera, al siguiente país. Quieres llegar a China. Empiezas tu viaje enfrentándote a montañas que les helaron la sangre a los árabes en el siglo VII. Vas literalmente de casa en casa. Azeríes, armenios, georgianos. "Lo único que nos diferencia de nuestros amigos de Georgia", nos dice amablemente un azerí musulmán, "es nuestra geografía. Cuando los persas invadieron esta zona, las primeras cabezas que cortaron fueron las nuestras". Aquí nadie te da la espalda, nadie permite que pases siquiera una noche a la intemperie. Tu guía, ese nuevo amigo que tiene pinta de monarca medieval español, el periodista achispado, avanza a grandes zancadas por delante de ti, alejándose de sus problemas domésticos, de las facturas por pagar, de las presiones, de los dolores de cabeza y de las responsabilidades. Se aleja de su crisis de mediana edad. Caminar le convierte en un quincallero y empieza a arreglar cosas allá por donde pasamos: un timbre por aquí, un helicóptero de juguete por allá, hasta un GPS. Una noche le oyes suplicarle a tu anfitriona, una anciana demacrada, que le deje arreglar su bicicleta. Al ver su desconcierto, el guía insiste: "¡Sólo necesita un tornillo, sólo eso!". Así, kilómetro a kilómetro, se va reparando a sí mismo.
Mr. Fix-it: Dima Bit-Suleiman repairs the doorbell of a home.
Paul Salopek
Así es Georgia.
Te deslizas por la ladera de una gran montaña nevada y te encuentras de repente en un país que nunca pensaste que visitarías.
Y diez meses después lo dejas atrás mientras cruzas arduamente un puente de hormigón que te lleva a un puesto fronterizo bajo una bandera nueva.
Lo que te viene a la mente durante esta partida sin contratiempos no es la luz de ese país, ese extraño resplandor que envuelve la costa del Mar Negro, ni los brindis de brazos doloridos en banquetes con khachapuri, un pan relleno de queso típico de Georgia, y cerdo asado, ni la refugiada abcaza sentada en una acera que ruega a Dios Todopoderoso que te bendiga porque le has comprado un café de McDonald's, ni siquiera las sombras de un tono azul iceberg que se proyectan sobre la nieve que corona la localidad de Mestia. No. Lo que te viene a la mente es esa pequeña y sobria estancia en el cuarto piso del Museo Nacional donde hiciste tu trabajo. Lo que te viene a la memoria son las personas que atravesaron ese umbral: el reputado paleoantropólogo que te facilitó ese espacio de trabajo y el traductor de Rimbaud al georgiano, el tutor ruso que era todo un prodigio del ajedrez y el bailarín de folk con una cara como un Picasso. Lo que recuerdas es al vigilante nocturno con cara de pocos amigos y armado con un Kalashnikov que siempre abría la puerta de golpe a las tantas de la madrugada, señalando su reloj de pulsera y dándote un susto de muerte, y cómo el día que te fuiste se acercó a estrecharte la mano con tristeza. Y recuerdas cómo, en días calurosos, cuando un viento verdoso soplaba desde lo más profundo de las montañas y se colaba por las ventanas abiertas, se podían oír los cánticos de los auxiliares de aparcamiento, que gritaban "¡Modi! ¡Modi! ¡Modi! - "¡Dale! ¡Dale! ¡Dale!"
Así es Georgia.
“Guruli Nana”, una canción de despedida georgiana interpretada por el grupo Basiani Ensemble. Por cortesía del Centro Estatal de Floklore de Georgia.
