El Amu Darya brota de los glacieres de los Pamirs y muere a más de 1.500 millas (2.400 km) al oeste, en el desierto artificial de la cuenca del mar Aral. Las corrientes del río llevan el polvo óseo de imperios y son del color de arena.
Durante la conquista de Bactria en 329 AC, Alejandro atravesó el arroyo con su ejército entero en cinco días, utilizando balsas hechas de las tiendas de campaña de cuero de sus tropas. El monje y erudito chino Xuanzang cruzó el Amu Darya en su caminata de 15.000 millas (24.000km) a través del mundo Budhista del siglo siete D.C. Genghis Khan convirtió el río en una arma de guerra en la edad media construyendo y rompiendo presas de barro para inundar los reinos de la ruta de la seda por sus orillas. Este verano, con dos guías, un caballo y un burro de carga, caminé 220 millas (352km) del canal principal del Amu Darya en el occidente remoto de Uzbekistan. El río ya no era la autopista que había sido en la antigüedad. Era un yugo en el tiempo, un laberinto de acequias, canales, embalses, zanjas, diques.
"Competimos con los campesinos por el agua," dijo Oljabay Shaniyazov, director de la reserva natural Badai-Tugai, cerca del pueblo de Nukus. "El algodón y el arroz tienen prioridad. Bombeamos agua para nuestros árboles cada vez que podamos."
Los árboles de Shaniyazov: 29.000 acres de álamos con su corteza fibrosa trenzada como las cuerdas de un barco viejo. Los árboles son el remanente de un bosque inmenso que antiguamente daba sombra al cauce ancho del Amu Darya por cientas de millas. Los tigres caspios ya no están, pero la reserva todavía alberga la última manada de ciervos bactrianos en el país. Un joven zoólogo alimentaba a los bestias con sus astas exuberantes todas las mañanas como si fueran sus caniches. Detrás de él, la superficie del Amu Darya brilló a través de los troncos retorcidos como una cimitarra de acero. Los guarda forestales no recordaban la última vez que un extranjero había acampado en el parque.
A worker feeds rare Bactrian deer at the Badai-Tugai reserve, in western Uzbekistan.
Paul Salopek
Si el Amu Darya aparece en los titulares hoy en día, suele tener que ver con el desastre del mar Aral.
Los sesenta años de proyectos de regadío bajo la Unión Sovietica, construidos para facilitar que el desierto de asia central brotara con algodón, han estrangulado esta vía de agua histórica. Hoy en día, el Amu Darya se evapora a varias millas antes de llegar a su vieja delta en el mar Aral. El Uzbekistan independiente ha heredado el cuarto lago de agua salada más grande del mundo que ahora es un cementerio de dunas de arena, huesos de peces, tormentas de polvo y barcos varados. La ribera del Aral retrocede a bajamares rítmicos. Sus posos son tan salados que es imposible sumergirse en ellas.
En su mayor parte el Amy Darya es una trayectoria de aguas fantasmas. Caminando al lado de él conectó lo que es y lo que era.
Con los guías Aziz Khalmuradov y Tanator ("Rayo del amanecer") Bekniyazov, yo fui forcejeando desde Kungrat hasta Khiva por un entramado de caminos que bordeaban los canales. El mundo entero viajaba en ellos. Pastores dirigiendo revoltosos rebaños de cabras trepadoras de árboles. Agricultoras de melones con sus caras tapadas para protegerse del sol. Tres niños de colegio nos adelantaron pedaleando sus bicicletas a toda pastilla, cada uno con un gorro de beisbol con las letras F.B.I. La gente del río - en su mayoría karakalpaks, aunque también uzbekos, turcos, kazakos - era amigable, pero tímida. Hornos con forma de colmena echaban humo en sus jardines. Los pueblos tenían toscos nombres pioneros tal como Tres Tejados o Cinco Tejados. Acampamos en huertos de albaricoqueros. Cuando los caminos de los canales se toparon con el agua, nadamos.
El curso bajo del Amu Darya, aunque domado por la agricultura, aún se guarda un mágico deslumbrante.
Río abajo de la reserva natural había dos fortalezas gigantescas de barro. Una, Gaur Kala, tenía dos mil años y era del Zoroastrismo. La otra, Jampik Kala, fue construida en el siglo 11 por el imperio conercial musulmán de Khwarezm. (Los mongoles destruyeron las dos.) En algunos países, las ruinas habrían sido un hervidero de autobuses de turistas. En el Amu Darya, hombres mayores jugaban al chaquete debajo de sus murallas desoladas sin levantar la vista ni una vez.
Walking partner Aziz Khalmuradov touches 800-year-old reeds embedded to absorb water in the mud walls of Jampik Kala fort, near Khiva.
Paul Salopek
Después de otra jornada caminando río abajo, en un lugar llamado Chalpyk, subimos a la torre de silencio, construida hace 2200 años, donde adoradores del fuego habían colocado a sus muertos en andamios para que los pájaros los desollaran. El templo se parecía a un volcán saliendo de la llanura del desierto. Un marcador de la planimetría moderna sobresalía de su cumbre - un trípode de acero. La gente lo había envuelto con tiras de harapos, convirtiéndolo en un árbol de los deseos. Así era el Amu Darya.
"Tengo que confesar que, en lo que concierne a mi experiencia con el agua, nunca he encontrado un río o una fuente que produjera una tan preciosa como la del Oxus," escribió Arminius Vámbéry, un explorador húngaro quien marchó junto al Amu Darya en 1863, llamando al Amu Darya por su nombre en griego clásico, el Oxus.
Vámbéry era un personaje escurridizo: disfrazado en los harapos de un peregrino Sufi, espiaba para Gran Bretaña durante la lucha entre Londres y el Rusia imperial por el control de la influencia sobre los reinos kanes de Asia Central - una versión del siglo 19 de la Guerra Fría apodada el Gran Juego. No obstante, en cuanto al tema de las aguas del Amu Darya, Khalmuradov, Bekniyazov y yo sentíamos lo mismo que él.
Caminamos de un pozo de bomba manual a otro. Caminamos de remolino a remolino.
Bebimos té a sorbos en una gasolinera con ingenieros que nos contaban historias de cómo pescaban pescadores borrachos en el río. Hablaban de cómo el río se hiela con tanta profundidad en invierno que puedes cruzar el hielo en coche a Turkmenistan, y hablaban de siluros tan grandes en las aguas de color arena que haría falta un tractor para sacarlos. Y una noche, me metí andando en el Amu Darya, bajo la luz de la luna, sucio y completamente vestido - según los científicos, el polvo que el aire remueve en el moribundo mar Aral y se lleva hasta los glaciares de Tajik donde nace el arroyo, está acelerando el deshielo de éstos - y dejé que sus dedos cansados me levantaran, me dieran la vuelta y me sostuvieran.
Walking partner Aziz Khalmuradov touches 800-year-old reeds embedded to absorb water in the mud walls of Jampik Kala fort, near Khiva.
Paul Salopek
Después de otra jornada caminando río abajo, en un lugar llamado Chalpyk, subimos a la torre de silencio, construida hace 2200 años, donde adoradores del fuego habían colocado a sus muertos en andamios para que los pájaros los desollaran. El templo se parecía a un volcán saliendo de la llanura del desierto. Un marcador de la planimetría moderna sobresalía de su cumbre - un trípode de acero. La gente lo había envuelto con tiras de harapos, convirtiéndolo en un árbol de los deseos. Así era el Amu Darya.
"Tengo que confesar que, en lo que concierne a mi experiencia con el agua, nunca he encontrado un río o una fuente que produjera una tan preciosa como la del Oxus," escribió Arminius Vámbéry, un explorador húngaro quien marchó junto al Amu Darya en 1863, llamando al Amu Darya por su nombre en griego clásico, el Oxus.
Vámbéry era un personaje escurridizo: disfrazado en los harapos de un peregrino Sufi, espiaba para Gran Bretaña durante la lucha entre Londres y el Rusia imperial por el control de la influencia sobre los reinos kanes de Asia Central - una versión del siglo 19 de la Guerra Fría apodada el Gran Juego. No obstante, en cuanto al tema de las aguas del Amu Darya, Khalmuradov, Bekniyazov y yo sentíamos lo mismo que él.
Caminamos de un pozo de bomba manual a otro. Caminamos de remolino a remolino.
Bebimos té a sorbos en una gasolinera con ingenieros que nos contaban historias de cómo pescaban pescadores borrachos en el río. Hablaban de cómo el río se hiela con tanta profundidad en invierno que puedes cruzar el hielo en coche a Turkmenistan, y hablaban de siluros tan grandes en las aguas de color arena que haría falta un tractor para sacarlos. Y una noche, me metí andando en el Amu Darya, bajo la luz de la luna, sucio y completamente vestido - según los científicos, el polvo que el aire remueve en el moribundo mar Aral y se lleva hasta los glaciares de Tajik donde nace el arroyo, está acelerando el deshielo de éstos - y dejé que sus dedos cansados me levantaran, me dieran la vuelta y me sostuvieran.
