Nuestra agua se ha acabado.
Mis compañeros caminantes y yo estamos quemados y aturdidos, al lado de un agujero en el desierto.
El agujero alguna vez albergó nuestro precioso deposito: más de 50 litros de agua embotellada, sepultada semanas antes por la ruta de nuestro viaje a través del Kyzyl Kum—un residuo lunar de silencios minerales que se extienden por 115,000 millas cuadradas de Uzbekistán y Turkmenistán. (¿Qué tipo de persona robaría agua en un desierto? Seguramente no los choban, los pastores locales, que sabrían la gravedad de tal crimen. ¿Sería un contrabandista? ¿O qué tal un bromista? ¿Algún urbanita de Bujará?) Estamos caminando a través de Asia Central. Hemos estado a pie en este desierto casi solar por ocho días. Bizqueo hacia los horizontes arenosos. No hay otro ser humano que se pueda ver. Es entonces imposible no pensar sobre Arminius Vámbéry:
Arminius Vámbéry: portrait in the Bukhara museum
Paul Salopek
"Ya no podía desmontarme (de un camello) sin asistencia; me ponían en el suelo; un temeroso fuego parecía empezar a quemarme las entrañas; y mi dolor de cabeza me reducía a un estado casi de estupefacción. Mi bolígrafo era demasiado débil para tratar de dibujar un pequeño retazo de martiriad que ansía a las ocasiones; y pienso yo que no hay muerte más dolorosa."
De repente soy consciente de mi garganta inflamada.
El camino de la seda ha llevado a viajeros a la fama mundial por milenios: Alejandro Magno, Marco Polo el emprendedor, y el cronista musulmán Ibn Battuta, entre muchos otros. Aun así, las mayores odiseas de exploración del mundo han sido logradas anónimamente. Cazadores, refugiados, pescadores, soldados, y comerciantes—son las almas errantes que dan el primero paso más lejano al borde de los mapas. El tiempo borra sus nombres. Relatos de sus viajes fantásticos, si es que existen, yacen en archivos obscuros o en áticos privados, reducidos a heces por polillas, o por gusanos. Este es el caso de Arminius Vámbéry.
Nacido en la pobreza de una familia judía del siglo 19 en Hungría, Vámbéry fue un brillante lingüista autodidacta, turcologo, y un etnólogo amateur. Estaba obsesionado con el supuesto Este “exótico.” El era intrépido hasta llegar al punto de la imprudencia. Aunque fue un cojo congenial, camino viajando a pie a la edad de 20 años hacia Constantinopla a estudiar docenas de lenguajes y dialectos otomanos. (Ya hablaba húngaro, alemán, francés, inglés, latín, ruso, serbio, y los lenguajes escandinavos.) Después de una década de inmersión en las bibliotecas y las madrazas turcas, se volvió lo suficientemente versado en la escritura coránica para pasar desapercibido pareciendo ser un hombre de fe y un derviche, y así se unió a una banda de peregrinos que retornaban a Jiva, uno de los más formidables reinos de Asia Central.
Arminius Vámbéry: portrait in the Bukhara museum
Paul Salopek
"Ya no podía desmontarme (de un camello) sin asistencia; me ponían en el suelo; un temeroso fuego parecía empezar a quemarme las entrañas; y mi dolor de cabeza me reducía a un estado casi de estupefacción. Mi bolígrafo era demasiado débil para tratar de dibujar un pequeño retazo de martiriad que ansía a las ocasiones; y pienso yo que no hay muerte más dolorosa."
De repente soy consciente de mi garganta inflamada.
El camino de la seda ha llevado a viajeros a la fama mundial por milenios: Alejandro Magno, Marco Polo el emprendedor, y el cronista musulmán Ibn Battuta, entre muchos otros. Aun así, las mayores odiseas de exploración del mundo han sido logradas anónimamente. Cazadores, refugiados, pescadores, soldados, y comerciantes—son las almas errantes que dan el primero paso más lejano al borde de los mapas. El tiempo borra sus nombres. Relatos de sus viajes fantásticos, si es que existen, yacen en archivos obscuros o en áticos privados, reducidos a heces por polillas, o por gusanos. Este es el caso de Arminius Vámbéry.
Nacido en la pobreza de una familia judía del siglo 19 en Hungría, Vámbéry fue un brillante lingüista autodidacta, turcologo, y un etnólogo amateur. Estaba obsesionado con el supuesto Este “exótico.” El era intrépido hasta llegar al punto de la imprudencia. Aunque fue un cojo congenial, camino viajando a pie a la edad de 20 años hacia Constantinopla a estudiar docenas de lenguajes y dialectos otomanos. (Ya hablaba húngaro, alemán, francés, inglés, latín, ruso, serbio, y los lenguajes escandinavos.) Después de una década de inmersión en las bibliotecas y las madrazas turcas, se volvió lo suficientemente versado en la escritura coránica para pasar desapercibido pareciendo ser un hombre de fe y un derviche, y así se unió a una banda de peregrinos que retornaban a Jiva, uno de los más formidables reinos de Asia Central.
“Entry of the Emir into Samarkand,” from Travels in Central Asia, by Arminius Vámbéry
El año es 1863.
En ese tiempo, la mayoría de Asia Central era un destino peligroso para forasteros. Cerrado hacia el mundo externo como el Tíbet, pero mucho más inestable y violento, la región estaba controlada por kanatos Islámicos en guerra. Sus ciudades principales—Jiva, Bujará, Samarcanda, y Kokand—eran reliquias medievales, rodeadas por altos muros, y enriquecidas por un comercio robusto de esclavos, y disputados por los kanes fundamentalistas que regían a punta de tajo. Vámbéry fue de los primeros europeos que travesaron este remanente casi desvanecido de la ruta de seda desde las aventuras de Marco Polo.
“Conté, por supuesto, al conocer la gran oposición por primera vez, y de esta manera me estilizaron como un lunático que quería viajar desde un lugar desde el cual pocos que me han precedido han podido retornar,” escribió, acertadamente. Él fue sorprendentemente desdeñoso con su vida. Llamándose Hadji Reshid, furtivamente escribo todo lo que veía, y escondía sus notas en el forro de su andrajoso abrigo.
Después de caminar 450 millas a través del oeste de Uzbekistán, mis compañeros de camino Aziz Khalmuradov, Tolek Bekniyazov, y yo, encontramos los pasos en Jiva de 150 años de edad de los húngaros.
A water cache in the Kyzyl Kum desert. This one was intact—another had been broken into, its contents stolen.
John Stanmeyer
Hoy la antigua capital de los kanatos es parte del patrimonio mundial de la UNESCO. Turistas de Alemania y Malasia pasean por las calles de Jiva con selfie sticks, boqueando a los palacios con tejas azulas y también tomando muestras de pilaf. Cuando Vámbéry pasó por aquí, el mercado central era un punto de colección para las cabezas decapitadas de los enemigos nómadas de los kanes. (Finos trajes de seda se trocaban por 40 cabezas.) Vámbéry observaba como un verdugo público le arrancaba los ojos a los cautivos de una tribu de asaltantes de caravanas: “después de cada operación limpiaba su cuchillo, que goteaba sangre, con ayuda de la barba blanca de un canoso desafortunado.” Se iba sin avisar de ese pueblo rápido.
Vámbéry fue un hombre de su tiempo. Se burlaba de las “supersticiones” locales (mientras que las usaba como un falso peregrino Sufí) y se quejaba de la comida, pasando por alto el legado deslumbrante de índole económico, artístico, e intelectual que las civilizaciones de Asia Central le regalaron al mundo. Él parecía inconsciente de que estaba siendo testigo de un universo eclipsando.
Él montaba un burro por los “bosques primevos” por el Amu Darya, el río principal de Asia Central, mientras festejaba con moras “tan largas y tan anchas como mi pulgar.” Hoy el vasto bosque ribereño está casi desaparecido, reemplazado por millas cuadradas de agricultura industrial. (Uzbekistán es una de las plantaciones de algodón del mundo y la canasta de frutas de Asia Central.)
Modern caravanserai: a tea shop in the Kyzyl Kum
Paul Salopek
Él se cubría y quedaba en caravasares donde derviches viajeros, místicos dedicados a la pobreza, vivían como felices mendigos: “Encontré aquí dos casi desnudos derviches al punto de tragarse su dosis de opio del mediodía; me ofrecieron una pequeña porción también, y se asombraron de mi negación a la oferta. Ellos entonces prepararon te para mí, y mientras me lo tomaba, se tomaron su venenoso opio, y en media hora estaban en las esferas felices.”
Y el camino a través del crepúsculo de la independencia remota de reinos musulmanes que pronto colapsarían antes de la expansión del imperio ruso. Al cabo de unos años de haber estado allí, los kanatos se convertirían en colonias de los Zares, y luego, después de siete décadas, serian parte de la URSS.
Algunas cosas no han cambiado en el camino de Vámbéry.
Mis documentos generados por mi gobierno para mi pasaje seguro por Uzbekistán hacen eco a los laissez-passer de los exploradores que fueron extraídos de un kan con turbante: “Se les notifica a los observadores de fronteras y a los recolectores de peaje, que el permiso se le ha dado a Hadji Mollah Abdur Reshid Efendi, y que no es problema para nadie.”
Y vadear las aguas mugrosas del Amu Darya con burros sigue siendo una lucha. Los toscos acompañantes de Vámbéry cargaban a sus bestias aterrorizadas en sus hombros. Pero nosotros persuadimos a nuestros dos reacios burros de carga a través de puentes de carretera modernos, iniciando una algarabía de pitos de los carros.
Modern caravanserai: a tea shop in the Kyzyl Kum
Paul Salopek
Él se cubría y quedaba en caravasares donde derviches viajeros, místicos dedicados a la pobreza, vivían como felices mendigos: “Encontré aquí dos casi desnudos derviches al punto de tragarse su dosis de opio del mediodía; me ofrecieron una pequeña porción también, y se asombraron de mi negación a la oferta. Ellos entonces prepararon te para mí, y mientras me lo tomaba, se tomaron su venenoso opio, y en media hora estaban en las esferas felices.”
Y el camino a través del crepúsculo de la independencia remota de reinos musulmanes que pronto colapsarían antes de la expansión del imperio ruso. Al cabo de unos años de haber estado allí, los kanatos se convertirían en colonias de los Zares, y luego, después de siete décadas, serian parte de la URSS.
Algunas cosas no han cambiado en el camino de Vámbéry.
Mis documentos generados por mi gobierno para mi pasaje seguro por Uzbekistán hacen eco a los laissez-passer de los exploradores que fueron extraídos de un kan con turbante: “Se les notifica a los observadores de fronteras y a los recolectores de peaje, que el permiso se le ha dado a Hadji Mollah Abdur Reshid Efendi, y que no es problema para nadie.”
Y vadear las aguas mugrosas del Amu Darya con burros sigue siendo una lucha. Los toscos acompañantes de Vámbéry cargaban a sus bestias aterrorizadas en sus hombros. Pero nosotros persuadimos a nuestros dos reacios burros de carga a través de puentes de carretera modernos, iniciando una algarabía de pitos de los carros.
Getting over the Oxus River near Khiva calls on some serious mule-ology.
Paul Salopek
El Kyzil Kum, mientras tanto, retiene su brutalidad asombrosa.
“No había un pájaro visible en el cielo, ni tampoco un gusano o un escarabajo arrastrándose en la tierra,” Vámbéry escribió, “trazos de nada pero una vida que se fue, en los blancos huesos de un hombre o de una bestia que ha perecido, y coleccionados por cada transeúnte por montón, para servir así como una guía en la marcha de los próximos viajeros que pasen por aquí.”
El lugar casi lo mata. Perseguido hasta las profundidades del desierto por los bandidos turcos, su caravana no tenía más agua. Los camellos se hundían. Un hombre murió de sed. Otros guardaban sus cantinas para sus familiares. (“Era incluso cómico ver como durmientes dormían firmemente abrazados a sus recipientes de agua.”) La lengua del húngaro se ennegrecía de sed. Pero los pastores lo salvaron, esos persas esclavos, que le dieron leche agria por su garganta.
Exhausto por su vida de subterfugio (llevaba consigo un gran Corán colgado del cuello, con un cordón), y agotado por el estrés de ser descubierto como un infiel y extranjero, el explorador eventualmente se devolvió de nuevo a Europa, al almidón de crinolinas y abrigos; y a la creación de uno de los libros mejor vendidos, aunque ya olvidado, Viajes en Asia Central; y volvió también al rechazo de sus teorías lingüísticas por los académicos de su patria; también a un circuito de cenas en esos clubes de hombres llenos de aristócratas y literatos. No sorprende entonces que documentos recientemente desclasificados revelen que estaba espiando para Gran Bretaña durante el Gran Juego, esa sigilosa lucha del siglo XIX entre San Petersburgo y Londres por el control de Asia Central. (Su obituario de 1913 lo recordó como un "orientalista, viajero, amigo de reyes, amante de Inglaterra y enemigo de Rusia"). Algunos fans de Drácula piensan que fue el prototipo del obstinado Profesor Van Helsing, el cazador de vampiros del clásico horror de la aclamada novela de Bram Stoker.
Ni mis guías ni yo enfrentamos jinetes merodeadores en el Kyzyl Kum.
Acampamos en medio de un infinito matorral de sal. Chorreamos sudor. Observamos a nuestras sombras que nadan en las rosadas arenas como planáridos de color azul y acero. Descubrimos el cache de agua que había sido saqueado. Y no somos rescatados por seres humanos en esclavitud.
En cambio, nos trepamos a una solitaria duna y pedimos ayuda por teléfono satelital. El agua es un suspiro bello en Uzbek—soo. En la arena, cerca de mis pies, yacen trozos de cerámica. Pueden ser de caravanas perdidas. En el amanecer, al este, las luces de Bujará empiezan a pintar el panorama uránico.
“El hombre tiene que seguirse moviendo; porque, mirad: el sol, la luna, las estrellas, el agua, la bestia, el pájaro, el pez, están todos en movimiento; lo están ¡Pero los muertos y la tierra siempre están en su lugar!” Una mujer nómada kazaka le dijo eso a Vámbéry.
El Kyzyl Kum. Una ciudadela de fantasmas.
