Esto debe ser lo que quería hacer, Caminar de noche entre los dos desiertos, Cantando.
—Aire, por W.S. Merwin
Hemos caminado al borde fronterizo de Osh.
¿Qué es la frontera de Osh?
Es otro trágico experimento de ingeniería social de la era soviética— un anticuado y sin sentido borde fronterizo dibujado irregularmente en el mapa de Asia Central por un imperio distante y desaparecido. A un lado de la cerca de alambre de púas: el hermoso valle de Fergana en Uzbekistán, con sus campos invernales en barbecho de trigo y arroz, antiguos palacios de la Ruta de la Seda, montañas manchadas de nieve, y casas de té. En el otro: el hermoso valle de Fergana en Kirguistán, con sus campos invernales en barbecho de trigo y arroz, antiguas mezquitas de la Ruta de la Seda, montañas cubiertas de nieve, y casas de té. No hace mucho, la gente que había coexistido pacíficamente por generaciones a lo largo de esta línea artificial, se quemaba las casas y tiendas entre sí—se peleaban todo el tiempo.
Pero hoy no es el legado de los bordes fronterizos de Stalin de dividir y conquistar lo que pesa en mi mente. No: Es la naturaleza de la amistad.
Debo decir adiós a mis compañeros de caminata en Uzbekistán.
Tolik Bekniyazov: un alto vendedor de melones de la remota Nukus, la capital desértica de Karakalpakstán. Un hombre de pocas palabras. El nieto de manos fuertes de pastores nómades. (Nadie puede desatar sus nudos.) Él es nuestro vaquero indispensable de los burros. ("Puedes tratar a un burro con toda la bondad del mundo pero aún así se defecará en tu cobija.) Bekniyazov tiene la sonrisa más dulce al este del mar Caspio.
Y Aziz Khalmuradov: un culto urbanita de Taskent, la capital de Uzbekistán. Un cosmopolita. Un amante de las novelas rusas, el buen coñac Uzbeko, y la conversación multilingüe. Khalmuradov es un solucionador de problemas, un guía turístico profesional y logístico. Por seis meses él ha caminado por la agonía de terribles ampollas en los pies hasta completar lo que es probablemente la primera caminata a lo largo de su extenso país en un siglo. “Sigamos,” era el estribillo de Khalmuradov. “Duele cuando me detengo.”
En el borde fronterizo, bajo un cielo gris de invierno, finalizamos nuestra última tarea juntos.
New walking partner Sergei Gnezdilov on the highway eastward toward China. Osh, Kyrgyzstan.
Paul Salopek
Khalmuradov, Bekniyazov y yo desempacamos las bolsas de carga—por milésima vez—de nuestros burros, Haram y Ratón. (Estos dos valientes espíritus animales se jubilarán pronto a una granja cercana.) Camioneros inactivados por el papeleo de aduanas se reúnen alrededor nuestro para mirar, bromear. Los ignoramos. Hay una extraña delicadeza entre nosotros tres. Actuamos extrañamente formales entre nosotros. Es porque nos sentimos miserables. Seis meses atrás estos hombres eran unos completos extraños para mí. Ni siquiera podía pronunciar sus apellidos. Pero después de recorrer juntos 2.400 kilómetros de estepas, desiertos, riveras de ríos vaporosos y montañas nevadas en Uzbekistán—algunas veces gritándonos en medio de discusiones, pero más a menudo doblados de la risa—somos amigos cercanos. Sin ninguna duda pongo mi vida en sus manos.
Bekniyazov hace crujir mis nudillos con un apretón de manos de despedida. Él debe quedarse al lado del camino con los animales. Levanta un brazo en silenciosa despedida. Un gesto de centinela. Khalmuradov me lleva a través de la última pena de baquetas: la hilera de ceñudos oficiales de inmigración encerrados dentro de sus sarcófagos de vidrio.
Me recuerdo de muchas cosas al cruzar bordes fronterizos.
Hoy, al navegar la decimotercera frontera política de mi caminata global, dos encuentros distantes se me vienen a la mente.
El primero, muchos inviernos atrás, ocurrió en la recientemente democrática Sudáfrica. Un conocido llamado Willem, un corpulento y barbudo afrikáner, colono de ascendencia holandesa cuyos ancestros crearon el apartheid, estaba sentado bajo un árbol de mopane, explicando por qué todavía anhelaba los días de segregación racial y supremacía blanca. "Deseo vivir sólo entre la gente de mi mismo tipo," decía desdichado. "Por qué ésto es un pecado tan grande?"
El segundo ocurrió muchos años después y a un hemisferio de distancia, en el Museo Field de Historia Natural, en Chicago. John Terrel, un antropólogo del museo, me miró por sobre un abarrotado escritorio y preguntó, intencionalmente, como esperando un desafío, "Crees que las personas son básicamente buenas?"
Terrel se ha pasado años investigando un misterio humano: la capacidad de bondad entre desconocidos. Pinturas rupestres, canciones folclóricas, y miles de novelas y películas han celebrado los lazos íntimos de la familia. Incluso la religión imita una relación familiar sustituta: el Padre en el cielo, o la Madre Tierra. ¿Pero qué hay de una "mera" amistad?
Finalmente Terrel publicó un libro, "Un Talento para la Amistad: El Redescubrimiento de un Rasgo Notable." Su tesis: El pegamento social que es la amistad puede ser una fuerza tan poderosa en determinar la sobrevivencia y éxito humanos como los más obvios lazos "biológicos" de etnia, clan, familia, sangre.
El trabajo de Terrel desafía la visión popular de la humanidad como un ser bruto y peludo en traje de negocios, una evaluación deprimente resumida por el connotado sociobiólogo E. O. Wilson: "Nuestra naturaleza sangrienta, argumentada en el contexto de la biología moderna, está arraigada porque la idea de grupo contra grupo fue una importante fuerza impulsora que nos hizo lo que somos... Cada tribu sabía con justificación que si no estaba armada y preparada, su propia existencia estaba en peligro."
La propia investigación de Terrel en el Pacífico sur, sin embargo, apunta a una conclusión diferente: "Nuestra habilidad evolucionada, nuestra capacidad psicológica y biológica, de hacer amigos incluso con desconocidos es un rasgo definido de nuestra especie."
Terrel estudió los pueblos costeros de Papúa Nueva Guinea—la mitad de una gigantesca isla que también está dividida por una frontera irracional—una isla de tribus atomizadas y cerca de mil idiomas. Los papúes a veces luchaban entre sí. Pero igual de frecuente, ellos cutivaban extensas y complicadas redes interculturales de amistad.
"Casi tan asombroso, en Kep, aún más al este y cerca de la desembocadura del río Sepik," Terrell escribe sobre una de sus fuentes, "otra persona entrevistada tenía amistades en 28 comunidades esparcidas por más de 135 kilómetros donde se hablan otros 10 idiomas diferentes al suyo."
¿Qué sugiere tales improbables lazos —conexiones humanas significativas que se extienden más allá de los límites de la identidad personal?
Apoyo mutuo. Compartir recursos en tiempos difíciles. Paso seguro o salvoconducto. Hospitalidad. Autodefensa. Y no menos importante: los más intangibles beneficios de la alegría.
Ante la consulta, " ¿Qué es amistad?" La famosa respuesta de Aristotéles fue, "Un alma que habita en dos cuerpos."
He caminado por muchas guerras. Ahora, paso la sucia banda de pintura y asfalto que marca el fin de Uzbekistán.
"Es mejor que pidas tu teléfono de vuelta", Khalmuradov me aconseja en un tono seco, después que un oficial fronterizo uzbeko, usando la sonrisa de cocodrilo de un amigo falso, pregunta ver las "fotos de las vacaciones" en mi teléfono móvil. (¿Quién es el ser humano con menos amigos en la Tierra? El agente de inteligencia, por supuesto.)
Desde atrás de una reja de alambre, Khalmuradov me mira entrando en Kirguistán. Camino 30 ó 40 metros. Miro hacia atrás por sobre mi hombro. Él todavía está mirando.
New walking partner Sergei Gnezdilov on the highway eastward toward China. Osh, Kyrgyzstan.
Paul Salopek
Khalmuradov, Bekniyazov y yo desempacamos las bolsas de carga—por milésima vez—de nuestros burros, Haram y Ratón. (Estos dos valientes espíritus animales se jubilarán pronto a una granja cercana.) Camioneros inactivados por el papeleo de aduanas se reúnen alrededor nuestro para mirar, bromear. Los ignoramos. Hay una extraña delicadeza entre nosotros tres. Actuamos extrañamente formales entre nosotros. Es porque nos sentimos miserables. Seis meses atrás estos hombres eran unos completos extraños para mí. Ni siquiera podía pronunciar sus apellidos. Pero después de recorrer juntos 2.400 kilómetros de estepas, desiertos, riveras de ríos vaporosos y montañas nevadas en Uzbekistán—algunas veces gritándonos en medio de discusiones, pero más a menudo doblados de la risa—somos amigos cercanos. Sin ninguna duda pongo mi vida en sus manos.
Bekniyazov hace crujir mis nudillos con un apretón de manos de despedida. Él debe quedarse al lado del camino con los animales. Levanta un brazo en silenciosa despedida. Un gesto de centinela. Khalmuradov me lleva a través de la última pena de baquetas: la hilera de ceñudos oficiales de inmigración encerrados dentro de sus sarcófagos de vidrio.
Me recuerdo de muchas cosas al cruzar bordes fronterizos.
Hoy, al navegar la decimotercera frontera política de mi caminata global, dos encuentros distantes se me vienen a la mente.
El primero, muchos inviernos atrás, ocurrió en la recientemente democrática Sudáfrica. Un conocido llamado Willem, un corpulento y barbudo afrikáner, colono de ascendencia holandesa cuyos ancestros crearon el apartheid, estaba sentado bajo un árbol de mopane, explicando por qué todavía anhelaba los días de segregación racial y supremacía blanca. "Deseo vivir sólo entre la gente de mi mismo tipo," decía desdichado. "Por qué ésto es un pecado tan grande?"
El segundo ocurrió muchos años después y a un hemisferio de distancia, en el Museo Field de Historia Natural, en Chicago. John Terrel, un antropólogo del museo, me miró por sobre un abarrotado escritorio y preguntó, intencionalmente, como esperando un desafío, "Crees que las personas son básicamente buenas?"
Terrel se ha pasado años investigando un misterio humano: la capacidad de bondad entre desconocidos. Pinturas rupestres, canciones folclóricas, y miles de novelas y películas han celebrado los lazos íntimos de la familia. Incluso la religión imita una relación familiar sustituta: el Padre en el cielo, o la Madre Tierra. ¿Pero qué hay de una "mera" amistad?
Finalmente Terrel publicó un libro, "Un Talento para la Amistad: El Redescubrimiento de un Rasgo Notable." Su tesis: El pegamento social que es la amistad puede ser una fuerza tan poderosa en determinar la sobrevivencia y éxito humanos como los más obvios lazos "biológicos" de etnia, clan, familia, sangre.
El trabajo de Terrel desafía la visión popular de la humanidad como un ser bruto y peludo en traje de negocios, una evaluación deprimente resumida por el connotado sociobiólogo E. O. Wilson: "Nuestra naturaleza sangrienta, argumentada en el contexto de la biología moderna, está arraigada porque la idea de grupo contra grupo fue una importante fuerza impulsora que nos hizo lo que somos... Cada tribu sabía con justificación que si no estaba armada y preparada, su propia existencia estaba en peligro."
La propia investigación de Terrel en el Pacífico sur, sin embargo, apunta a una conclusión diferente: "Nuestra habilidad evolucionada, nuestra capacidad psicológica y biológica, de hacer amigos incluso con desconocidos es un rasgo definido de nuestra especie."
Terrel estudió los pueblos costeros de Papúa Nueva Guinea—la mitad de una gigantesca isla que también está dividida por una frontera irracional—una isla de tribus atomizadas y cerca de mil idiomas. Los papúes a veces luchaban entre sí. Pero igual de frecuente, ellos cutivaban extensas y complicadas redes interculturales de amistad.
"Casi tan asombroso, en Kep, aún más al este y cerca de la desembocadura del río Sepik," Terrell escribe sobre una de sus fuentes, "otra persona entrevistada tenía amistades en 28 comunidades esparcidas por más de 135 kilómetros donde se hablan otros 10 idiomas diferentes al suyo."
¿Qué sugiere tales improbables lazos —conexiones humanas significativas que se extienden más allá de los límites de la identidad personal?
Apoyo mutuo. Compartir recursos en tiempos difíciles. Paso seguro o salvoconducto. Hospitalidad. Autodefensa. Y no menos importante: los más intangibles beneficios de la alegría.
Ante la consulta, " ¿Qué es amistad?" La famosa respuesta de Aristotéles fue, "Un alma que habita en dos cuerpos."
He caminado por muchas guerras. Ahora, paso la sucia banda de pintura y asfalto que marca el fin de Uzbekistán.
"Es mejor que pidas tu teléfono de vuelta", Khalmuradov me aconseja en un tono seco, después que un oficial fronterizo uzbeko, usando la sonrisa de cocodrilo de un amigo falso, pregunta ver las "fotos de las vacaciones" en mi teléfono móvil. (¿Quién es el ser humano con menos amigos en la Tierra? El agente de inteligencia, por supuesto.)
Desde atrás de una reja de alambre, Khalmuradov me mira entrando en Kirguistán. Camino 30 ó 40 metros. Miro hacia atrás por sobre mi hombro. Él todavía está mirando.
Gnezdilov on the trail’s temporary end in Kyrgyzstan—till springtime, when the mountain snows melt, and the trek resumes.
Paul Salopek
Adelante, en una acera mojada por la nieve se encuentra un hombre joven y alto. No lo conozco. Pero el tira un cigarrillo a medio fumar cuando me acerco. Me ofrece una sonrisa torcida. Mi último guía en un paseo por el planeta.
“Hola,” le digo, extendiendo mi mano. “Tú debes ser Sergei.”
Pronuncio mal su apellido. Sé que no importa.
