Una vez que sus largas letras han sido escritas, leídas y abandonadas; una vez que las distancias se tornan absolutas y el habla se torna distancia, sólo nos queda escuchar.
"He escuchado los oscuros corazones de las piedras latir una vez en la vida" (William Pitt Root en "Cuento de Invierno", de Barry Lopez)
¿Qué es lo que representan estos grabados? ¿Una incógnita? ¿Una súplica? ¿Una plegaria, tal vez?
Es imposible saberlo. Las figuras cinceladas, esquirladas y parcialmente borradas en las grandes rocas de Cholpon-Ata, un yacimiento de petroglifos al norte de Kirguistán, están calladas. De hecho, están inmersas en una quietud tal que quienes las visitan tienden a susurrar mientras caminan entre ellas. Estas imágenes son como un reto enunciado a gritos desde la cima de una montaña una vez que el eco se ha desvanecido. Es como si estuviesen esperando una respuesta. Llevan esperando así una eternidad.
Los grabados ocupan una superfície de unas cuarenta hectáreas de terreno rocoso y representan principalmente imágenes de animales: argalíes (también conocidos como "carneros de Marco Polo"), camellos, caballos, lobos, jabalíes, aves de diferentes tipos. Pero también aparecen figuras humanas, muchas de las cuales llevan arcos y flechas. Hay centenares de rocas con grabados en esta morrena glacial que se depositó caóticamente a orillas del lago Issyk Kul, y cada uno de esos grabados incuba el poder de un secreto bien guardado.
Issyk Kul, un lago de color azul pizarra que se refleja en los blancos cielos de Asia Central desde los albores de la Humanidad, es un punto de referencia geográfico, una vieja encrucijada para los movimientos migratorios y para el comercio. Hoy en día acoge a visitantes de todo el mundo que vienen a hacer senderismo por los cañones y las cumbres que forman las montañas que lo rodean, pero hasta no hace mucho, bajo el manto de la antigua URSS, el lago Issyk Kul fue el destino turístico preferido por los camaradas. De hecho, la primera persona en llegar al espacio, el astronauta ruso Yuri Gagarin, fue agraciado con unas vacaciones pagadas en este paraje, así como el líder soviético Leonid Brezhnev, que tenía una dacha, una cabaña en el bosque, que utilizaba como campamento base para sus expediciones de caza de osos. Varios siglos antes, el lago fue una de las paradas de la Ruta de la Seda, y en los orígenes de la historia del ser humano, cuando las rocas fueron grabadas, sus orillas hicieron las veces de galería de arte sacro.
Video by Paul Salopek and Sergei Gnezdilov
Los primeros grabados datan de más de 3.500 años de antigüedad, y se pueden circunscribir a las culturas constructoras de montículos de la Edad de Bronce. Sin embargo, la mayor parte de las imágenes fueron creadas mucho más recientemente por el pueblo de los Saka-Usun durante el periodo que abarca desde el siglo IX antes de Cristo hasta el siglo I de nuestra era. Los antiguos griegos conocían a la tribu de los Saka-Usun como los Escitas, agresivos arrieros que se enfrentaron al mismísimo Alejandro Magno, nómadas que recorrieron las vastas praderas del corazón de Eurasia montados en sus carros, viviendo en tiendas plegables, y que conquistaron los ricos pastos de esta zona a lomos de sus monturas. Las mujeres escitas luchaban con tanto valor como los hombres, además de ser avezadas arqueras. De hecho, se cree que la leyenda de las Amazonas tiene su origen en algunas crónicas ya desaparecidas que narran encuentros con las valerosas mujeres escitas. Asimismo, las rocas de Cholpon-Ata lucen los símbolos de su dios del sol.
Para mí, los grabados más extraordinarios de este yacimiento son los más recientes. Hay una roca en concreto, una peña de gran tamaño, que muestra una verdadera obra maestra, un cuadro formado por imágenes de un mundo ya extinto, como son un grupo de cazadores acechando a una manada de íbices con la ayuda de unos leopardos de las nieves domesticados.
Al apoyar la palma de la mano en la superfície de esta roca bruñida por el viento, una roca de entre 1.000 y 1.500 años de antigüedad, intentando captar su facsímil con mi cámara digital, un instrumento cuyo único registro son secuencias electrónicas de ceros y unos, pienso en que mis imágenes no durarán ni siquiera veinte años, mucho menos dos mil.
En realidad, los fantasmas somos nosotros.
