¿Qué o quién acabó con la vida de Mikhail Vasilyevich Frunze?
Casi un siglo después de que el "Napoleón bolchevique" -el legendario comandante que lideró la conquista del Ejército Rojo por toda Asia Central- exhalase su último aliento en una mesa de operaciones en Moscú, la respuesta a esta pregunta sigue siendo una incógnita.
¿Pudo ser una úlcera gástrica lo que mató al padre del Ejército Rojo en 1925? Los doctores que lucharon por salvar la vida de Frunze así lo afirmaban. Hay quien asegura que la muerte del afamado general fue orquestada por Josef Stalin, quien obligó a un Frunze reacio a someterse a este peligroso procedimiento quirúrgico, no como un gesto de buena fe del conocido como "Caníbal del Kremlin", sino como una derivación médica que no podía ser rechazada. Otros, dado el gusto de los soviéticos por una buena teoría de la conspiración, creen que la culpa fue del Otro, como de costumbre.
"Algunos piensan que los doctores que trataron al general eran miembros de la comunidad judía de Bukhara", afirma Damira Stamkulova, conservadora del Museo Frunze, en Bishkek, capital de Kirguistán, "y que se vengaron de Frunze por el violento ataque a su ciudad."
Stamkulova se encoge de hombros. Al igual que muchos otros detalles sobre la Revolución Rusa, especialmente los relacionados con las dificultades a las que los soldados tuvieron que enfrentarse en el vasto, sangriento y caótico frente de Asia Central, toda esta historia está envuelta en un turbio halo de misterio, como el propio Museo Frunze.
Red tchotchkes: Gen. Frunze immortalized on vase and in prose.
Paul Salopek
El museo está ubicado en un edificio cuboide de tres plantas situado en pleno centro de Bishkek, ciudad natal de Frunze. Dos mujeres de mediana edad dormitan detrás del mostrador en el sombrío vestíbulo del museo. Ellas son las guías y el santuario dedicado a este guerrero, un matriarcado.
El nombre de Mikhail Frunze se incluye entre los de aquellas figuras de la historia que, pese a ser desconocidas para el mundo en general, han contribuído a dar forma a nuestras vidas. Un ejemplo de esto es la contribución de Frunze a la expansión de la URSS hacia Asia Central.
Mikhail Vasilyevich Frunze nació en 1885 en el seno de un matrimonio formado por un colono moldavo y una madre rusa, y se radicalizó durante su adolescencia. Empezó a faltar a sus clases en la Universidad de San Petersburgo para participar en marchas contra el Zar Nicolás II. Sobrevivió a una gélida década de exilio en Siberia. Después de la revolución de 1917, siendo ya un joven pero avezado líder, experto en las lides de la guerra civil rusa, Frunze recurrió al uso de trenes y vehículos blindados, caballería y hasta once biplanos desvencijados para apoyar los avances del Ejército Rojo en sus incursiones a través de las estepas y las heladas montañas de lo que hoy en día son las repúblicas de Kazakistán, Kirguistán, Turkmenistán y Uzbekistán, una campaña tumultuosa durante la que tuvo que luchar contra los monárquicos del Ejército Blanco y derrotar a los khanes feudales de la Ruta de la Seda y a los rebeldes Basmachi, además de contener las revueltas campesinas. Su pericia militar le granjeó la atención de los estudiosos del Ejército de los Estados Unidos y sus victorias en las remotas estepas de Asia contribuyeron a la creación del género cinematográfico soviético conocido como Western Rojo. El ejemplo más conocido de este género es "Sol Blanco del Desierto", una película de culto de 1973 que aún a día de hoy se proyecta como ritual de buena suerte para los cosmonautas que están a punto de viajar al espacio.
"Durante la época soviética, Frunze fue un hombre muy conocido que recibió numerosas visitas de altos cargos militares. Sin embargo, a día de hoy prácticamente nadie le recuerda. Desde la independencia, su nombre ya ni siquiera figura en los libros de texto", afirma Stamkulova con aflicción.
Es cierto.
Su museo es como un mausoleo. Tubos fluorescentes cubiertos de polvo bañan de una luz grisácea las pesadas estatuas de bronce, los descoloridos gabanes de lana, las ametralladoras montadas en carros. Las vitrinas que protegen los artefactos expuestos están empañadas por el paso del tiempo, y la pintura de las paredes está desconchada.
Este lugar es un artefacto liminar: un agujero de gusano de hormigón, un emplazamiento de otro tiempo. Es un monumento al olvido tanto o más que al recuerdo.
Entrar al Museo Frunze más de un cuarto de siglo después de que Kirguistán declarase su independencia de una Unión Soviética destruida es un poco como encontrarse en medio de un escenario distópico post-americano en el cual una nación-estado independiente gobernada por los indios Sioux se hubiese liberado del yugo opresor de George Washington pero conservase un museo que rinde homenaje al General George Custer. Sin embargo, esta analogía tiene un problema: los dos procesos de colonización, el de Asia Central y el del Lejano Oeste americano, tuvieron diferencias a efectos trágicos, y de alguna manera la colonización rusa demostró una mayor dosis de humanidad. Aun así, decenas si no cientos de miles de habitantes de Asia Central perecieron durante los años en los que las revueltas políticas eran su pan de cada día, antes, durante y después de que el último de los Zares fuese derrocado. Así y todo, la principal víctima expuesta en el Museo Frunze sigue siendo el propio Frunze, cuyos restos se encuentran flotando en una solución de cloroformo.
Acompañado de mi interprete, Sergei Gnezdilov, emerjo del museo que es digno de ser expuesto en un museo.
Vamos caminando hasta la siguiente manzana de la Calle Frunze y giramos a la derecha, donde nos encontramos frente a uno de los pocos vestigios locales en Bishkek que todavía conmemora la figura de Mikhail Vasilyevich Frunze, que es nada más y nada menos que un restaurante de lujo. Nos sentamos y ojeamos el menú, que tiene un aire poco proletario, con su elegante membrete que luce el nombre del restaurante: Frunze. Hasta los cafés cappuccinos que pedimos para la sobremesa vienen con unas galletas decoradas con el nombre del General.
Red tchotchkes: Gen. Frunze immortalized on vase and in prose.
Paul Salopek
El museo está ubicado en un edificio cuboide de tres plantas situado en pleno centro de Bishkek, ciudad natal de Frunze. Dos mujeres de mediana edad dormitan detrás del mostrador en el sombrío vestíbulo del museo. Ellas son las guías y el santuario dedicado a este guerrero, un matriarcado.
El nombre de Mikhail Frunze se incluye entre los de aquellas figuras de la historia que, pese a ser desconocidas para el mundo en general, han contribuído a dar forma a nuestras vidas. Un ejemplo de esto es la contribución de Frunze a la expansión de la URSS hacia Asia Central.
Mikhail Vasilyevich Frunze nació en 1885 en el seno de un matrimonio formado por un colono moldavo y una madre rusa, y se radicalizó durante su adolescencia. Empezó a faltar a sus clases en la Universidad de San Petersburgo para participar en marchas contra el Zar Nicolás II. Sobrevivió a una gélida década de exilio en Siberia. Después de la revolución de 1917, siendo ya un joven pero avezado líder, experto en las lides de la guerra civil rusa, Frunze recurrió al uso de trenes y vehículos blindados, caballería y hasta once biplanos desvencijados para apoyar los avances del Ejército Rojo en sus incursiones a través de las estepas y las heladas montañas de lo que hoy en día son las repúblicas de Kazakistán, Kirguistán, Turkmenistán y Uzbekistán, una campaña tumultuosa durante la que tuvo que luchar contra los monárquicos del Ejército Blanco y derrotar a los khanes feudales de la Ruta de la Seda y a los rebeldes Basmachi, además de contener las revueltas campesinas. Su pericia militar le granjeó la atención de los estudiosos del Ejército de los Estados Unidos y sus victorias en las remotas estepas de Asia contribuyeron a la creación del género cinematográfico soviético conocido como Western Rojo. El ejemplo más conocido de este género es "Sol Blanco del Desierto", una película de culto de 1973 que aún a día de hoy se proyecta como ritual de buena suerte para los cosmonautas que están a punto de viajar al espacio.
"Durante la época soviética, Frunze fue un hombre muy conocido que recibió numerosas visitas de altos cargos militares. Sin embargo, a día de hoy prácticamente nadie le recuerda. Desde la independencia, su nombre ya ni siquiera figura en los libros de texto", afirma Stamkulova con aflicción.
Es cierto.
Su museo es como un mausoleo. Tubos fluorescentes cubiertos de polvo bañan de una luz grisácea las pesadas estatuas de bronce, los descoloridos gabanes de lana, las ametralladoras montadas en carros. Las vitrinas que protegen los artefactos expuestos están empañadas por el paso del tiempo, y la pintura de las paredes está desconchada.
Este lugar es un artefacto liminar: un agujero de gusano de hormigón, un emplazamiento de otro tiempo. Es un monumento al olvido tanto o más que al recuerdo.
Entrar al Museo Frunze más de un cuarto de siglo después de que Kirguistán declarase su independencia de una Unión Soviética destruida es un poco como encontrarse en medio de un escenario distópico post-americano en el cual una nación-estado independiente gobernada por los indios Sioux se hubiese liberado del yugo opresor de George Washington pero conservase un museo que rinde homenaje al General George Custer. Sin embargo, esta analogía tiene un problema: los dos procesos de colonización, el de Asia Central y el del Lejano Oeste americano, tuvieron diferencias a efectos trágicos, y de alguna manera la colonización rusa demostró una mayor dosis de humanidad. Aun así, decenas si no cientos de miles de habitantes de Asia Central perecieron durante los años en los que las revueltas políticas eran su pan de cada día, antes, durante y después de que el último de los Zares fuese derrocado. Así y todo, la principal víctima expuesta en el Museo Frunze sigue siendo el propio Frunze, cuyos restos se encuentran flotando en una solución de cloroformo.
Acompañado de mi interprete, Sergei Gnezdilov, emerjo del museo que es digno de ser expuesto en un museo.
Vamos caminando hasta la siguiente manzana de la Calle Frunze y giramos a la derecha, donde nos encontramos frente a uno de los pocos vestigios locales en Bishkek que todavía conmemora la figura de Mikhail Vasilyevich Frunze, que es nada más y nada menos que un restaurante de lujo. Nos sentamos y ojeamos el menú, que tiene un aire poco proletario, con su elegante membrete que luce el nombre del restaurante: Frunze. Hasta los cafés cappuccinos que pedimos para la sobremesa vienen con unas galletas decoradas con el nombre del General.
Power lunch: A capitalist restaurant commemorates the Bolshevik general—sort of.
Paul Salopek
La camarera, equivocándose de guerra, nos pregunta: "¿No luchó Frunze contra los fascistas en Alemania?"
Durante los 66 años de hegemonía soviética, la capital de Kirguistán se llamó Frunze. Tras la independencia, declarada en 1991, la ciudad retomó su nombre original nómada, Bishkek, que hace referencia a la vara que se utiliza para remover la leche de mula fermentada.
Sergei y yo salimos a dar un paseo por las calles de la ciudad, bordeadas de árboles, y en un momento dado decidimos preguntar a una joven pareja escogida al azar si saben quién era Frunze. Nadie que ronde la veintena o que sea menor de veinte años lo sabe. Empiezo a darme cuenta, después de preguntar a tres o cuatro personas diferentes, de que Sergei está basando su muestreo para nuestra investigación histórica en transeúntes del género femenino.
"¿Qué?", pregunta con fingida inocencia cuando le lanzo una mirada. "¿Qué pasa?"
Pasa que es primavera, y uno puede encontrar consuelo en estas cosas.
