Memorizar un poema de medio millón de versos no es tarea fácil.
"Es muy complicado", afirma Ulukbek Toktobolot Uulu, un profesor de música de 22 años que está dando sus primeros pasos como manaschi, como se conoce a los recitadores tradicionales de poemas épicos en Bishkek, la capital de Kirguistán.
Toktobolot lleva aproximadamente un año inmerso en el estudio de Manás, el antiguo y colosal poema épico nacional de Kirguistán, cuya versión más larga de la que se tiene constancia está compuesta por 500.553 versos con rima. Él es capaz de recitar fragmentos de dicho poema durante unos 10 minutos, mientras que los maestros declamadores pueden hacerlo durante horas.
"No puedes empezar a recitar así como así, debes tener en cuenta tu propio estado de ánimo", explica Toktobolot. "Yo suelo elegir diferentes fragmentos para recitar en función de cómo me siento. Es cansado y se me seca la garganta, pero yo me nutro de la energía de mis ancestros".
Desde hace milenios, las vastas estepas y las altas cumbres que envuelven lo que hoy en día son los territorios de Kirguistán, Kazakistán, Turkmenistán, Uzbekistán, Tayikistán, Afganistán y China Occidental han sido exploradas por pastores túrquicos, quienes organizaban su universo -su vida, su religión, sus leyendas y su historia- a través de la tradición oral, contando historias por medio de canciones.
“It’s not just memorization.” Ulukbek Toktobolot Uulu, 22, is helping revive recital of Kyrgyzstan's 500,000-line national poem.
Paul Salopek
Es posible que no exista otro país a día de hoy que esté más arraigado a esta forma de arte que Kirguistán, uno de los estados de menor tamaño y más democráticos de Asia Central. Manás, su poema épico nacional, va ligado a la escala oceánica y a la belleza natural de la región: en parte leyenda tradicional, en parte evangelio y en parte ensalzamiento patriótico, este extenso poema narra la historia de los orígenes del pueblo kirguiso a través de las hazañas de su epónimo protagonista, el superhéroe caballeresco Manás.
Los estudiosos comparan la elocuencia y la profundidad piscológica de Manás a las obras maestras de Homero, La Ilíada y La Odisea, si bien es cierto que el poema Manás es 20 veces más extenso. La épica kirguisa trata temas similares a los de los clásicos: la dicotomía del bien y el mal, los códigos éticos que rigen el liderazgo, rivalidades dignas de cualquier obra de Shakespeare, el destino de la nación y las contiendas que han afectado a diferentes generaciones, en este caso contra la vecina China. Pese a haber sido declarado Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO, el poema Manás sigue siendo prácticamente desconocido en el mundo occidental, dada la ausencia de traducciones al alcance del público. Incluso en Asia Central, el número de personas que conocen el poema ha caído en picado y es cada vez más difícil encontrar bardos que sean capaces de recitar largos pasajes del poema.
He aquí un fragmento del poema, el pasaje que describe el nacimiento de Manás:
Manás nace en la frontera entre el Cielo y la Tierra, nace de entre las onduladas aguas de un río bajo la luna, nace de la mezcla del oro y la plata.
Los orígenes de este poema épico no están del todo claros. El gobierno kirguiso declaró oficialmente que el poema tiene más de un milenio de antiguedad, si bien hay historiadores que apuntan que algunos de los eventos a los que hace alusión datan de los siglos XVI y XVII. Naturalmente, existen innumerables versiones de Manás. Su atractivo para las culturas pantúrquicas trasciende las fronteras políticas de Asia Central, y varía incluso más entre los linajes de diversos clanes antiguos. Cada declamador añade su toque personal, e incluso últimamente algunas mujeres se han iniciado en las artes de la recitación de Manás, que había sido hasta el momento un privilegio exclusivo de los hombres.
En mi recorrido a pie por la región he tenido la oportunidad de ver a varios manaschi en acción.
En Aktau, una localidad costera de Kazakistán, tuve ocasión de presenciar cómo un anciano invocaba a los espíritus de guerreros esteparios en un funeral familiar. Durante casi nueve horas, tomando breves descansos, el anciano cantó acompañándose del rasgueo de su dombra, un laúd de dos cuerdas. En mi recorrido cerca de la frontera occidental de Uzbekistán me topé con otro cantor que, mientras disfrutaba de un picnic con su esposa, declamaba pareados que subían y bajaban como si del rítmico trote de un caballo se tratase.
El manaschi más celebrado de Kirguistán fue Sayakbai Karalaev, tristemente fallecido en 1971. Karalaev fue famoso por su capacidad para expresar un amplio abanico de emociones: lloraba, se erguía, se quedaba en silencio, rugía. Lograba enganchar a su audiencia, cautivándola con actuaciones que llegaron a impresionar al propio Stalin. Desde que se independizase de la Unión Soviética en 1991, Kirguistán elevó la poesía épica, hasta entonces considerada una mera manifestación del folklore kirguiso, a categoría de pilar fundamental de su incipiente identidad nacional. La efigie de Karalaev ha aparecido en billetes de curso legal y el gobierno de Kirguistán organiza certámenes anuales de juglaría que pueden llegar a durar varios días.
"Bajo la influencia de la URSS, la épica de Manás fue censurada o directamente prohibida", explica Toktobolot, uno de los pocos aspirantes a poeta que está contribuyendo a revitalizar esta tradición entre las generaciones más jóvenes de Kirguistán. "Pero ahora que por fin la he escuchado tal y como debe ser narrada, me ha llegado al corazón."
“It’s not just memorization.” Ulukbek Toktobolot Uulu, 22, is helping revive recital of Kyrgyzstan's 500,000-line national poem.
Paul Salopek
Es posible que no exista otro país a día de hoy que esté más arraigado a esta forma de arte que Kirguistán, uno de los estados de menor tamaño y más democráticos de Asia Central. Manás, su poema épico nacional, va ligado a la escala oceánica y a la belleza natural de la región: en parte leyenda tradicional, en parte evangelio y en parte ensalzamiento patriótico, este extenso poema narra la historia de los orígenes del pueblo kirguiso a través de las hazañas de su epónimo protagonista, el superhéroe caballeresco Manás.
Los estudiosos comparan la elocuencia y la profundidad piscológica de Manás a las obras maestras de Homero, La Ilíada y La Odisea, si bien es cierto que el poema Manás es 20 veces más extenso. La épica kirguisa trata temas similares a los de los clásicos: la dicotomía del bien y el mal, los códigos éticos que rigen el liderazgo, rivalidades dignas de cualquier obra de Shakespeare, el destino de la nación y las contiendas que han afectado a diferentes generaciones, en este caso contra la vecina China. Pese a haber sido declarado Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO, el poema Manás sigue siendo prácticamente desconocido en el mundo occidental, dada la ausencia de traducciones al alcance del público. Incluso en Asia Central, el número de personas que conocen el poema ha caído en picado y es cada vez más difícil encontrar bardos que sean capaces de recitar largos pasajes del poema.
He aquí un fragmento del poema, el pasaje que describe el nacimiento de Manás:
Manás nace en la frontera entre el Cielo y la Tierra, nace de entre las onduladas aguas de un río bajo la luna, nace de la mezcla del oro y la plata.
Los orígenes de este poema épico no están del todo claros. El gobierno kirguiso declaró oficialmente que el poema tiene más de un milenio de antiguedad, si bien hay historiadores que apuntan que algunos de los eventos a los que hace alusión datan de los siglos XVI y XVII. Naturalmente, existen innumerables versiones de Manás. Su atractivo para las culturas pantúrquicas trasciende las fronteras políticas de Asia Central, y varía incluso más entre los linajes de diversos clanes antiguos. Cada declamador añade su toque personal, e incluso últimamente algunas mujeres se han iniciado en las artes de la recitación de Manás, que había sido hasta el momento un privilegio exclusivo de los hombres.
En mi recorrido a pie por la región he tenido la oportunidad de ver a varios manaschi en acción.
En Aktau, una localidad costera de Kazakistán, tuve ocasión de presenciar cómo un anciano invocaba a los espíritus de guerreros esteparios en un funeral familiar. Durante casi nueve horas, tomando breves descansos, el anciano cantó acompañándose del rasgueo de su dombra, un laúd de dos cuerdas. En mi recorrido cerca de la frontera occidental de Uzbekistán me topé con otro cantor que, mientras disfrutaba de un picnic con su esposa, declamaba pareados que subían y bajaban como si del rítmico trote de un caballo se tratase.
El manaschi más celebrado de Kirguistán fue Sayakbai Karalaev, tristemente fallecido en 1971. Karalaev fue famoso por su capacidad para expresar un amplio abanico de emociones: lloraba, se erguía, se quedaba en silencio, rugía. Lograba enganchar a su audiencia, cautivándola con actuaciones que llegaron a impresionar al propio Stalin. Desde que se independizase de la Unión Soviética en 1991, Kirguistán elevó la poesía épica, hasta entonces considerada una mera manifestación del folklore kirguiso, a categoría de pilar fundamental de su incipiente identidad nacional. La efigie de Karalaev ha aparecido en billetes de curso legal y el gobierno de Kirguistán organiza certámenes anuales de juglaría que pueden llegar a durar varios días.
"Bajo la influencia de la URSS, la épica de Manás fue censurada o directamente prohibida", explica Toktobolot, uno de los pocos aspirantes a poeta que está contribuyendo a revitalizar esta tradición entre las generaciones más jóvenes de Kirguistán. "Pero ahora que por fin la he escuchado tal y como debe ser narrada, me ha llegado al corazón."
