Después de recorrer más de 9.600 km a pie desde que partiésemos de África en 2013, el periplo Out of Eden continúa. Nuestra brújula nos conduce ahora a través de la cadena montañosa más alta del mundo: la cordillera del Himalaya Occidental.
Desde la antigua ciudad comercial de Osh, en Kirguistán, echo la vista atrás y rememoro los casi 2.500 km que he recorrido a pie por Asia Central y mis recuerdos tienen un tono sepia, como si de una fotografía antigua se tratase. Parece como si todo hubiese sido un sueño.
Beckoning horizon: a summer grassland at the foot of the Alai Mountains.
Video by Paul Salopek
Hace catorce meses, en las vastas praderas al oeste de Kazajistán, mis guías, Talgat Omarov y Daulet Begendikov, y yo intentábamos proteger a nuestro asustadizo caballo de carga de los ataques de fieros sementales salvajes, agitando nuestros sombreros para mantenerlos a raya. Si un satélite nos hubiese visto desde arriba, habría presenciado una silenciosa danza, pagana y lunática, tres puntos revoloteando en la inmensidad de un océano de hierba. Hace diez meses, en mitad del desierto de Kyzl Kum, en Uzbekistán, me encontré balanceándome sediento en lo alto de una duna de arenas rojizas mientras intentaba conseguir ayuda con un teléfono via satélite después de que alguien hubiese robado nuestras provisiones de agua. A mis pies yacían fragmentos de vasijas de agua, las reliquias de otra caravana de la Ruta de la Seda cuyos integrantes habían tenido tan mala suerte como nosotros. Hace siete meses, a las puertas del cementerio de la antigua ciudad de Kokand, una curtida hechicera me untó cenizas de algodón en el pecho, aliviándome de todos mis achaques imaginarios a excepción del único real, la soledad.
Y ahora, tras un largo paréntesis en Kirguistán me calzo de nuevo mis botas y abandono mi mesa de escritor, los afilados ángulos de la vida en la ciudad, con sus rincones antinaturales y su geometría urbana que deforma la mente, y dirijo la vista hacia el sureste.
El camino que nos aguarda atraviesa el agreste techo de Asia
New world: A shepherd’s handmade toys for his son are cars, not horses.
Paul Salopek
Tian Shan. El Pamir. El Hindú Kush. El Karakórum. Por las laderas de estas cordilleras fluyen a borbotones ríos que mueren en las tierras yermas de China, donde Marco Polo registró la presencia de jinn, genios que atraían a los viajeros y les condenaban a un trágico destino en el desierto de Lop.
Pero nos encontramos con un imprevisto: una escasez de burros de carga.
"Es difícil encontrar burros en esta zona", me informa Sergei Gnezdilov, mi compañero y guía de viaje, después de dar una vuelta por la ciudad de Osh, el punto de partida de nuestra nueva etapa. "Los campesinos dicen que se los vendieron todos como alimento a las cuadrillas de trabajadores chinos que construyeron la carretera."
Pero este confuso rumor esconde una verdad mucho más compleja y siniestra.
La escasez de burros en el sur de Kirguistán parece ser sólo una pequeña parte de un turbio fenómeno en auge: el tráfico de estas nobles bestias de carga. Los tratantes de medicina alternativa china y los comerciantes de productos cosméticos llevan tiempo comprando burros en diferentes países del mundo desarrollado para utilizar sus pieles, que contienen un producto gelatinoso denominado ejiao, en la elaboración de remedios para el insomnio y la anemia, entre otros males.
Sergei y yo pasamos toda la mañana intentando encontrar un burro de carga. Finalmente, después de conducir casi 90 km por carreteras de montaña, conseguimos encontrar uno en un santuario de animales. Nuestro compañero de largas orejas tiene quince años y muerde cuando intentamos ensillarlo. Le ponemos de nombre "Jengibre", pero tal vez le pegaría más "El Burro Más Lento de Asia y Quizás del Mundo."
Acompañado de mi hermano Richard y unos cuantos amigos de la zona, emprendemos nuestra ruta en zigzag por las montañas.
Paul Salopek's brother Richard coaxes The Slowest Donkey in Central Asia and Maybe the World toward the Alai Mountains.
Paul Salopek
Los lugareños se sirven de tractores para arrastrar instrumentos musicales de gran tamaño a través de las plisadas colinas cubiertas de hierba. Ellos insisten en que estos mecanismos son en realidad arados, pero sus púas de hierro producen una suerte de concierto que me hace dudar.
Decidimos jubilar al Burro Más Lento de Asia y Quizás del Mundo y contratamos a jinetes que nos ayuden a transportar nuestro equipaje a través de la subcordillera de las Alai hasta la frontera con Tayikistán. Estos dos jinetes, Eshembay Joldoshbaev y Kudayar Nurmamatov parecen caballeros de la Orden de las Provisiones Doradas. Sus caballos responden al nombre de Mike Tyson y Jackie Chan, respectivamente.
Llegamos a la cima del paso montañoso de Jiptik, a más de 4.000 metros de altura y la cordillera del Pamir se extiende frente a nosotros, banyada por una suave luz del color del champán, con sus apretados picos cubiertos de nieve. Las nubes que se arremolinan a su alrededor y se deslizan ondulantes bajo sus laderas le confieren el aspecto de un mar embravecido por la tempestad. Un mar de Tetis congelado. El océano que una vez cubriese Asia Central en la era cretácica.
Mareado por la altitud, dirijo la mirada a mis pies y veo unas botas que no me pertenecen.
Y así empieza todo. Me olvidé mis botas en Osh.
