Mientras recorría el paisaje con la mirada, tuve la sensación de que la hierba era la tierra, como el agua es el mar... Y era tal el movimiento, que la tierra entera parecía lanzada a la carrera. -- Willa Cather, "Mi Antonia"
La cordillera del Karakórum, que separa Pakistán del norte de Afganistán, es un desierto helado.
Las precipitaciones rara vez sobrepasan los 10 centímetros anuales en las elevaciones aptas para ser habitadas por el ser humano. Pese a contar con multitud de glaciares de gruesas paredes de hielo y grandes cantidades de nieve acumulada, estas imponentes cumbres están completamente secas. A finales de la época estival, cuando el agua fluye ladera abajo, lo hace con la fuerza de una manguera a presión, y el producto del deshielo glacial se precipita por empinados desfiladeros, desgarrando aldeas y carreteras, erosionando el suelo hasta que las rocas quedan expuestas.
Los habitantes de este austero panorama, muchos de ellos granjeros pertenecientes a la etnia Wakhi, han tenido que aprender a canalizar esta explosivo regalo de la naturaleza por medio de la hierba, que hace las veces de filtro. Cada otoño, cuando los pastos alpinos -algunos tan empinados que parecen casi verticales- se secan, tornándose dorados y cobrizos, los aldeanos se afanan en recoger heno silvestre. Se les puede ver cargando a sus espaldas balas de heno de hasta 50 kilos de peso, caminando a paso rápido para hacer su agonía lo más breve posible. Parecen hormigas humanas, acarreando grandes fardos de luz y nieve derretida, convertidos en pienso para animales.
Rehman Ali y Bibi Pari son una pareja de ancianos residentes de la aldea de Passu, en Pakistán.
Video by Paul Salopek
Sus hijos han abandonado esta región montañosa, marchándose en busca de oportunidades de estudiar y trabajar en las lejanas ciudades de Islamabad y Karachi. Sin embargo, la pareja, de avanzada edad, continúa faenando en sus empinados y rocosos terrenos sin ayuda de nadie. La mujer, Pari, cuyo nombre significa "hada", me llega por debajo del hombro. Los fardos que se echa a los hombros con destreza y transporta con gran agilidad, y que a mí me resulta casi imposible mover, pesan alrededor de 35 kilos. "Gracias, hermanos", nos dice Pari, agradecida por el hecho (ridículo por nuestra parte) de observar perplejos cómo trabaja.
