Estamos caminando el Camino del Gran Tronco.
No hay nada fuera de lo normal acerca de este hecho.
El Camino del Gran Tronco ha sido utilizado como una pista por tal vez 2.300 años. Es uno de los transportadores más viejos de gente e intercambio en Asia- y probablemente el mundo. Se conecta la Bahía Bengala, en la costa exuberante, humeante y tropical de India, a las mesetas altas, secas y expuestas al viento del lejano Afganistán.
Hoy el gobierno de Pakistán ha construido una circunvalación moderna- una autopista de alta velocidad, sin alma, construido milla tras milla de concreto. Alrededor de los carriles ventosos, históricos, ahora obstruidos de tráfico, del Camino del Gran Tronco. Aún el GT, como es conocido entre los locales, todavía aúlla caóticamente. Aúlla con el bullicio de tráfico mezclado: camiones de colores, rickshaws motorizados, carretas de burros, motos, carros, bicicletas, jinetes, tractores y docenas de peatones aturdidos. Cada uno de estos humanos, animales y medios de transporte compiten, sin un patrón discernible por cada pulgada de espacio en el cinturón delgado de asfalto. La vida en el Gran Tronco, cual se desvanece por miles de millas al este en India, no ha cambiado significativamente en el siglo desde que Kipling lo describió en Kim:
Todas las castas y tipos de hombres se mudan aquí. ¡Mira! Brahmanes y chumaras, bancaros y hojalateros, peluqueros y bunios, peregrinos y alfareros- todo el mundo yendo y viniendo. Es para mí como un río del cual fui extraído como un tronco después de una inundación.
Por eso los viajeros de coche, en lugar de viajeros auténticos, lo evitan hoy.
Mi compañero de caminata, Naveed Khan, y yo caminamos el camino del Gran Tronco por 190 millas a través del Punjab desde la capital Pakistaní de Islamabad a la ciudad amurallada de Lahore. Por tres semanas esquivamos conductores homicidas. Doblamos hacia adelante como si estuviéramos en contra de un vendaval, empujando por una pared sónica de ruido ensordecedor de motor. (Caminando dos pasos separados en la franja del camino, debemos gritar en los oídos del uno al otro para oírnos. Limpiamos nuestros rostros con servilletas al fin de cada día. El papel termina negro con el escape de carros. Bostezamos asteroides de carbón de nuestras narices, pulmones. La polución del camino es tan espesa que refleja la luz: una neblina picajosa del infierno. En Rawalpindi encontramos nuestras primeras vacas de fibra de vidrio. Están del tamaño natural. Paran en las medianas.
"La cuidad las encargó", explica Mohamad Mehtab Ansari, un escultor de fibra de vidrio quien vive por el GT. "Te recuerdan de la vida del pueblo."
Pero no lo hacen. (Unas de las vacas son moradas.)
The Grand Trunk Road near Rawat: teeming with cars, trucks, bicycles, and motorbikes—and watched over by a fiberglass brontosaurus.
Paul Salopek
Encontramos Ansari fácilmente: ¿Cuál otra casa en el Camino del Gran Tronco cuenta con un dinosaurio de 35 pies de altura? Ansari nos muestra una galería de sus obras pasadas en su celular: un caballo gigante, un leopardo, más vacas.
Varios hombres vestidos de civil se acercan. Se reúnen alrededor del celular de Ansari.
¿Quiénes son estos extraños?
Son jóvenes oficiales de inteligencia del ejército, mandados a caminar con nosotros- discretamente, unas cientas yardas atrás. Es por nuestra propia seguridad, nos dicen. Les decimos: no es necesario. Pero nuestras quejas son inútiles. Igual, son chicos buenos. "¿Puede usted llamar a nuestro mayor?" le pregunta uno de los oficiales a mi compañero, Naveed Khan. "¿Puede decirle que no nos necesita? “Dice que tiene los pies lastimados.
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¿Quién construyó el Camino del Gran Tronco?
El escritor Pakistaní Salman Rashid le concede este laurel a Chandragupta, el extraordinario fundador del imperio Mauryan. (321 to 185 BC). Chandragupta fue el gran unificador del subcontinente Indio. Criado por un pastora de ganado, construyó un imperio en Asia Central y Sur que, en su extensión de 5 millónes de metros cuadradas, igualaba el área de los territorios conquistados por Alejandro de Macedonia (Alejandro Magno) y posteriormente por Roma. Obsequió su trono por voluntad propia y murió pobre, como un monje de Jain, después de morirse de hambre en una cueva. ¿Por qué no has escuchado de Chandragupta? Posiblemente porque solo te enseñaron la historia del mundo occidental. Que es decir: solo has aprendido un fracción de la historia extraordinaria del mundo.
Rashid el escritor, cita el Indika, un diario escrito por un diplomático anciano de Grecia a la corte de Mauryan.
El Indika nos cuenta que Chandragupta tenía el equivalente de las carreteras modernas cuyos supervisores aseguraron que las calles estaban en condiciones perfectas. Que hubo hosterías a intervalos iguales al recorrido de un día y que los árboles dieron sombra a estas calles. Gracias a dios que algún idiota aún no había traído el maldito eucalipto de Australia. En los cruces de camino había letreros que informaban a los viajeros acerca de la dirección en que se hallaban las distintas ciudades o pueblos.
* * *
Cruzamos el Rio Chenab, uno de los afluentes del Río Indo, en un puente alto.
Hay una leyenda famosa acerca del Chenab.
Sonhi, la hermosa hija de un alfarero, se enamora de un guapo pastor de ganado llamado Mahiwal. Su unión queda prohibida por las estrictas leyes de las castas pero ¿cuándo el amor verdadero ha sido detenido por tales obstáctulos? La pareja inicia el hábito de encontrarse en secreto a orillas del río por las noches. Sohni rema hacia su amado y cruza el turbio cauce del Chenab en una gran vasija de arcilla. Un día, una celosa cuñada la descubre cuando regresa de su cita y reemplaza la vasija cocida de Sonhi por una que estaba sin cocer. La nueva vasija se deshace en las aguas del río. Sonhi llama a Mahiwal. Mahiwal se zambulle para salvarle. Ambos amantes se ahogan.
Incontables canciones, poemas y películas de Bollywood conmemoran este Romeo y Julieta del Punjab. Cuando le informo a una amiga de Islamabad, Husanara Mahmud, que estoy caminando a través del Chenab, me canta una versión de la leyenda por WhatsApp.
"La vida de la gente joven ha cambiado mucho desde aquellos días", dice Areeba, 24, una estudiante de publicidad vestida de moda, quien bebe a sorbos un café helado en un clon de Starbucks en la orilla norte del río. En el pasado, las niñas no tenían la libertad para merodear o visitar espacios públicos solas sin tener que enfrentar chismes negativos", ella dice. "Aquel tiempo era de los matrimonios arreglados."
Su prometido,un joven de 26 años especialista en negocios llamado Nauma, asiente. "Con el paso del tiempo, la gente se educa más", dice Nauman. “Mi familia es de mentí abierta." La pareja tiene el plan de casarse el año siguiente. Son una pareja moderna unida por el amor.
Varios días más tarde, Nuaman envía un mensaje de texto: Quieren permanecer anónimos en el artículo.
¿Por qué? Le pregunto, perplejo.
"Nuestras familias no lo quieren," responde. ""Por lo tanto, mi humilde petición es que escribas nombres falsos para nosotros y desenfoques las imágenes".
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Seguimos caminando.
Pasamos campos de trigo de un color verde tan incandescente que quema nuestros ojos. Pasamos matorrales de mairhuana salvaje.
Dormimos en casas de granjeros. En hoteles cavernosos junto a salones de bodas igualmente gigantes y cuadrados. (Las listas de invitados de las bodas Pakistaníes superan las cien personas). Nos acostamos en casas de camioneros. Desenrollamos nuestros sacos de dormir dentro de una estación de policía.
En todas partes caminando por el Camino del Gran Tronco, en cada punto en la rosa de los vientos, una historia privada se desarrolla ante nuestros ojos. Ha sido así siempre por toda la historia humana. Hasta solo ayer, cuando nos encerramos dentro nuestras mansiones urbanas y apartamentos de la cuidad, la mayoría de los dramas, triunfos y quejas de la vida se actuaban en público. El GT es tal escenario. Aquí: hombres viejos discuten en una barberia al aire libre. Allá: una mujer limpia el trasero de un bebe. Niños juegan cricket en el polvo solo un paso lejos del tráfico clamoroso.
Cruzamos otro río, el Jehlum. Alejandro Magno invadió el sur de Asia por estos bancos de arena achicharrantes en la primavera de 326 A.C. Fue el límite de su conquista global. Sus soldados, rendidos y cansados por la batalla, lo amenazaron con amotinarse en vez de avanzar hacia la India.
El Punjab era rico en aquel tiempo: un enorme oasis agrícola. Sigue siendo así hoy. Nos invitan al Molino de Arroz de Usman. Aproximadamente 2.000 bolsas al día de granos de basmati se pulen utilizando maquinaria tan mecánica que no sólo pareciera ser de otro tiempo, sino de un mundo desaparecido.
Out of Eden Walk
Un granjero, Mohamed Saim, sega el trébol en un campo al lado.
Puedo escuchar a Saim hablando consigo mismo mientras trabaja. Balancea su filo. ¿Está conversando sin parar, pero ¿con quién? ¡En su cultivo no hay nadie más en su alrededor! Cuando nos acercamos para investigar, sonríe. Se levanta su gorra tejida. Debajo, escondido sobre su oreja, hay celular barato y de baja calidad. "Estoy hablando con mi esposa," dice. "Vamos a tener un bébe. Hablamos de cómo decorar el cuarto."
Out of Eden Walk
Seguimos, Naveed Khan y yo, afrontando carros y camiones avanzando, en camino por lo largo del Camino del Gran Tronco.
Alcanzaremos las orillas del río Ravi, casi a las puertas de Lahore, en un atardecer lleno de esmog. Las formas antiguas de camellos de transporte se arrodillan al lado del pavimento, apareciendo y despareciendo en los destellos de faros de carros. Reliquias de la Ruta de la Seda.
Sin embargo, lo que me acuerdo más del recorrido lento a lo largo del GT no es el romanticismo de su pasado distante. Ni estoy perseguido por su presente enloquecedor: el asalto terrible en los sentidos- el zumbido doloroso en las orejas por la noche, casi tambaleándose a la cama después de horas de ruido del tráfico. O las cucharadas de polvo de la ruta que tragamos a diario. O el esfuerzo mental de disputar cada paso por lo largo de la ruta con un subcontinente en movimiento. No. En lugar de eso lo que viene a la mente mas vívidamente son los momentos en los que este mundo ruidoso se sumergió brevemente en un grupo de rostros apenas vistos.
Como la frente concentrada de un vendedor de naranjas, quién salió de tras su quiosco cuando nos vio acercándonos a pie. Se puso de pie poniendo gran atención en su Shalwar Kameez harapiento, y, cantando, exclamó la única canción que supo: "Cumpleaños feliz."
O en la sonrisa de una barba blanca empujando una bicicleta por un camino de tierra. Se paró cuando le pasamos y levantó la mano. "¡Hola jóvenes!" Nos bramó con tal fuerza que era claro de que no nos estaba viendo a nosotros, sino a un espejismo de su juventud perdida.O tal vez a sus seres queridos fallecidos. Alguna quimera que deambuló por estas mismas rutas de un tiempo cuando todo el mundo aún caminaba. Y en contra de todas las pruebas y probabilidades, su cara marcada mostraba tanto consuelo que tuve que apartar mi propia cara, para que mi guía no viera mis ojos húmedos
