Recorrer el mundo es un baile.
Al avanzar un paso subiendo un glaciar, retrocede dos al resbalarte. Cuando los coches casi te atropellan como a un animal, sortéalos con piruetas. Si te balanceas en un puente colgante situado a gran altitud sobre un río del Himalaya, extiende tus brazos como un equilibrista flamenco. De esta manera, cada paso que das en la superficie de la Tierra se convierte en una coreografía de la anticipación.
Tu compañero es el paisaje. Te guía. Tú le sigues.
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En nuestro segundo día recorriendo Pakistán, conocemos a un hombre con una pierna amputada.
Dos compañeros de trabajo lo llevan hasta un cañón en el Karakórum. El hombre, un obrero de carreteras proveniente de Chilas, está hecho polvo. Un alud le ha arrancado parte de la pierna derecha, a la altura de la espinilla. El pie que le falta se quedará para siempre enterrado bajo toneladas de gneis junto al río. Debería estar muerto. Lo han transportado durante mucho tiempo y ha perdido mucha sangre.
Naveed Khan, mi compañero de ruta pakistaní, utiliza su cinturón para hacerle un torniquete. La gente del pueblo sube al amputado a un jeep. En un intento por detener la hemorragia, le ato el muñón a un asa que hay en la parte superior de la puerta del coche. El conductor, a quien han despertado bruscamente, no tiene prisa. Le preocupa que la tapicería se manche de sangre. El hospital más cercano se encuentra en Gilgit, a cinco o seis horas en coche por muchas carreteras en mal estado.
"Vamos, aguanta", le digo en inglés al hombre lesionado, algo estúpido por mi parte. "Te pondrás bien". Es un gigante con barba que lleva un shalwar kameez. Levanta el pulgar como si me entendiese.
Nada en este mundo parece salir como debiera. Salimos adelante aferrándonos a un hilo de esperanza. Nos decepcionamos mutuamente.
Aun así, lo que queda de día, mientras descendemos el valle de Chapursán, Khan y yo no podemos dejar de pensar en lo mismo: aquel hombre herido no volverá a bailar nunca, si es que sobrevive. Y, pese a su sufrimiento, no se ha quejado ni una vez. Hablaba con calma y con voz normal mientras su vida goteaba, dejando un rastro rojo en la arena y las rocas. Tenía una sonrisa amplia y tranquilizadora. Nos estaba consolando.
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Apple farmer Jan Ali and his family in Kyhber.
Paul Salopek
Khyber es una pequeña ciudad en Gilgit-Baltistan. Los álamos desprenden un brillo dorado sobre las casas de ladrillo de barro.
En la cálida cocina de Jan Ali, una niña de siete años con el pelo negro está bailando. A través de la puerta, la veo cantar fuera de tono y girar en círculos. Su nombre significa "luz" en el idioma wají.
"Tenéis los mejores nombres", le digo a Jan Ali. "Nosoros solo tenemos Alice o Mary".
"O Sapphire. O Candi", añade mi compañero, Naveed Khan, quien trabajaba en la Marina.
Luz tiene una parálisis cerebral. A veces se golpea la frente contra la pared y escupe a los perros. Su padre, Jan Ali, agricultor de manzanas y seguidor de Aga Khan, se ha arruinado pagando doctores. Delante de su casa y junto a su familia, este hombre de hombros caídos y mirada triste se despide de nosotros.
Pero ¡no debemos olvidar sus manzanas!
Las pone en nuestras manos como si no fueran nada. Como si fueran insignificantes. Como si su color precioso, fragancia incomparable y sabor dulce no sugiriesen un mundo mucho mejor, aun siendo este el caso.
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"¿Qué opinas de Pakistán? ¿Somos todos terroristas?"
La reputación internacional de Pakistán se limita a los golpes militares, al extremismo religioso y a la corrupción; una carga pesada para su gente. Me hacen este tipo de preguntas cientos de veces. Es como si a los estadounidenses tan solo se les juzgase por su horrible y vergonzosa violencia con las armas. A menudo, las tazas de té, las comidas en grupo y los actos de generosidad —que forman parte del día a día en Pakistán— vienen acompañados de una pizca de queja y orgullo. Ocurre incluso con los agente de policía encargados de vigilarme.
Desplazarse bajo la constante mirada de la seguridad estatal es un auténtico lastre para cualquier narrador. Apenas es posible trabajar. Es imposible respirar. Sin embargo, la mayoría de los agentes pakistaníes que nos vigilan son educados, humanos y tolerantes: "Es por su seguridad", dicen. "Nuestros países no tienen buenas relaciones, ¿qué pasaría si le ocurriese algo? ¿A quién se le echaría la culpa? A nosotros". Y añaden: "Mire, señor, a mí tampoco me gusta estar andando por aquí con usted".
Es un paso a dos tenso. Una rumba delicada y a disgusto a través de las carreteras de Pakistán, de sus ciudades y campos.
Cuando me quejo sobre la poca distancia entre nosotros, un robusto agente del servicio de inteligencia militar asiente con consideración y accede a alejarse. Al recorrer más de 15 millas por las escarpadas faldas de las montañas del Himalaya, el agente me sigue a pie desde lejos. Esa noche le veo cojear hasta el hostal de carretera. Naveed Khan y yo le pagamos la cena. Él nos dice que no le duele. Le dispararon en la pierna en las zonas tribales de administración federal.
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Wedding dancers in Islamabad.
Paul Salopek
Nos adentramos en Islamabad durante una protesta política. Nos escabullimos entre las líneas de seguridad que retienen a una multitud que reclama una ley más estricta contra la blasfemia. En el hotel bebemos unas margaritas sin alcohol.
En Pakistán es época de bodas.
Decir que en Pakistán están obsesionados con las bodas es quedarse corto. Los padres empiezan a planificar y ahorrar para las bodas de sus hijos en cuanto los bebés nacen. Las bodas suponen una gran inversión. Suele haber cientos, y a veces miles, de invitados. El sofisticado vestido de la novia, la dote de oro y gemas, el banquete que podría servir de alimento para toda una semana y el alquiler del inmenso salón de bodas pueden costar lo mismo que el rescate de un rey. Casi toda ciudad pakistaní de tamaño considerable está rodeada por estos salones de bodas. Un experto en economía de Pakistán señala que un trabajador de clase media puede pagar 40 veces lo que gana al año (en torno a 1.500 dólares) en bodas. Si es posible, debería ser incluso más. Al sumar la obsesión de Pakistán y de India, la industria de la moda nupcial en el sur de Asia equivale a cien mil millones de dólares al año.
Dos amigas en Islamabad me invitan a una boda. Insisten en que lleve el traje nacional: el elegante y tradicional shalwar kameez. El palacio nupcial es más grande que el hangar de un avión jumbo y está decorado con cientos de arreglos florales. Grupos de chicos y chicas bailan coreografías ensayadas bajo destellos de luz azul.
Entre cientos de hombres que llevan trajes occidentales, soy el único que viste prendas tradicionales.
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Out of Eden Walk
Naveed Khan y yo hemos recorrido juntos más de 600 millas.
Entonces llegamos a Lahore.
Lahore es la capital cultural de Pakistán y estuvo gobernada por dos imperios míticos: el mogol y el sij. En la actualidad, en su ciudad amurallada aún se conservan palacios preciosos y antiguos, baños termales y mezquitas. En los callejones se amontonan coches, carros de bueyes, motocicletas, peatones, rickshaws... Es un misterio cómo esta incesante marea de lahoríes es capaz de desplazarse a diario: cada 24 horas, un millón de personas van y vienen de las afueras al centro. El gobierno, abrumado ante este fenómeno, ha inaugurado un metro fabricado por empresas chinas. Un ordenador de inteligencia artificial diseñado en Australia se encarga de que los autobuses lleguen a tiempo.
Nos adentramos en Lahore a través del ajetreado mercado de madera. Allí hay un hombre llamado Mohamad Ishfak que está bailando, taconeando sobre restos de arcilla. Se dedica a fabricar hornos tandoor. Su taconeo convierte la acera urbana en una aldea de la región de Punjab.
Out of Eden Walk
Visito el centro de salud mental Fountain House, que proporciona servicios sociales a cientos de khawaja sara, los bailarines transexuales de la corte en la ciudad antigua, quienes pertenecen a uno de los grupos más marginados en Pakistán. Meses más tarde, uno de ellos se convertirá en el primer presentador de noticias transexual. Un país tan conservador como Pakistán resulta ser de lo más complejo.
En Lahore hay sushi y un festival internacional de literatura.
Hay un templo sufí —un lugar de culto islámico moderado donde los fundamentalistas cometieron un atentado suicida en 2010—, así como un parque público que fue bombardeado en otro atentado suicida cometido por un talibán pakistaní en la Pascua de 2016, cuyo objetivo había sido un grupo minoritario de cristianos. También está el Diwan-I-Khas, la sala de audiencia pública. Hace cuatrocientos años, Jahangir, el gobernante del Imperio, instaló una campana dorada sobre su cama. Cualquier ciudadano que tuviese una queja podía tocarla gracias a una cadena dorada.
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A Pakistani dancer, unhindered by only one leg, joins the martial display at the Wagah border crossing with India.
Paul Salopek
Apenas veo otros extranjeros durante mi recorrido de 636 millas a través de Pakistán.
Unos cuantos ingenieros chinos en una presa. Algunos diplomáticos de Occidente escondidos tras las altas murallas de Islamabad. Desde que subí a la cima nevada del Karakórum partiendo de Afganistán, llevo cinco meses deambulando libremente. Parece que tengo para mí solo a toda una nación de 193 millones de personas. Es difícil expresar lo extraña que ha sido esta experiencia en los albores del siglo XXI. Es como adentrarte en la otredad, pero ese "otro" resulta ser uno mismo.
Wagah es uno de los pocos puestos de control entre Pakistán e India. Se encuentra en una de las fronteras más militarizadas del mundo.
Ambos Gobiernos rivales hacen gala de un despliegue de banderas y de movilización de tropas en el cruce donde están las puertas. Sin embargo, en la parte pakistaní también puede verse lo siguiente: un hombre solitario bailando, girando sobre una pierna como un derviche extasiado. En nuestro largo viaje juntos, Naveed Khan me ha informado de que la víctima del alud a la que ayudamos ha logrado sobrevivir. Me despido de Khan con un abrazo.
Pakistán significa en urdu "la tierra de la pureza". Por suerte en la Tierra no existe semejante Pakistán. Yo ya echo de menos el Pakistán de verdad.
