Observó los muros, Asombrado con las alturas que Su pueblo había alcanzado Y por un momento — sólo un momento —, Todo aquello que había detrás de él se Fugó de su vista.
—La Epopeya de Gilgamesh, autor desconocido, escrita circa 2100 a. C.
Cuándo todo esté dicho y hecho, ¿cuál esencia de nuestros días sobrevivirá?
¿Qué fragmento de nuestra experiencia humana perdurará en nuestra memoria más de una generación? O al menos, ¿qué perdure dos?
Caminando por el mundo es imposible no cuestionarse tales preguntas. El cruzar los continentes a pie, moviéndose con los ritmos eternos de la naturaleza año tras año, uno empieza a transitar en ese estado mental al cual se le puede llamar el tiempo ceremonial. Incluso las megaciudades llenas de rascacielos de nuestro tiempo, pasando por nuestros hombros a 3 millas por hora, comienzan a parecer efímeras. Xanadús temblorosos. Colmenas de concreto, vidrio, y sonido que vacilan, que pierden su materialidad, debajo de los rayos equis de un sol sin tiempo. Un cerrar de ojos, y ya no están. Cómo, claro, algun día así será.
Este verano recorrí varias semanas sobre las arenas brillantes, amarillas-ocre, del desierto de Thar en el oeste de India. Las ruinas de las más viejas ciudades de Asia – en efecto, de las primeras ciudades de la historia humana – yacen empolvadas ahí.
Out of Eden Walk
La civilización del valle del Indo, también conocida como la cultura de Harappa, fue al mismo tiempo fantásticamente avanzada y extraordinariamente vieja. Fue una cultura que sirvió como red en la Edad del Bronce llena de centros urbanos llenos de paredes, que florecieron hace 4.600 y 3.700 años. Sus límites son todavía un misterio, pero que en su cima comprendían al menos mil ciudades que yacían sobre Pakistán y Afganistán en la cuenca compartida del sístema del río Indo hasta India. La tecnología de Harappa era tan buena como la de otros imperios famosos de su tiempo, como Egipto y Mesopotamia. Sus escribas grabaron mensajes crípticos con sellos presionados en arcilla. Sus comerciantes viajaron lejos en caravana y en barco a Persia, Arabia, y Asia Central para hacer trueques para adquirir cobre y estaño, piedras semi-preciosas, y algodón. Las ciudades de Harappa fueron planeadas de forma bella. Las casas eran de dos pisos y tenían retretes. El público también disfrutaba del orden de los canales de aguas residuales que se alineaban con ladrillos, al igual que los baños comunales, y los tanquies sépticos, los cuales fueron características de ingeniería que no se encuentran todavía en pueblos modernos en India. Aparte de las herramientas de bronce, los arqueólogos han excavado dados totalmente utilizables de terracota para jugar, al igual que una abundancia de juguetes para niños que incluyen: carretas miniatura de bueyes, trompos, silbatos, sonajas, y canicas. Las esculturas de Harappa mostraban también a las mujeres haciendo sus labores diarias, al igual que a diosas que amamantan, niñas bailando. Pero no hay representaciones de realeza o de guerreros. Esto todavía confunde a varios historiadores.
"Algunas personas creen que esta era una civilización menos jerárquica que la de otros imperios antiguos" dijo Niran Jan Purohit, quien es el superintendente de arqueología en el museo de Bikaner, una ciudad en el arido estado de Rajastán, en India. "Quizás no era ni siquiera un imperio, sino más una burocracia, una federación de ciudades comerciales".
La metrópolis de Harappa más grande que se haya encontrado yace en Mohenjo-Daro, Pakistán. En India visité un lugar más pequeño y más desconocido en el desierto llamado Kalibangan.
Al caminar por el hoy en día, Kalibangan no parece ser mucho. Montículos planos
enguijarrados. y con ladrillos rotos, ascienden en el lugar en el cual la ciudad alguna vez estuvo. La arena está rellena con millones de fragmentos cerámicos de 4.000 años de antigüedad. Y mientras camino, hay pastores locales que empujan a sus vacas a través de las ruinas.
Kalibangan tiene características arquitectónicas que aparecen en la mayoría de las ciudades de Harappa. Una ciudadela anillada por muros de 20 pies de alto que protegen a unos complejos altares de fuego. La mayoría de la población vivió y se organizó en barrios de artesanos, en una cuadrilla de calles cercanas con parachoques de madera que estaban instalados en sus esquinas, supuestamente para escudar edificios del tráfico tosco de sus carretas. La reliquia más famosa de Kalibangan es un parche de tierra anónimo: el campo arado más antiguo del mundo, que se cree existe desde hace 4,800 años. Incluso aquí la tecnología es elegante: los surcos son arados y cruzados en ángulos de 90 grados, lo que supuestamente permitía el cultivo con diferentes semillas, probablemente las de ciertos cereales y de mostaza.
Meciéndome vertiginosamente debajo del sol del desierto blanco, sudé desde cada punta de mis dedos, y me asombré con la capacidad humana del olvido.
Niranjan Purohit, superintendent of archaeology at the museum in Bikaner, a city in arid Rajasthan state, shows off his Harappan artifact collection.
Paul Salopek
¿Por qué es que la cultura del valle del Indo – por cualquier medida, una de las más exitosas sociedades antiguas del mundo – tan desconocida?
¿Habrá sido porque una cultura tan impresionante se desvaneció tan misteriosamente? Para el 1800 A.C., las ciudades de Harappa se estaban abandonando. Las teorías que explican su fallecimiento vienen siendo desde cambio climático que inundo en el Valle del Indo, hasta invasiones de tribus de Asia Central, o hasta un terremoto que virtió el curso de ríos vitales como el Sarasvati, que existe todavía hoy como un canal fantasmal de guijarros en el desierto de Thar, sin vida.
O de pronto la cultura de Harappa era simplemente demasiado pacífica.
Los de Harappa no parecen haber dejarado ninguna historia de terror, hecho a comparar con las historias de horror que los violentos colonizadores como Alejandro y los faraones sí dejaron. En vez de eso, los pioneros de la vivir en la urbe nos dejaron el tamaño de ladrillo más eficiente, cuya proporción de 1:2:4 todavía se usa en construcción a la fecha. Harappa era entonces una antigua Suiza.
"Esta no es una 'civilización espectacular'”, escribió Michel Danino en El Río Perdido, un libro sobre el desaparecido río Sarasvati. "De hecho, arqueólogos de hace mucho, especialmente europeos, se quejaban a veces de la 'monotonía' de la civilización: no hubo una gran piramide, ninguna tumba gloriosa, ningun palacio o templo del otro mundo, ni tampoco ningun fresco o monumental escultura".
Y seguí caminando.
Fields of long-forgotten dreams. A pavement of broken 4,000-year-old pottery at the ancient Harappan city of Kalibangan, one of the earliest urban centers in the world.
Paul Salopek
Hemingway supuso que la única cosa que sobrevive a una civilización no es su poder político o sus glorias militares, o sus monumentos, reyes, o leyes: "[Cuando] un país finalmente corroe y el polvo empieza a volar, [cuando] la gente muere y [nos damos cuenta de que] ninguno de ellos fue de ninguna importancia permanente, [solamente lo fueron] aquellos que practicaron las artes". Pero esto suena a autoservicio.
En nuestro caso es virtualmente cierto que los imprevistos de una civilización moderna, o los subproductos accidentales como nuestras basuras, perdurarán mas que nosotros. En el libro El Mundo sin Nosotros, Alan Weisman consulta a ingenieros, arquitectos, y físicos. Ahí les pregunta: ¿Qué pasaría si los humanos del siglo XXI simplemente se desaparecieran de la faz de la tierra mañana? La respuesta: En unos días, ríos viejos inundarían al metro de Nueva York, y la ciudad comenzaría a colapsar. Nuestros viejos acompañantes urbanos, las cucarachas, se morirían de frío. Ondas de radio que estaban transmitiéndose al espacio hace un siglo estarían en un eco eterno. El plástico en nuestro océano sería prácticamente para siempre. Al igual que las esculturas de bronce de esos generales montados en sus caballos que andan en las rotondas de nuestras ciudades. Yo me pregunto: ¿Qué pasaría con nuestros significados?
Mientras caminé por el ahora invisible mundo de Harappa, conocí a sus descendientes hindúes.
Un jefe de policía allí en una pequeña aldea, llamado Baljit Sidhu, es alto, géntil, y un hombre con bigote al que no le cuajaba el uniforme. Escribió historias satíricas en su celular mientras que alguien lo manejaba entre escenas del crimen. El estante de sus libros en la pequeña oficina tenía a Dostoevskii. Para la caminata larga en el desierto, Sidhu me ayudó a conseguir un burro de carga cuyos oidos habían sido cortados por un dueño anterior para pagar un préstamo bancario. (Los oidos era una prueba cruel de "muerte"). Semanas después, al lado de una cantera de piedra, este animal infatigable, llamado Raju, moriría postrado en su posterior, agitado por una fiebre sin nombre. Una mujer nómada local, llamada Shreemati Singh, consolaría a mi compañera de caminata, una periodista enfocada en derechos humanos llamada Priyanka Borpujari, diciendo: “No llores, tus lágrimas solamente extienden su dolor en la siguiente vida".
Los arqueólogos todavía siguen tratando de entender la escritura de jeroglíficos proveniente de la misteriosa cultura del valle del Indo.
Sin duda, esto me ha dejado pensando en los asombrosos aspectos de la vida en Harappa, que eran tan distantes—insondables, elusivos, casi opacos. Como sin importancia. Si alguna vez se descifran los sellos de la Edad de Bronce, el haber sido grabados nuestros caminos usuales allí y hasta el final, a través de dolor de corazón y la gentileza, deberán entonces estos contar historias similares.
