Hemos cruzado media India a pie.
Caminamos pesadamente por las arenas del desierto de Thar hasta llegar a las pedregosas colinas del Chambal. Paramos a comer dal y roti en sucios restaurantes de camioneros. Bebemos agua calcárea, más dura que el hierro, que fluye de bombas manuales. Esquivamos motocicletas que nos pitan al pasar mientras paseamos por Jaipur, la capital del Rajastán, una ciudad en expansión y de un tono rosado.
¿Y por qué es rosa Jaipur?
Su marajá, Ram Singh II, quiso impresionar al príncipe Alberto Eduardo, hijo de la reina Victoria de Inglaterra, durante su gira oficial en 1876. Singh ordenó que su capital fuese pintada de arriba a abajo con barricas, bidones, cubos y camiones cisterna de pintura de tonos vivos, que se transformase en un océano de color. Aun a día de hoy, esta capa de color cálido ha hecho de Jaipur y sus tonos rosas una de las principales atracciones turísticas de la India. Fue la esposa favorita del marajá quien eligió el color y quien le convenció para que aprobase un edicto que hiciese el cambio permanente.
¿Quién fue esta visionaria? ¿Cuál es su nombre? Es difícil saberlo. Son pocos los libros de historia del Rajastán que hacen referencia a ella y los folletos turísticos que promocionan Jaipur ni siquiera la mencionan. Singh tenía cuatro esposas, aunque algunos dicen que eran más bien nueve. Un siglo después de su muerte, estas lideresas permanecen en el más absoluto anonimato, figurantes olvidadas en la purdah, perdidas en el recuerdo. Así es. Y no sólo en la India, sino en todo el mundo.
¿Que cuál es la injusticia que se encuentra con más frecuencia alguien que camina alrededor del mundo?
No es la supresión de culturas minioritarias, ni la infinidad de variantes de la intolerancia más arraigada por cuestiones de credo o de raza. No. Es algo mucho más sutil. Es la exclusión de las mujeres del Libro de Oportunidades y Recompensas de la Humanidad, y ningún país está a salvo de este prejuicio. Si los habitantes de Júpiter nos visitaran en una nave espacial, habría un hecho extraño que seguramente les causaría gran confusión: la mitad de los siete mil millones de Homo Sapiens que pueblan nuestro planeta no tiene prácticamente acceso al poder político y debe trabajar más por menos, y todo por el simple hecho de tener dos cromosomas X.
"No me hagas hablar", dice Priyanka Borpujari, reportera freelance y mi nueva compañera de travesía en la India. "Cuando me invitan a un congreso, tengo que ir en calidad de autora de piel oscura de libros sobre la problemática de las mujeres, siempre tiene que haber una. Y digo yo, ¿no puedo ser otra cosa? ¿Autora experta en economía? ¿Analista política? ¿Corresponsal en el extranjero?"
Hoy nos toca escribir sobre agricultura.
Walking partner Priyanka Borpujari, left, with farmer Saroj Devi Yadav and her family.
Paul Salopek
Pasamos por campos de trigo y de mijo que brillan bajo el sol como una nieblina verde. Pasamos por campos de arroz y por canales y estanques lodosos donde se relajan los búfalos de agua, esas bestias de aspecto prehistórico de pelaje mojado y negro como el alquitrán que entornan los ojos cual miope al ver que nos acercamos. Preguntamos a la gente que nos encontramos sobre sus cosechas (no muy bien) y sobre el clima tan cambiante (el final de la época de los monzones se ha vuelto a adelantar). Unos 15 kilómetros al este de Jaipur nos paramos a descansar en una granja, que resulta estar dirigida y gestionada exclusivamente por mujeres. En una India impregnada de testosterona, esto resulta interesante.
"Somos nosotras las que manejamos el cotarro aquí por pura necesidad", dice Saroj Devi Yadav, la matriarca de la familia, de 62 años de edad y tez arrugada. "Todos los hombres están trabajando en la ciudad."
El marido de Yadav trabaja de repartidor de comida para Uber en Jaipur, mientras que Yadav y sus dos nietas adolescentes se quedan en casa y se ocupan de regar los campos. Son ellas quienes cortan el forraje para el ganado, quienes pastorean sus rebaños de vacas y de búfalos y quienes organizan el reparto de leche a Jaipur, envasándola en latas transportadas a lomos de motocicletas. Al caer la noche sobre los diminutos dominios verdes de estas mujeres, Yadav se dispone a compartir su te y su curry.
"Me casé a los 13 años", explica. "La vida era muy diferente por aquel entonces. Nadie nos preguntaba a las chicas qué era lo que queríamos. La generación de hoy en día tiene muchas más opciones, no tienen por qué casarse tan jóvenes."
Jyoti, su nieta de 19 años, está estudiando para ser policía. "No me gusta la vida en el pueblo", dice. "Los profesores no tienen ni idea, y no puedes salir sola por culpa de los chicos." Para poder escapar de la vida en la granja, Jyoti tiene pensado casarse con un chico de Jaipur antes de que acabe el año. Chetna, la nieta de 14 años de Yadav, quiere ser médico.
Es una vieja historia.
La rápida urbanización del mundo y la interacción de diferentes pueblos dentro de megaciudades en expansión está acabando con las viejas barreras de género. No obstante, la India aún está lejos de convertirse en Bougainville del Sur, una isla del Pacífico famosa por ser una de las pocas sociedades matriarcales que existen en el mundo. Allí las mujeres de la etnia Nagovisi controlan los recursos producidos por las granjas, mientras que los hombres trabajan en los jardines de las mujeres. En algunas zonas de la India, hasta dos tercios de la mano de obra agrícola esta formada por mujeres, pero a nivel nacional sólo el 13 por ciento de las mujeres indias poseen sus propias tierras. La India sigue estando en poder de los hombres.
Borpujari y yo caminamos hacia el este, sudando al recorrer las angostas carreteras de ardiente asfalto.
En Asia Central, mi ruta a pie me llevó hasta kurganes de la Edad de Bronce, túmulos funerarios que albergaban los huesos de mujeres marcadas por heridas de guerra. Mujeres que fueron enterradas con sus armas de combate, guerreras escitas, las amazonas primigenias.
"¡Eh!", grita de repente Borpujari.
Al girarme veo a un hombre corpulento al volante de un utilitario caro. Ha frenado justo delante de nosotros, bloqueando el paso. Nos graba con su teléfono por la ventanilla del vehículo. Borpujari levanta una mano.
"¿Nos has pedido permiso para grabarnos?", pregunta molesta.
"No sabía que necesitara permiso", contesta el hombre de malos modos.
Borpujari se planta junto a su ventanilla en un ejercicio de hostilidad que no le resulta nada cómodo, tal y como me confiesa después, y hablándole de igual a igual le espeta: "Pues lo necesitas. Necesitas permiso."
