"Venga señor"
Es el hombre que me ayuda a enterrar a Raju.
Raju era mi burro de carga. Un pequeño animal resistente, él me acompañó durante mil millas a través del norte de India, hasta que una innombrable fiebre lo derribó. El hombre que me ayuda a apilar rocas sobre el cuerpo de Raju es un trabajador, un miebro de las castas más bajas de India, un también llamado intocable. Muchos hindus creen que no es sabio mostrar emociones fuertes en la escena de una muerte. Expresiones abiertas de dolor o nostalgia podrían enredar la partida del espíritu de nuestro plano terrenal – evitan que escape del samsara, el ciclo doloroso de morir y renacer.
"¡Aaie!" dice mi ayudante, instándome a dejar la tumba: ¡venga! pero renuncia a esperar. Finalmente se aleja. Me deja mirar el patético montón de piedras.
Animal communication: Raju checks out a young water buffalo in the Chambal region.
Paul Salopek
Durante seis años he estado alejándome de África. Estoy volviendo a trazar los caminos de los primeros homo sapiens quienes primero exploraron el mundo desconocido. Con frecuencia en esta larga caminata estoy acompañado por animales: camellos y mulas, a veces burros, muy raramente un caballo. Estos compañeros de cuatro patas me ayudaron cargando raciones y equipo de campamaneto. Los pioneros de la Edad de piedra que sigo no disfrutaron esta compañía. (Los animales todavía no habían sido domesticados). Su pérdida.
Los animales, por supuesto, son profesores.
Dos ponis de carga en Kazajistán profundizaron mi entendimiento de su mundo de estepas empapado de luz. Al escoger campamentos para satisfacer sus necesidades, fui obligado a leer el paisaje minimalista mucho más cerca. Aprendí sobre las hierbas locales. (Algún forraje es más rico en proteína que otros). Y me convertí en experto encontrando arrugas sutiles en los campos de hierba donde secretos pozos de agua se reunieron y brillaron. De esta forma, los caballos redibujaron mi mapa de Asia Central.
Solar camel: the big bull Fares, one of Salopek's two "ships of the desert," at the edge of the Red Sea in Saudi Arabia.
Paul Salopek
Pero las otras lecciones de los animales trazan el corazón.
En Yeda, Arabia Saudita, rescaté dos camellos embadurnados con pintura amarilla, la insignia de un matadero. Juntos, atravesamos cientos de millas del desierto Hiyaz. El gran toro, Fares, cuyas mandíbulas podrían romper mis huesos fácilmente, caminaba detrás mío y suavemente apretaba mi hombro con sus gigantes dientes. Era su señal para indicar que las rocas estaban hiriendo sus pies. Los camellos prefieren la arena.
Una mula de carga geriátrica llamada Kirkatir se fue de Turquía conmigo. Ella era una excentricidad de 800 libras. Una de sus neurosis era zigzaguear: caminaba hacia adelante y hacia atrás toda la noche – sus pezuñas sonaban, sonaban, sonaban– llevándonos a mi compañero de caminata turco y a mí al insomnio desesperado. Esperando una cura, reconstruímos sus pasos de baile ante un veterinario sorprendido de un pueblo pequeño. Una pequeña multitud se reunía para ver nuestra actuación hacía la puerta de su clínica. Animaban nuestra idiotez. De esta forma, los animales acompañantes sirven como puentes. Se convierten en embajadores para otros humanos.
Solar camel: the big bull Fares, one of Salopek's two "ships of the desert," at the edge of the Red Sea in Saudi Arabia.
Paul Salopek
Pero las otras lecciones de los animales trazan el corazón.
En Yeda, Arabia Saudita, rescaté dos camellos embadurnados con pintura amarilla, la insignia de un matadero. Juntos, atravesamos cientos de millas del desierto Hiyaz. El gran toro, Fares, cuyas mandíbulas podrían romper mis huesos fácilmente, caminaba detrás mío y suavemente apretaba mi hombro con sus gigantes dientes. Era su señal para indicar que las rocas estaban hiriendo sus pies. Los camellos prefieren la arena.
Una mula de carga geriátrica llamada Kirkatir se fue de Turquía conmigo. Ella era una excentricidad de 800 libras. Una de sus neurosis era zigzaguear: caminaba hacia adelante y hacia atrás toda la noche – sus pezuñas sonaban, sonaban, sonaban– llevándonos a mi compañero de caminata turco y a mí al insomnio desesperado. Esperando una cura, reconstruímos sus pasos de baile ante un veterinario sorprendido de un pueblo pequeño. Una pequeña multitud se reunía para ver nuestra actuación hacía la puerta de su clínica. Animaban nuestra idiotez. De esta forma, los animales acompañantes sirven como puentes. Se convierten en embajadores para otros humanos.
Kirkatir, an elderly 800-pound mule, paced off Turkey with Salopek.
Photograph by Huseyin Yilmaz
Raju, mi burro indio –y el séptimo burro empleado durante mi caminata global– fue improbablemente bueno en esto.
Un insignificante animal gris fue burlado por la mayoría de granjeros indios que conocimos. Los burros no son respetados en la cultura india. Los principales dioses hindús conducen los espíritus de los animales sagrados llamados vájanas: leones imponentes, elefantes poderosos, pavos reales resplandecientes. Solo la diosa de la viruela, Shitalá Mata, conduce un burro. Aún peor, Raju estaba perdiendo sus orejas. Nadie, incluyendo al dueño anterior, nos dijo por qué. Pero un rumor sugiere una antigua mezcla de codicia y crueldad humana. Se dice que algunos granjeros indios incumplen con los préstamos de ganado reclamando a los bancos que los animales murieron inmediatamente después de la compra. Una prueba: las orejas cortadas.
"Raju es una estafa caminante", dijo enojado mi compañero de caminata Arati Kumar-Rao.
Sin embargo, se las arreglaba para ser encantador.
Donkey paradise: Raju at rest in the Chambal region.
Paul Salopek
El secreto de Raju era no cansarse, ser infatigable, el valor. Él soportó a través de los campos de trigo del Punjab, a través de las ollas de gravilla del Desierto de Thar, y a través del lodo del monzón de Madhya Pradesh. Su cabeza sin orejas se inclinó a medio camino del subcontinente. Los espectadores, escepticos al inicio, pronto reconocieron al desvalido. Lo animaron.
Fueron las colinas de piedra roja de Chambal que lo detuvieron.
Se debilitó de repente en un remoto pueblo de extracción de piedra llamado Sirmathura. Dejó de comer. Su cabeza se desplomó. Mi compañero de caminata Priyanka Borpujari y yo paramos para cuidarlo. Consultamos veterinarios. Ellos inyectaron a Raju con antibióticos. Sospechando cólicos, un doctor prescribió una solusión de bicarbonato de sodio canalizada a través de la aprisionada mandíbula usando una vieja botella de gaseosa. Lo medicamos con pastillas para el dolor. Nos mantuvimos despiertos. En la tarde del quinto día, Raju cayó sobre su costado y nunca se levantó. Presioné mis manos en su temblorosa caja torácica y sentí su último aliento agonizante.
Hemos vivido con animales domésticos desde hace tanto tiempo –por lo menos 10000 años, en el caso de las cabras– que es difícil imaginar la vida sin ellos. Aún así, los términos de la coexistencia humana-animal sigue siendo una paradoja.
Inventamos códigos llamados "moralidad" para proteger a los organismos "menores" de los daños. (En consecuencia: la Sociedad para la Prevención de la Crueldad a los Animales, protocolos éticos de laboratios, spas para perros, etc.) Pero también parecemos estar bien con criar artficialmente 65 billones de criaturas sensibles en el año, bajo condiciones brutales, solamente con el propósito de comerlos. (Hoy, los pollos de granjas industrializadas son por mucho las aves más numerosas en la Tierra)
Tough little Raju accompanied Salopek a thousand miles across northern India.
Drawing by Arati Kumar-Rao
Raju es el primer animal de carga que muere en mi caminata.
De pie en su tumba en una excavación de roca abandonada en el norte de India, siento cierto vacío en mis huesos. No caminaré otra vez con animales. No durante un tiempo. Pero aún recuerdo cómo, a lo largo de mi camino, un empático carnicero saudí escondió el cuchillo de su oveja. Y después, buscaré un fragmento medio olvidado del libro Dominion, del escritor Matthew Scully:
"La manera en la que tratamos a las criaturas que nos acompañan es solo una forma más en la que cada uno de nosotros, todos los días, escribimos nuestro propio epitafio –darle al mundo un mensaje de luz y vida o solo más oscuridad y muerte, agregando a la alegría del mundo o a su desesperanza... Tal vez esto es parte del rol de los animales entre nosotros, despertar la humildad, volver nuestras mentes al misterio de las cosas, y abrir nuestros corazones a las más imprácticas esperanzas en las que la creación habla como una sola."
Tough little Raju accompanied Salopek a thousand miles across northern India.
Drawing by Arati Kumar-Rao
Raju es el primer animal de carga que muere en mi caminata.
De pie en su tumba en una excavación de roca abandonada en el norte de India, siento cierto vacío en mis huesos. No caminaré otra vez con animales. No durante un tiempo. Pero aún recuerdo cómo, a lo largo de mi camino, un empático carnicero saudí escondió el cuchillo de su oveja. Y después, buscaré un fragmento medio olvidado del libro Dominion, del escritor Matthew Scully:
"La manera en la que tratamos a las criaturas que nos acompañan es solo una forma más en la que cada uno de nosotros, todos los días, escribimos nuestro propio epitafio –darle al mundo un mensaje de luz y vida o solo más oscuridad y muerte, agregando a la alegría del mundo o a su desesperanza... Tal vez esto es parte del rol de los animales entre nosotros, despertar la humildad, volver nuestras mentes al misterio de las cosas, y abrir nuestros corazones a las más imprácticas esperanzas en las que la creación habla como una sola."
