Por muchos meses he estado caminando hacia el cero.
Es el indicador universal de la nada, de la inexistencia, del vacío. El cero matemático ha estado con nosotros durante tanto tiempo que olvidamos sus cualidades revolucionarias.
El cero es nuestro punto de origen primordial: el punto de partida para nuestras mediciones de temperatura, peso, velocidad, etc. Los ceros también nos dan nuestro sistema de numeración decimal, sin el cual la ciencia computacional moderna y la categorización no podrían existir. (Imaginar que el exponente de la excelencia es un 9, no un 10, parece imposible.) Los ceros nos ofrecen una precisión infinita cuando se colocan a la derecha de un punto decimal. Nos permiten llamar a la operadora.
Algunos de los ceros más antiguos del mundo están inscritos en una losa de piedra en el interior de un antiguo templo en la ciudad de Gwalior, en el norte de la India.
El templo, llamado Chaturbhuj, está dedicado al dios hindú Vishnu. Los ceros en cuestión, dos de ellos, aparecen dentro de dos números cincelados en el texto: 270 (una figura que mide un trozo de tierra que fue donada) y 50 (que cita las ofrendas realizadas por un benefactor, consistentes en guirnaldas de flores). Estos ceros tienen alrededor de 1.200 años de antigüedad.
He estado caminando hacia el templo de Chaturbhuj desde que crucé la frontera de Pakistán con la India, hace unas 950 millas. He recorrido los campos de trigo de Punjab, he escalado las dunas de Rajasthan y he patinado por los barrancos de piedra roja de Madhya Pradesh para ver los ceros. He estado esperando ver estos símbolos circulares primordiales no sólo por su valor histórico sino también por su estrecha relación con las ausencias.
Los eruditos piensan que el primer uso de un "0" para connotar inexistencia surgió no de la matemática o de las ciencias, sino de la espiritualidad asiática. La nulidad, la reducción a cero de los deseos terrenales, llamada sunya, la palabra en sánscrito que significa cero, es un estado positivo en el budismo. Es un vacío liberador desprovisto de sufrimiento humano. Hace 2.000 años, los estadísticos indios descubrieron que este concepto funcionaba excelentemente en el campo de la matemática. Siglos más tarde, fueron los árabes quienes repartieron ceros por el viejo mundo a lo largo de la Ruta de la Seda.
Visito Chaturbhuj con una ex alumna mía, Camille Framroze.
El templo se ubica sobre una colina empinada. Framroze y yo subimos los caminos de piedra desgastada. Preguntamos por el "templo cero". Pocas personas lo conocen. Cuando finalmente logramos localizarlo, escondido debajo de una muralla de fortaleza, vemos que es un anticlímax: un santuario decepcionante no mucho más grande que un armario, un monumento demasiado modesto para un concepto fundador de la civilización.
“¿Puedes verlos?”, le pregunto a Framroze, quien entrecierra los ojos para analizar detalladamente la piedra famosa en el campo de la matemática a través de una rejilla protectora cerrada.
Pero Framroze no logra ver ningún cero antiguo. Yo tampoco. Y tampoco los demás transeúntes que se acercan atraídos por un pequeño letrero que dice sin más explicación "CERO: el cero más antiguo existente en la región de Gwalior".
Mi peregrinación comenzó con nada y terminó con nada. Sirvió para nada.
