Nuestro periplo nos lleva hasta Bengala Occidental, y es como adentrarse en un parque plagado de ciervos.
Los arbustos de té se extienden como si fueran topiaria durante kilómetros e hileras de plantas de hojas duras y tacto áspero llamadas melas crecen bajo la sombra de árboles que se yerguen aquí y allá. La cordillera del Himalaya, de un azul vítreo, se alza sobre el horizonte al norte, como si se tratase de una esquirla oscura dibujada sobre el cielo.
La India es el segundo país productor de té del mundo, sólo por detrás de China, y es famosa por sus variedades de té Assam y Darjeeling.
Teas await weighing and grading at the Looksun plantation, in West Bengal.
Paul Salopek
Miles de recolectores de té trabajan sin descanso en las remotas plantaciones. Muchas son mujeres indígenas Adivasi, descendientes de jornaleros en régimen de servidumbre que fueron reubicados a esta región desde otras zonas de la India hace más de un siglo por los colonos británicos. Los dueños de las plantaciones prefieren contratar a mujeres porque son responsables y supuestamente están más capacitadas para recolectar las hojas de té sin dañarlas. Las mujeres caminan entre las matas de té, que les llegan a la altura de la cintura, ataviadas con delantales y guantes que las protegen de las rígidas y afiladas ramas de los arbustos. Viven con sus familias en cabañas sin instalaciones de fontanería y el hospital decente más cercano está a cuatro horas en autobús. Sus salarios son de miseria, el equivalente a 2,20 euros al día.
"Los sueldos son bajos, pero ¿qué alternativa tenemos?", dice Lalita, una recolectora de 40 años que trabaja en la plantación Looksun y que sólo usa su nombre de pila. "Tenemos que sobrevivir como podamos." Dice que es habitual ver a leopardos pasearse por las plantaciones de té y que hay que espantarlos con petardos. Las estampidas de elefantes salvajes son frecuentes en los meses de junio y julio. Las cobras emergen de sus madrigueras durante la época de monzones. "No nos hacen nada, y nosotras a ellas tampoco", explica. "Así que se vuelven a casa."
El Partido Comunista de la India ha erigido su bandera con la hoz y el martillo a la entrada de la plantación de té. Sus bases se manifiestan por una subida de los jornales de 50 rupias, unos 63 céntimos de euro. El capataz de la plantación, un hombre taciturno sentado en la arcaica fábrica de té de la plantación, dice que nunca pasará.
Teas await weighing and grading at the Looksun plantation, in West Bengal.
Paul Salopek
Miles de recolectores de té trabajan sin descanso en las remotas plantaciones. Muchas son mujeres indígenas Adivasi, descendientes de jornaleros en régimen de servidumbre que fueron reubicados a esta región desde otras zonas de la India hace más de un siglo por los colonos británicos. Los dueños de las plantaciones prefieren contratar a mujeres porque son responsables y supuestamente están más capacitadas para recolectar las hojas de té sin dañarlas. Las mujeres caminan entre las matas de té, que les llegan a la altura de la cintura, ataviadas con delantales y guantes que las protegen de las rígidas y afiladas ramas de los arbustos. Viven con sus familias en cabañas sin instalaciones de fontanería y el hospital decente más cercano está a cuatro horas en autobús. Sus salarios son de miseria, el equivalente a 2,20 euros al día.
"Los sueldos son bajos, pero ¿qué alternativa tenemos?", dice Lalita, una recolectora de 40 años que trabaja en la plantación Looksun y que sólo usa su nombre de pila. "Tenemos que sobrevivir como podamos." Dice que es habitual ver a leopardos pasearse por las plantaciones de té y que hay que espantarlos con petardos. Las estampidas de elefantes salvajes son frecuentes en los meses de junio y julio. Las cobras emergen de sus madrigueras durante la época de monzones. "No nos hacen nada, y nosotras a ellas tampoco", explica. "Así que se vuelven a casa."
El Partido Comunista de la India ha erigido su bandera con la hoz y el martillo a la entrada de la plantación de té. Sus bases se manifiestan por una subida de los jornales de 50 rupias, unos 63 céntimos de euro. El capataz de la plantación, un hombre taciturno sentado en la arcaica fábrica de té de la plantación, dice que nunca pasará.
