Yan'an, provincia de Shaanxi, China: 36° 35' 54" N, 109° 29' 05" E
Observe a Agnes Smedley.
La niña del vestido de percal más que raído. La hija de unos campesinos de subsistencia del Missouri profundo de la década de 1890. Su madre es tan pobre que anda descalza por la vida. (Su abuela fuma una pipa de mazorca). Más tarde la cría un padre borrachín en los campamentos mineros de Colorado. Más tarde todavía, armada con un revólver, la joven da clases en escuelas rurales de la zona fronteriza de Nuevo México. Escritora autodidacta. Incipiente activista social en California. Revolucionaria rústica entre los socialistas de salón de Manhattan: radicales de la Ivy League en Greenwich Village. Feminista pionera y abanderada de la anticoncepción. Luchadora por la libertad de la India colonizada por los británicos. (Vivió en Berlín con el agitador comunista indio Virendranath Chattopadhyaya). Corresponsal extranjera en la China de la guerra civil. En una ocasión, propina un puñetazo a la esposa de Mao Zedong en un búnker de la provincia de Shaanxi. «Me siento una persona que vive en el borde de un cráter volcánico», escribió Smedley.
The Smedley family in 1899. Agnes is in the back row to the right of her father, Charles.
PHOTOGRAPH COURTESY ASU LIBRARY, AGNES SMEDLEY COLLECTION
Estoy recorriendo a pie el norte de China.
Sigo los pasos espectrales de Smedley, una de las cruzadas más originales e insólitas del siglo XX, hoy casi olvidada. Caen pedriscos como perdigones cuando entro en la glacial ciudad de Yan'an.
La remota metrópolis china, enclavada en lo alto de la polvorienta meseta de Loess, es un destino de peregrinación para el «turismo rojo». Yan'an fue un cuartel general de las fuerzas comunistas en la época de Mao. La casa cueva del Gran Timonel ha sido reconstruida en el centro urbano de la ciudad a modo de santuario, a modo de museo. Aquí fue donde Smedley acompañó en 1937 al legendario 8º Ejército de Ruta. Dio clases a sus soldados, todos ellos aldeanos, para que aprendieran el baile de la cuadrilla (o square-dance). Enseñó a Mao a bailar el foxtrot. «Agnes contaba que, al terminar el baile, sentía los pies como pisoteados por toda una división del Ejército», recordaba otro reportero de guerra, hablando de las aventuras de Smedley.
El ascenso del comunismo mundial a principios del siglo pasado catapultó la carrera de periodistas y académicos icónicos.
The Smedley family in 1899. Agnes is in the back row to the right of her father, Charles.
PHOTOGRAPH COURTESY ASU LIBRARY, AGNES SMEDLEY COLLECTION
Estoy recorriendo a pie el norte de China.
Sigo los pasos espectrales de Smedley, una de las cruzadas más originales e insólitas del siglo XX, hoy casi olvidada. Caen pedriscos como perdigones cuando entro en la glacial ciudad de Yan'an.
La remota metrópolis china, enclavada en lo alto de la polvorienta meseta de Loess, es un destino de peregrinación para el «turismo rojo». Yan'an fue un cuartel general de las fuerzas comunistas en la época de Mao. La casa cueva del Gran Timonel ha sido reconstruida en el centro urbano de la ciudad a modo de santuario, a modo de museo. Aquí fue donde Smedley acompañó en 1937 al legendario 8º Ejército de Ruta. Dio clases a sus soldados, todos ellos aldeanos, para que aprendieran el baile de la cuadrilla (o square-dance). Enseñó a Mao a bailar el foxtrot. «Agnes contaba que, al terminar el baile, sentía los pies como pisoteados por toda una división del Ejército», recordaba otro reportero de guerra, hablando de las aventuras de Smedley.
El ascenso del comunismo mundial a principios del siglo pasado catapultó la carrera de periodistas y académicos icónicos.
A photo of Mao Zedong hangs in a cave house where the Communist army sheltered in Yan’an, Shaanxi, during China’s civil war. Smedley made the arduous trip to this rugged headquarters in 1937.
Paul Salopek
John Reed, un graduado de Harvard de buena posición reciclado en guardia rojo, registró el nacimiento de la Unión Soviética en el libro Diez días que estremecieron al mundo. En Asia oriental Edgar Snow, exredactor publicitario de Nueva York, se codeó con líderes comunistas y nacionalistas para investigar su canónico Estrella roja sobre China, un influyente libro que ofrece un importante retrato de Mao. Agnes Smedley fue a la vez pionera e intrusa en esa elitista banda de cronistas revolucionarios.
Era una ardiente antifascista, una partisana acérrima, una fuerza de la naturaleza.
Basculando hacia las causas izquierdistas por sus duros orígenes, en 1929 Smedley publicó una exitosa novela sobre la clase baja estadounidense, Hija de la Tierra, que se adelantó una generación al tratar con naturalidad temas como el aborto, la violación, las crueles degradaciones de las mujeres pobres, por no hablar del machismo rampante en los círculos intelectuales de izquierdas. A veces se abría camino a codazo limpio hacia su labor revolucionaria –en Europa, en la Unión Soviética, en China– enrolándose en cargueros a vapor de tercera clase. Sin título universitario, su vocabulario era un catálogo de «palabrotas y maldiciones» propio de un vaquero, como ella misma reconocía. Y aun así, en su andadura entabló amistad con una extraordinaria constelación de artistas, activistas políticos y lumbreras intelectuales que contribuyeron a dar forma a nuestra era moderna: la defensora de los derechos reproductivos Margaret Sanger; Jawaharlal Nehru, primer ministro inaugural de la India, o Langston Hughes, poeta del renacimiento de Harlem, entre muchos otros.
«Yo no tengo patria –hace afirmar Smedley a la protagonista de su novela autobiográfica–. Mis compatriotas son los hombres y mujeres que trabajan contra la opresión; no importa dónde estén. Con ellos me siento en casa; nos entendemos. Los demás me son extraños».
Por ser mujer, y quizá por sus raíces obreras, es la propia Smedley quien sigue siendo en gran medida una extraña para la historiografía moderna.
En Yan'an busco recuerdos de Shi Mo Te Lai, el nombre por el que la conocen los chinos.
Agnes Smedley (right) with Red Army General Zhu De.
Photograph courtesy of Xi’an Eighth Route Army Museum
Smedley llegó hasta el cuartel general comunista en camiones de carga y a caballo: una estadounidense enfundada en una holgada chaqueta del Ejército Rojo, de facciones firmes y el pelo ya canoso. Entrevistó a generales y soldados analfabetos. Escribió a máquina en una cueva. Dio charlas sobre anticoncepción a campesinas chinas. («Siempre he detestado la idea de que el sexo es el principal vínculo entre el hombre y la mujer –escribió esta mujer rebelde que acumuló decenas de relaciones amorosas–. La amistad es mucho más humana».). También declaró la guerra a los roedores locales importando cientos de trampas para ratas. Pinchó en un fonógrafo una rayada grabación de «On Top of Old Smokey» para acompañar a sus inseguros alumnos de baile. (Los bailes occidentales y los celos que estos desataron explican el rifirrafe que mantuvo con la esposa de Mao, He Zizhen).
Aparte de dos fotos borrosas conservadas en el museo de Yan'an, no queda ni rastro de Smedley.
«Casi no hay nada de la ciudad original –explica Wang Baocun, historiador de la universidad de la ciudad–. Los japoneses la bombardearon 17 veces en la Segunda Guerra Mundial, y luego se reconstruyó».
En cuanto a Smedley, Wang apunta que los comunistas confiaban en «amistades internacionales» como ella para explicar su movimiento al mundo, pero preferían a corresponsales extranjeros más convencionales, como Edgar Snow. Smedley, dice Wang con delicadeza, «escribía sobre cosas de menor entidad». Otros estudiosos sospechan que iba demasiado por libre.
A book by Agnes Smedley at the Xi’an Eighth Route Army Office Museum.
Paul Salopek
«Nunca me creí especialmente sabia, pero me negaba a convertirme en un mero instrumento en manos de hombres convencidos de estar en posesión de la verdad», escribió Smedley en El gran camino, su biografía del general Zhu De, nacido en el seno de una familia de campesinos.
El final de esta revolucionaria no es difícil de adivinar.
Tras salir de China para siempre en 1941, Shi Mo Te Lai fue perseguida durante el Temor Rojo, el período de fuerte anticomunismo que se vivió en Estados Unidos en la posguerra, y murió, exiliada y con la salud muy deteriorada, en Gran Bretaña. Tenía 58 años. Probablemente hoy se la recuerde –si es que se la recuerda– más en los círculos de estudios feministas que como testigo inconformista de las épicas luchas de China.
En la fría Yan'an, entro en un Kentucky Fried Chicken y me pido un café para llevar. Pongo rumbo al río Amarillo (el Huang He). La árida meseta de Shaanxi es irregular y de color pardo como el Sudoeste americano, un desierto que Smedley describió con afecto como «más cercano a mi espíritu que ningún otro lugar que haya conocido», porque estaba muy lejos de la gente.
