Moviéndonos al norte y luego al este, abandonamos el desierto y entramos de puntillas en el antropoceno — la era de los humanos modernos.
Aparece el asfalto: la carretera Djibouti-Etiopía, pulsante de camiones. Caminamos poco a poco a través de una serie de pueblos arenosos. Polvo y diesel. Bares. Tiendas con mostradores de madera tosca. Guirnaldas de botes de hojalata tintinean en el viento fuera de sus puertas.
Luego, cerca de Dubti: un mar (no, una pared) de caña de azúcar. Millas de irrigación industrial. Canales. Presas de derivación. Campos arrasados por maquinaria pesada. Ahmed Alema Hassan, mi infalible guía, se pierde. Conforme buscamos un camino a través de la caña, la noche nos envuelve y terminamos jalando a los fatigados camellos en un círculo gigante. “¡Wow, hombre!” Alema dice rendido. “¡No puede ser! ¡Demasiado Cambio!”.
Esta es la plantación de azúcar Tendaho, un proyecto Indo-Etíope multimillonario que está haciendo florecer al Triángulo Afar. Cincuenta mil trabajadores migrantes pronto laborarán aquí, sobre 120,000 acres de desierto que ha sido raspado, modelado, moldeado, e inundado por el Río Awash para endulzar el café del mundo, es té. Eventualmente, podría hacer de Etiopía el sexto productor más grande de azúcar en el mundo. Ayudará a romper la dependencia del país de la ayuda extranjera: algo bueno.
Pero el progreso es raramente compartido equitativamente entre los involucrados. Hay ganadores y perdedores en cada plan de desarrollo. Aquí, uno de esos perdedores es una brillante joven mujer Afar — una chica, realmente, pero por su aplomo es bastante mayor. Esta envuelta en un vestido rojo. Se detiene en un nuevo dique. Está colectando agua desde lo que solía ser el Río Awash.
“La compañía nos desplazó de nuestra tierra”, nos dice, agitando su brazo hacia la caña. “Tenemos poco trabajo, nosotros los Afar, pero siempre es el más bajo. Vigilantes. Trabajo de pala”.
El salario de una típica plantación de azúcar: 20 dólares al mes. La chica dice que la policía fue enviada a las comunidades locales nómadas para perseguir a los que se resistían y que se negaron a trasladarse. Se intercambiaron disparos. La gente sangró en ambos bandos.
¿Qué tan vieja es esta historia? Es una de las más viejas historias del mundo.
¿Cuáles son los nombres exactos de los Sioux sacados de las Black Hills de las Dakotas para dar cabida a los mineros de oro? ¿Quién sabe? ¿Quiénes son las personas que ceden sus estilos de vida tradicionales hoy — Granjeros irlandeses forzados a salir del negocio por las políticas de mercado en Europa, o ranchos mexicanos relegados por carreteras — siempre por alguna causa común? Ahora es imposible llevar la cuenta. La humanidad está rehaciendo el mundo en un ciclo de cambio radical y acelerado que despoja la memoria de un lugar así como de su suelo. Los asombrosos cambios de nuestra era aplanan la memoria colectiva, interrumpen lo prioritario, cortan líneas de responsabilidad (¿Qué nos desconcierta tanto de los suburbios? No solo es su falta de lugar sino un vacío en el tiempo; anhelamos un pasado en nuestros paisajes).
Dubti es una ajetreada frontera verde. Hombres y mujeres trabajadores de toda Etiopía se congregan allí, trayendo nuevas esperanzas, sabores, voces. Un nuevo complejo de alojamiento en la plantación albergará 3000 familias. En las olas de calor de la distancia, un Afar conduce sus cabras a través de edificios cuadrados: un fantasma viviente en un paisaje de amnesia creciente.
En Dishoto, otro pueblo paradero de camiones, recargo mi laptop en una estación de policía. Los oficiales son todos forasteros, no Afares. Son amistosos, curiosos, generosos. Nos ofrecen té a Alema y a mí (Es denso con azúcar). Nuestra conversación es descarrilada por la televisión etíope. Los policías miran con atención los videos musicales que pretenden unir a la nación: tonos pop acompañan videos de minería a cielo abierto, construcción de carreteras. Les damos las gracias. Continuamos caminando.
Un novelista Checo, Milán Kundera, una vez escribió: La lucha del hombre contra el poder es la lucha de la memoria contra el olvido.
El nombre de la chica Afar es Dahara. Tiene 15 años.
