Baterías de linterna muertas.
Dos monedas etíopes descartadas.
Un peine plástico verde.
Ropa interior.
Estamos a tres días a pie de la frontera Etíope.
Atravesamos un mar de roca volcánica. Es caliente, infernal, interminable. Una llanura de piedras cocidas a fuego lento de color carbón. No hay signos de vida — ni siquiera una planta. La vista es estéril, extranjera, como esas fotografías granulosas tomadas por robots en otros mundos. Y luego…el zapato de una mujer. Tamaño 36, imitación de cuero, con diamantes de imitación incrustados. Más adelante: una gorra de béisbol blanqueada a gris por el sol. Luego, docenas — no, cientos — de botellas de agua rotas (Son jarras de aceite para cocinar, muchas envueltas en arpilleras para mantenerles frescas).
Después de semanas de ambular a pie a través del desierto inmaculado de los pobres — una tierra nómada desierta donde cada artículo de basura, cada lata, cada botella de plástico es tomada y reciclada para algún propósito secundario — hemos entrado a una nueva capa de la arqueología del Valle de la Grieta, una que se extiende 150 millas o más dentro de Djibouti, hasta el Mar Rojo. Es el campo de escombros de vagabundos del siglo 21, exiliados, penitentes, huérfanos. En algún lugar más adelante, el cruce fronterizo forma un embudo, un cuello de botella, para trabajadores migrantes que vienen de todo el Cuerno Africano. Ellos, también, son caminantes. Caminan a Yemen. A Arabia Saudita. A Dubai. No para cazar órices con proyectiles de punta de piedra, como lo hicieron los Homo sapiens tempranos que caminaron fuera de África. Y no solo por una cómica idea, como lo hacemos hoy. Sino para rentar sus músculos, sus cuerpos, por un mendrugo de pan.
Son Oromos del sur de Etiopía y Tigreyanos de las tierras altas. Son refugiados escapando de las ruinas de Somalia. Unos pocos son desertores del ejército eritreo. Hombres jóvenes. Pocas mujeres fuertes. Tienen que ser fuertes. Porque el cruce del desierto es duro, cruel. Algunos mueren aquí de sed. En el Mar Rojo, muchos se ahogan cada año tomando el pasaje en enclenques botes abiertos. Aún así, ellos vienen. Cien mil personas al año, por lo menos, escapan del continente de esta forma. Viajan la mayoría del tiempo en la noche, guiados por contrabandistas. Esta árida planicie sin dios, se llena con un ejército de caminantes nocturnos. Bajo la luz de las estrellas, la migración fuera de África continúa.
Hahai, los llaman los nómadas Afar. Gente del viento.
Soplan a través del desierto, dejando atrás poco más que lo que se les cae en los senderos. Una sandalia. Una olla de cocina. Escoria de dinero sin valor. Y sus huesos, tendidos bajo pilas de roca sueltas por sobrevivientes que no puden quedarse.
Marco de anteojos (lentes perdidos).
Una camiseta.
Un sostén.
Un envase de crema de afeitar Gillette.
Una mochila podrida por el sol (estampada con dibujos de niños)
Conocimos a los haihai una mañana en un remoto campamento Afar.
Son 15 cansados, hombres de las montañas de Etiopía — un país ubicado cerca del final en el índice de pobreza de las Naciones Unidas, 174vo de 187 naciones — caminando hacia la ligeramente menos pobre Djibouti (165vo) para alcanzar a un marginalmente menos pobre Yemen (154vo). Estos números explican porqué, incluso durante la luz del día, estos hombres se mantienen invisibles.
Se sientan en rocas después de una noche de caminata. Toman sorbos de las jarras uncidas de agua. Un hombre usa su mano desnuda para revolver besso, una papilla de cebada, en una olla dentada de lata. Su contrabandista, un viejo Afar, se sienta aparte, impecable con sus medias azul eléctricas y estrafalarios tennis deportivos, fumando.
“Yemen es duro”, dice un migrante. “Nos matan con pistolas y cuchillos”.
Ve la mirada en mi rostro: que no lo creo.
“Es verdad” insiste otro hombre. Se llama así mismo Daniel. Ha estado caminando 13 días desde la provincia Wollo. Un trabajo en Arabia Saudita le espera. Paga 4000 birr etíopes — cerca de $200 dólares — al mes. Es una suma de príncipes. El doble de lo que ganaría como obrero en Etiopía. Nos cuenta su historia:
El año anterior, en Yemen, su grupo de indigentes vagabundos fue atacado por ladrones. Los yemenís apuñalaron a un migrante y arrojaron su cuerpo a un pozo. Daniel se escondió en los arbustos por tres días, sin comida, antes de escapar a la frontera Saudí. Cuenta esta historia sonriendo. Todos los hombres están sonriendo. El besso está listo para comer. No dicen nada más. Tienen el océano en sus ojos. La historia terminó.
Dos libretas de direcciones con números de teléfono de Dubai (roídas por ratones)
Pantalones.
Un frasco de mermelada.
Un casquillo de bala 7.62 mm
La noche en la llanura de piedras. Nuestra pequeña caravana está parada.
Mi guía, Ahmed Alema Hessan, está enfermo con algo como tifoidea. También estoy enfermo. Todos estamos hambrientos. Hemos caminado 22 millas (aprox. 35 km) Nuestros suministros están reducidos a pocos paquetes de fideos, un par de panecillos. Dejamos que el fuego se apague temprano. Nos acostamos despiertos en nuestras mantas. Estoy pensando en una casa iluminada con un sol benigno muy lejos, una casa blanca en una latitud mayor, con verdes árboles, la risa de una mujer en la cocina, el graznido de un ibis hadada. Mi corazón está soñando.
“¿Paul?” Alema susurra urgentemente en la oscuridad. “Hey, Paul”.
Pero también lo había escuchado: un disturbio en el aire de la noche. Un rumor débil, creciendo casi imperceptiblemente más alto, como la aproximación de una manada de animales salvajes. ¿Pero pueden haber animales en este lugar? La más cercana brizna de hierba, el más cercano pozo, está a millas de distancia. Me siento.
Y luego aparecieron, en un haz de luz pálido de la linterna de Alema, una columna de figuras.
Son hombres y mujeres en un bajo relieve, como tallados en grises y negros en las ramas de la noche. Cinco, seis. Una docena. Luego en grupos. Pasan nuestro campamento en una hilera. Trato de contarlos, pero me rindo luego de alcanzar 90. El arrastrar de sus pies eleva un velo de polvo. No suben la mirada. No llevan luces. Dejan poco atrás. No intercambiamos una sola palabra. Mi lengua está inmobilizada.
