Dame la mano. Sé que estás cansado. Yo también. Pero deja que caminemos un poquito más por estas grises colinas ondeantes. Unas colinas que se han quedado en nada por causa de los 10 000 años de vientos cálidos, unas colinas sin color. Unas colinas que chocan contra la orilla del Mar Rojo. Contra la postrera orilla de África.
Houssain Mohamed Houssain, el guía afar, es el que indica el camino mientras canta, como de costumbre.
Completamos nuestra primera ruta en ocho días. Se trata de un camino construido por los yugoslavos cuyo recorrido va desde la capital, la ciudad de Djibouti, hasta los confines del remoto desierto del norte: Sagallou, Tadjourah, Obock. Y de repente pasa un coche. Unas caras pálidas, posiblemente de unos marineros franceses con permiso para bajar a tierra, miraron hacia atrás a través del cristal polvoriento. Persuadimos a nuestros dos camellos fatigados para que caminaran sobre el asfalto abrasador a través de un campo de adoquines de basalto hasta una playa de guijarros. En el momento en que Houssain roza la ola con el pie, se queda callado. Para de cantar. Aún nos queda un largo camino en este día sofocante, pero no le volveré a escuchar entonando una canción de la caravana del desierto.
Esta no es una costa como las otras.
From sand to seawater.
Paul Salopek
Hace por lo menos 60 000 años, en algún lugar de esta línea garabateada por los desechos que se extiende hacia el norte hasta el Bab-el-Mandeb, la estrecha "puerta de las lamentaciones" que divide África y la península arábiga, empezaron a caminar los robustos grupos de humanos anatómicamente modernos. El nivel del mar estaba a más de 60 metros por debajo de su nivel actual. Los archipiélagos fantasma que merodean debajo de las aguas saladas dieron a estos viajeros errantes las piedras necesarias para saltar y abandonar el continente donde todo empezó. Los científicos nos dicen que pasaron por el norte y el este buscando alimento marino por los bordes de lo hoy conocemos como Yemen y Arabia Saudí- Todo el camino hasta Asia del Este.
Algunos caminantes partieron del noroeste hasta Oriente Medio y Europa. Otros remaron hacia la distante Australia, sin saber bien cómo lo hicieron. Y los que eran más tercos, los más hambrientos, los que fueron hasta el final, continuaron caminando arduamente hacia el norte y el este durante cientos de generaciones, abarcando un período de 20 000 años adicionales, sobre tierras desérticas, mientras avanzaban, quizás, un kilómetro y medio por generación bajo las capas de las auroras de un acuoso color rosa y un tono esmeralda. Avanzando hacia el norte hasta Beringia. Hasta el Nuevo Mundo.
...por un breve momento lleno de magia, el ser humano tuvo que haber contenido la respiración al presenciar este continente. Obligado a la contemplación estética que no entendía ni deseaba. Cara a cara por última vez en la historia con algo proporcional a su capacidad para maravillarse.
Este es F. Scott Fitzgerald imaginándose qué sería lo que había llegado a los corazones de los marineros holandeses cuando viraron los hedientes barcos hacia las aguas del río Hudson por primera vez, solo hace cuatro siglos.
Mientras me desataba las botas junto a los camellos, entrecerré los ojos para observar la invisible Arabia a través de la barrera de plata del Mar Rojo. Trato de revivir ese momento en el que el planeta entero nos llamaba desde este sitio, esta puerta oceánica, hace casi 3000 vidas.
Tea by the Red Sea. Modaita, the yawning camel, is unimpressed.
Paul Salopek
"Lo de atreverse a cruzar el océano a pesar de no ver tierra fue algo único de los humanos modernos", le dijo el genetista Svante Päabo a la revista The New Yorker. "Ocurrió, en parte, por la tecnología, por supuesto. Tienes que tener barcos para hacerlo. Pero me gusta pensar que también hay un poco de locura, ¿sabes? ¿Cuánta gente habrá zarpado y desaparecido en el Pacífico antes de que encontraras la Isla de Pascua? Quiero decir... es ridículo. ¿Y por qué harías eso? ¿Por la inmortalidad? ¿La curiosidad? Y ahora vamos a ir a Marte. Es que no paramos nunca".
Es el día número 43 del viaje para llegar al Gran Valle del Rift desde el campamento de Agar de Herto Bouri, Etiopía, el punto de partida de esta aventura. Puede que ya haya recorrido más de 600 kilómetros. Aún quedan siete años de camino.
Houssain coge el termo del té de la montura de Modaita, nuestro gran camello. Los chupitos estaban pegajosos por el azúcar. El último saco reservado.
Los camelleros, Ibrahim Hagaita y Mohamed Youssef, ambos hombres de confianza, masticaban en silencio. Cuando nosotros hablamos, hablamos alto, con un tono ronco, como lo hace la gente de la costa.
Me siento con las piernas cruzadas en un cojín de guijarros mojados y me froto los pies y los dedos entumecidos. Y entonces observo las verdes olas moviendo su hilera de espuma hacia el costado de un continente al que he considerado como mi hogar, a temporadas, durante más de diez años. Estoy abandonando África.
El mar es una tela del tiempo que une el pasado con el futuro incesantemente.
Sus olas llegan como la lanzadera de la máquina de coser de un tejedor... empujando hacia el oeste, hacia el recuerdo de la tierra. De vuelta a los amaneceres de albaricoque de Danakil hasta la risueña anciana de Afar que nos dio la escasa y salobra agua que tenía para que bebiéramos. De vuelta a los días días de mareo por el hambre, a los días de una libertad pura para observar el horizonte, a los cuerpos momificados de los inmigrantes muertos hasta las fogatas en donde Alema, el jefe de la caravana del desierto exclamó como con alegría: ¡Sin pistola! ¡Sin rocas! ¡Sin antorcha! ¡Debo tirar los zapatos de Estados Unidos a las hienas!
Y se alejaron... al este hacia Yemen y la costa de Tehama, hacia los campos de azaleas en los valles del Himalaya, hacia el hielo, el amanecer, hacia los corazones de la gente desconocida.
