"¿Quieres darle al príncipe maíz enlatado?"
Es mi guía de caminata, Mohamad Banounah.
Es incrédulo. Está cansado de explicar. Está tomando el asunto en sus propias manos. Esto es, sin duda, algo bueno para Su Alteza Real el Príncipe Sultán bin Salman bin Abdulaziz Al-Saud, presidente de la Comisión Saudita para el Turismo y el Patrimonio Nacional e hijo mayor del Príncipe Heredero de Arabia Saudita. El Príncipe Sultán es un hombre culto, un piloto experimentado, un campeón en la historia saudita y un extraordinario viajero por derecho propio: Es el primer árabe en el mundo - el primer musulmán, el primer miembro de la realeza - en visitar el espacio exterior. Nos dará una visita en nuestro campamento en la playa. Acabo de sugerir a Banounah que compartamos el almuerzo que traemos en las sudadas bolsas sobre nuestro camello.
"Eso es lo que lo motiva a venir," digo yo, "una auténtica experiencia."
Banounah sacude su cabeza con tristeza. Por mi ignorancia. Por mi falta de sofisticación. Por mi insensatez. Me hace un gesto que indica "ve a escribir". Y se pone a trabajar.
Algo acerca del maíz:
Fue idea de Banounah. Necesitábamos alimento alto en calorías para satisfacer los paladares multinacionales de nuestra mini caravana: Paladares sauditas, sudaneses (Awad Omran, nuestro camellero, proviene de los alrededores de la sexta catarata del Nilo), y estadounidenses. La solución de Banounah: latas de maíz dulce en grano entero. Este maíz puede ser consumido a cualquier temperatura. Es buen combustible para caminar y se come con cuchara directo desde el tarro. Excepto que Awad no lo toca. Ni siquiera a Banounah le gusta. Y yo estoy cansado de comerlo, también, aunque mi estómago no es más discriminatorio que el de una cabra. Llevamos muchas libras de estos tarros hacia el norte, a través del desierto de Hejaz. Las bolsas sobre nuestros camellos pandean gracias a esta comida maravillosa. Quizás podramos intercambiarla en Jordan - como artículo novedoso - por algo más comestible.
"Tienen un lindo campamento," dice el Príncipe Sultán ocho horas más tarde, tras aterrizar en la playa en un helicóptero Sikorsky. Es un hombre sensato y amigable. Curioso sobre el mundo, circulaba cada noventa minutos, como un especialista de carga, a bordo del transbordador espacial Shuttle en 1985.
Desde la zona de aterrizaje, donde Banounah ha apostado una rudimentaria manga de viento, caminamos hacia una amplia tienda abierta que Banounah fijó cerca del oleaje. Tiene en el suelo finas alfombras rojas que Banounah desenrolló sobre la arena. También ubicó cojines de felpa en diversos puntos bajo la sombra. Preparó docenas de tazas de té y café para el séquito del príncipe, dispuso bandejas con dátiles e instaló lavabos con botellitas de perfume para las manos. Todo eso - menos dos ovejas asadas que Banounah compró en un poblado cercano - emergió de la parte trasera de su polvoriento vehículo de Yukón, el cual aparentemente contiene el 98% de la cultura material de los inicios del siglo XXI.
Prince Sultan shares a story with his entourage.
Paul Salopek
Concuerdo completamente con el Príncipe Sultán. Tenemos un muy lindo campamento.
