"Es una canción acerca de un camello. El camello está enojado. Le pregunta a su dueño por qué compró una camioneta."
"Es una canción acerca de la guerra."
"Es una canción acerca de viajar."
"Es una canción de amor. Hay muchísimas canciones de amor."
Estamos sentados en una choza fuera de las ruinas de Petra, Jordania, escuchando música beduina.
Petra: el corazón escondido de Nabatea — un imperio de 2300 años, una encrucijada de antigüedad, de fabulosos monumentos, de palacios y grandes avenidas cinceladas en desfiladeros de arenisca en lo alto del Valle del Rift en Jordania. Torres. Columnas. Escalas. Altares. Frontones. Acueductos. Palacios. Petra es una ciudad levantada a partir de roca viva. Su arquitectura es rival de la majestuosidad de Roma, de la limpia belleza de la Grecia clásica — solo dos de los numerosos imperios con los que comerciaba. Los nabateos fueron alguna vez un pueblo nómade, proto-Árabe. Durante siglos monopolizaron el comercio de incienso. Sus dioses son representados como cubos, como pura geometría, como triángulos, como cuadrados abstractos. (Al Qaum, el dios guerrero, una deidad nocturna que protegía las caravanas, fue el guardián de los dormidos, cuyas almas errantes tomaban forma de estrellas.) Celebraban festines con mucho vino para sus muertos. En Mada’in Salih, Arabia Saudita, esculpían tumbas gigantes en témpanos de roca que se imponen como colosales huevos Fabergé en los yermos desiertos. Asombroso. Imponente. Monumentos a la fuerza bruta. A la monomanía.
Qasim Ali sings the blues, Bedouin style, at Petra, ancient heart of the Nabatean empire.
Paul Salopek
En la choza de hojalata, Qasim Ali tensa la cuerda de su rababa. La rasga, escuchando.
La rababa es quizás el instrumento a cuerdas más antiguo del mundo: una especie de violín beduino. Qasim ubica el arco sobre la única cuerda. Canta una canción triste acerca de un anciano que abandonó a su hijo en el desierto, un lamento de ingratitud, de indiferencia e irresponsabilidad. (Puedes escuchar la canción de Qasim arriba.) El cielo fuera está tapado con nubes. Ha caído una fría lluvia. Dentro de la choza, un horno de madera cruje con el calor. El aire se torna amarillento gracias a una bombilla sin pantalla y a una nube de humo de cigarrillo. Otros hombres se unen al canto. Todos son bedules, una tribu beduina que inmigró a la región hace solo doscientos años, desde nadie sabe dónde... Pero su música suena más antigua que las ruinas a nuestro alrededor. Acordes nómades. Repetitiva, sinuosa, suavizada y erosionada por el tiempo como la roja arenisca de Umm Ishrin en la que Petra fue esculpida: Roca paleozoica que se flexiona como un músculo por el Valle del Rift, la grieta que se extiende hacia el sur, más allá del borde del mundo, hacia el principio de nuestro viaje en Etiopía.
