Caminamos por cuevas del pasado que fueron ennegrecidas por el fuego como ojos embadurnados con kohl. Algunas están habitadas por modernos trogloditas: beduinos sin hogar. ("No es tan malo. No pagamos impuestos"). Rebotamos bajo la veta del gran, seco y serpenteante uadi que se distribuye en el sofocante basamento del Valle Jordán. Bajamos por caminos que fueron usados por las sandalias de los comerciantes de incienso hace dos milenios. Bajamos por la sombra azul acuosa de los enebros. Más allá de la quebradiza sombra gris de las acacias. Más allá del tono y la taxonomía de la sombra hasta que no hay sombra. Al atardecer volvemos a entrar al desierto, un campo de dunas, caminando en una mezcla de luces amarillas. Estamos al nivel del mar, unos 3000 pies bajo la cumbre de El Gran Rift.
Stale bread: camel fodder in the parched Jordan Valley.
Paul Salopek
Dormimos en un campamento de pastores Bedules, seminómadas que alimentaban sus camellos con bolsas de pan viejo (no ha habido pasto este año). Recorro con mis manos bañadas por el sol el extraño cuello de los animales, inmensamente flexible y fuerte, triangular en sección transversal. Los camellos caminan con pasos pensativos, como monjes dedicados al silencio.
Crossing the dunes one shadow length at a time.
Paul Salopek
A la siguiente mañana las pezuñas de nuestras dos pequeñas mulas de montaña se hunden profundamente en la arena de color bronce pulido. Después de cinco millas vemos a los recogedores de los campos de tomate, sirios, refugiados de la guerra. Sus ciudades habían sido destruidas. Una mujer camina fuera de una tienda y nos saluda. Nos llama. Dentro de la tienda se desliza detrás de una sábana que cuelga. Se pone su mejor vestido, rosado brillante con líneas metálicas. Está gloriosamente embarazada. Su belleza amansaría caballos. Nos hierve té con tomillo silvestre.
Ocho millas hacia el noreste, en un desierto peñascoso llamado Wadi Feynan, atamos las mulas y escalamos una escarpa hasta un sitio arqueológico. Tiene 11700 años de antigüedad. Es una especie de templo. Es asombroso— casi sin precedentes. Sus constructores debieron ser cazadores de caza silvestre, caminantes sueltos como los primeros humanos que vagaron a través de África: no urbanitas, ni artesanos de piedras. Estos fueron los silenciosos siglos antes del amanecer en la cúspide de la Revolución Neolítica. Antes del auge de la agricultura. Antes del tenue brillo de la religión organizada. Antes del comienzo del fin de la mayoría de la historia humana: la edad de los nómadas.
Miramos fijamente el Valle del Jordán. Cerca, en una pendiente de roca ocre, caían más ruinas. Muros de piedra. Molinos. Montones de desechos que tienen un brillo oscuro como el de los lápices de plomo. Estas son quizás las primeras fundidoras del mundo, tienen por lo menos 6000 años de antigüedad. La entrada de la mina luce como un pozo. Durante los tiempos romanos el cielo de este desierto fue ennegrecido por docenas de forjas, por bosques desvanecidos dignos de carbón quemado. Los esclavos cristianos murieron por miles trabajando en las minas. Un gulag primordial. El Wadi Feynan es un candidato para la primera revolución industrial de la humanidad. Fue provocada por el descubrimiento accidental, tal vez en la fogata de algún cazador, del punto de fusión del cobre. Es un límite de temperatura que cambia el mundo. Es un número específico que debería ser memorizado por los niños del colegio. Los cuatro dígitos, registrados en grados, deberían aparecer legítimamente, en relieve en cobre, sobre un famoso monumento. Estamos en la frontera de la conciencia humana. El Wadi Feynan divide todo lo que conocemos hoy de todo lo que ha sido olvidado.
Construimos una fogata. Preparamos té. Miramos fijamente el fuego.
Extraño mis dos camellos, se quedaron atrás en el viejo horizonte nómada del Hiyaz. No habrá nómadas otra vez. No durante mucho tiempo. No hasta las lejanas estepas de Asia Central.
