Avanzamos hasta el punto más hondo del mundo: a 420 metros bajo el nivel del mar.
Aquí hallamos un museo, en cuyo exterior se pueden encontrar esparcidas las ruinas de un antiguo monasterio cristiano, situadas cerca de la cima de un acantilado. Dentro del museo, tras una gran lámina de vidrio, trabajan tres o cuatro conservadores de mosaicos. Tres son griegos, uno, australiano. Observan atentamente una mesa cubierta de innumerables restos de piedra. Están trabajando en un inmenso rompecabezas. Escombros sin orden alguno. Un caos multicolor...
"Puedo contemplar las piezas durante diez horas y no encontrar ninguna conexión", dice Stefania Chlouveraki, la arqueóloga principal del museo. "Hasta que llega una mañana en la que encuentro tres puntos en común entre algunas piezas. Las imágenes de las piezas están grabadas en mi mente. Me vienen inconscientemente".
A researcher and a Byzantine puzzle: fragments of a monastery floor.
Paul Salopek
Chlouveraki y su equipo están ocupados reconstruyendo el deslumbrante suelo de mosaico de un monasterio bizantino próximo, el cual fue construido supuestamente en la Cueva de Lot. ¿Qué es la Cueva de Lot? Es el lugar donde Lot y su familia —los únicos ciudadanos ejemplares de Sodoma y Gomorra— se refugiaron después de que Dios destruyese estas dos ciudades bíblicas por la maldad incorregible de ambas. Las dos hijas de Lot le dieron vino al patriarca del Antiguo Testamento en la cueva y después cometieron incesto con él. ¿Por qué? Es una pregunta que continúa siendo objeto de un oscuro debate teológico.
El monasterio de San Lot fue construido en el siglo V d. C. El suelo del que se ocupa Chlouveraki tiene unos 37 metros cuadrados y está compuesto de 900 trozos grandes de teselas. Hay miles de piezas pequeñas. La palabra "teselas" es tan bella como los objetos que describe: diminutos cubos de piedra —extraídos de lugares tan lejanos como el mar Negro— que forman los colores de un mosaico.
Lot’s cave monastery, Jordan: My first shards of green in nearly 2,000 miles.
Paul Salopek
Los maestros artesanos de Bizancio utilizaban estos fragmentos para "pintar" leones, granadas, viñas, inscripciones o jarrones de decoración. El suelo del monasterio contiene 360.000 teselas en tonos rojizos, marrones, amarillos, verdes oliva y blancos. Chlouveraki ha estado reconstruyendo los mosaicos desde 2003, pero juntar todo por completo le llevará todavía muchos años.
Esto es lo que Chlouveraki dice sobre su solitario, meticuloso y esmerado trabajo:
"Un hombre en Londres intentó crear un programa de ordenador que ayudase a los arqueólogos a reconstruir mosaicos. Pero este no puede reemplazar a las personas. Necesitas el ojo humano para hacerlo bien. Necesitas tener un sentido del color, del diseño y del espacio. Tus ojos y manos pueden trabajar juntos para aparejar aquellos fragmentos que el ordenador no puede. Además, hay demasiados datos como para almacenarlos en un ordenador, por lo que al final acabas haciéndolo a mano. Si tienes éxito, no hay nada que pueda compararse a la satisfacción de juntar manualmente dos piezas que no esperabas que encajarían. Hacen clic".
Esta descripción podría ser un consejo general para reconstruir tantas cosas en la vida.
Como el exasperante proceso de paz en Oriente Medio. O la pérdida de la memoria (nuestros cerebros afianzan los recuerdos fortaleciendo las conexiones entre las neuronas). O la creación de un buen poema o frase. O la reconstrucción de un corazón roto.
A través del tacto.
Fragmento por fragmento.
Esperando escuchar un suave clic.
