La estructura se puede ver por satélite. Se eleva unos 8 metros en el aire.
Está hecha de hormigón. La superficie está cubierta de grafitis (símbolos, cruces, poemas, burlas y peticiones) con presagios. Para ver la cima, mientras uno está abajo, debemos estirar el cuello y mirar hacia el cielo. Atraviesa la ciudad con sus curvas, quizás permanezca allí para siempre.
«Levantaron el muro en tan solo un día, en 2003», me comenta Claire Anastas, que lleva viviendo toda su vida en Belén. «Los niños fueron al colegio aquella mañana y, al salir, vieron que sus casas estaban rodeadas.»
Claire Anastas in her front yard—an accidental prison—in Bethlehem.
Paul Salopek
Anastas hace referencia a la famosa «barrera de separación» erigida en Israel para contener la violencia de la Segunda Intifada. Los supervisores del Gobierno planearon su construcción justo a través del salón de Anastas. Como dependienta cristiana que es, Anastas se negó a moverse de allí. Así pues, los ingenieros construyeron la barrera a su alrededor. Actualmente, su casa se encuentra bordeada por tres lados de elevados bloques de hormigón. Su tienda, situada en la primera planta de su casa, vende pequeños pesebres navideños tallados a mano. Cada pesebre contiene una María y un José, también tallados a mano. Se inclinan para ver al pequeño Jesús. Una barrera de separación de juguete atraviesa el pesebre. A diferencia de la real, esta se puede quitar fácilmente.
Mi guía, Bassam Almohor, y yo, pasamos a través del puesto de control de Belén.
—¡Tú!
La voz sale de un interfono. Estoy al lado del detector de metales. No veo a nadie allí. Perplejo, miro a mi alrededor.
—¡Sí, tú!
—¿Dónde estás? —digo—. No te veo.
—¡Detrás de ti! ¡Tras el cristal! ¿Qué llevas en la bolsa?
—El portátil, la cámara de vídeo, una grabadora, un teléfono satelital...
—¿De dónde vienes?
—De Etiopía.
—¡No! ¿De dónde vienes?
—De los Estados Unidos.
—Bienvenido a Israel.
Dos amigos nos esperan al otro lado. Evan y Christa: un estudiante de idiomas y una periodista. Nos dan la bienvenida. Nos acompañan a Jerusalén.
Evitamos el tráfico por la rambla. Subimos colinas urbanas, pasamos una antigua kibbutz que se ha convertido en un resort. Nos sacamos unas fotos en el paseo desde el que se divisa el Casco Antiguo. Abovedado. Vallado. Una ciudad de colinas. Sus pálidas piedras se tiñen del color de las nubes cada mañana. Brilla y brilla. Una ciudad en la que aparecen, como por arte de magia, los pájaros alzando el vuelo.
Bassam, on the outskirts of Bethlehem, gets a first glimpse of Jerusalem.
Paul Salopek
Una vez solo, más avanzada la tarde, solté la bolsa en un apartamento prestado y vacío. Permanezco ahí, en sus oscuras estancias. Miro en silencio los libros, las macetas y el hervidor eléctrico. Extiendo por la encimera mis manos quemadas por el sol. Alema Hassan. Mohamad Banounah. Ali al Harbi. Awad Omran. Hamoudi Enwaje’ al Bedul. Y ahora, Bassam Almohor. Guías y peregrinos. Pienso en un santuario. Pienso en las encrucijadas del mundo. Jerusalén. Yerushalayim. Al Quds. Todos hemos estado ahí.
