Unos soldados turcos cortaron la alambrada de la frontera al anochecer. Los refugiados se dispersaron por los campos de pimiento en barbecho. Eran miles de ellos, a pie, levantando polvo. Las personas que llevan la cuenta de estos incidentes informan que más de cien mil personas han cruzado a Turquía en las últimas 72 horas: la mayor estampida humana fuera de Siria desde que la guerra comenzó, hace más de tres años. Corrían por sus vidas. Siria ya no era más que una idea. Había dejado de existir.
Around 5,000 Syrians amass at the border with Turkey next to the village of Dikmetas Friday evening, Sept 19, after ISIS took control of 40 or more cities.
John Stanmeyer/VII/National Geographic
Un grupo de refugiadas y sus hijos se sentaron frente a la escuela de un poblado. No se habían separado del ardiente concreto en dos días. No sabían dónde ir. Era como si pensaran que quedarse quietas las haría ser invisibles. O estar más seguras. Estaban exhaustas. “La gente corría por el pueblo, gritando ‘¡Corran! ¡ISIS va a matarlos! ¡Corran!”, dijo la mujer mayor, Amine. Tenía el rostro severamente quemado por el sol. “Decapitan a los hombres y venden a las mujeres capturadas en los mercados. Hemos oído hablar de todo eso”.
Fue la ofensiva más reciente del Estado Islámico. Estaban eliminando al pueblo kurdo en el noreste de Siria.
La ciudad fronteriza turca fue invadida por completo. Sus aceras se llenaron de gente cargando bultos, de gente cargando nada. Las multitudes merodeaban sin motivo, aturdidas. Algunos parecían extrañamente avergonzados, como si les hubieran pillado en algún tipo de momento de debilidad. Otros cruzaban sus brazos firmemente. Trabajadores jóvenes de la municipalidad caminaban entre la multitud, distribuyendo brillantes paquetes de galletas. Bienvenidos a Turquía. Aquí tiene sus galletas.
Thousands of men, women, and children from the town of Kobani flood the Turkish town of Dikmetas on Saturday, Sept 20.
John Stanmeyer/VII/National Geographic
En la caminata fuera de África me he encontrado con cientos de sirios sin hogar. Están por todas partes.
Algunos recogían vegetales en Jordania por 11 dólares diarios (me acogieron en sus miserables tiendas). Otros mendigaban en las esquinas del puerto turco de Mersin con sus hijos tan sucios que eran intocables. Los oficiales a bordo del viejo barco ganadero que que me llevó para cruzar el mar Rojo no podían navegar de vuelta a casa. Porque ya no tenían una, eran sirios.
Hay alrededor de tres millones de sirios atrincherados, humillados, desamparados y desanclados de la vida normal, de la esperanza, en el Medio Oriente. Quizás más. Si incluimos a los iraquíes desplazados por la propagación del combate más la cifra total de personas indigentes desarraigadas de la región, la cifra alcanza los cinco millones. Tus nietos tendrán que lidiar con las consecuencias de esta calamidad.
Un individuo flaco llamado Ismail yace con su familia sobre una estera en una abandonada tienda de abarrotes en la atestada ciudad turca. Intentó enfrentar a los islamistas junto con otros 20 hombres. Su pueblo se llama Xaneke. Las fuerzas curdas se habían replegado dos días antes. “Tenían tanques y vehículos blindados”, dijo, exhausto y con la mirada fija en el suelo. “Nosotros solo teníamos rifles Kalashnikov”. Los tanques posiblemente fueran máquinas estadounidenses bien construidas, abandonadas durante la retirada del ejército iraquí. Habían tomado prisionero a su hermano. Lo había llamado al móvil una y otra vez, pero nunca hubo respuesta.
A family of Syrian refugees now living in an abandoned gas station enjoy tea given to them by a local Turkish family in Suric.
John Stanmeyer/VII/National Geographic
“¿Para qué es eso?”, preguntó al verme tomar notas. Movió la mano con ademán displicente. “¿De qué nos sirve?”. Su cuñada, una mujer surcada de arrugas y vestida de rojo, rompió a llorar.
