Murat Yazar pastorea en Anatolia.
Murat Yazar, Kirkatir the mule, and the fat, lush land of Kurdish Anatolia. Winter wheat field near Lake Van.
Paul Salopek
Ingenioso y discreto, parece un vagabundo sacado de un libro de Steinbeck. Nunca sabrás qué caerá de su bolso luego de haber caminado durante todo el día. Bombitas regordetas de pimienta recogidas de una granja, racimos recién cortados del viñedo con uvas verdes, pegajosas y de mosto pálido, calabacines jóvenes y frescos que se parten al doblarlos, tomates maduros, higos... sería raro ver que el larguirucho de mi guía tire algo de este botín sabroso.
Kurdish harvesters tap the cornucopia of Anatolia—tomato fields outside Severek.
Paul Salopek
—¿De dónde sacaste esto? —pregunto con asombro. Al fin y al cabo, hemos caminado juntos todo el día.
Murat sonríe de manera sigilosa. —Nuestra cultura permite que los peregrinos como nosotros tengamos todo lo que necesitemos. Las tierras son extensas. Nos proveen —respondió. Con Murat, todo es color de rosa.
Eat your heart out: Wild berries on the road to the Euphrates River. They tasted like apples.
Paul Salopek
Murat es kurdo.
Son tiempos difíciles para caminar a través de su hermosa, aunque herida patria que está en las montañas y los valles del este de Turquía. La guerra en Siria, en la que kurdos étnicos combaten, ha estremecido a toda la región. Ha deteriorado la frágil conciliación entre el gobierno de Turquía y su minoría kurda, quienes han combatido por casi 40 años en guerrillas a fin de lograr una mayor autonomía. (Más de 37 000 personas, en su mayoría kurdos, han fallecido.) La hospitalidad de los kurdos es legendaria. A menudo, pasamos la noche en sus casas y nos atendien como a reyes. Bajo árboles de mora, los campesinos y los pastores nos hacen gestos para invitarnos a descansar con ellos. Nos traen tazas de té y pedazos de queso. Sin embargo, somos unos desconocidos que andan desaliñados, alejados de los caminos principales y con una mula completamente cargada. Por lo tanto, a veces sospechan y desconfían de nosotros, otras veces nos rechazan y hasta nos ahuyentan cuando les damos miedo. (Una anécdota con final feliz: mi celular cayó al suelo como si fuese una bomba a punto de explotar y empecé a hacer gestos con las manos para demostrar que no estaba armado. Inmediatamente, una unidad de militares kurdos pro gubernamentales, que estaban muy nerviosos por cierto, nos atacaron por error).
Este tipo de tensiones entristecen a Murat, quien, al igual que muchos kurdos, es un idealista con cicatrices que lamenta constantemente la unidad de su pueblo. —Somos estúpidos —murmura en su inglés marcado mientras camina desanimado hacia adelante. —Nos vendemos por un centavo, por un par de armas y un poco de poder.
En el campamento, las riquezas de las tierras de Anatolia caen del bolso sin fondo de Murat. Luego pone unas papas sobre las brasas calientes de la fogata. De inmediato, empieza a bromear y a contame la historia del internado al que asistía en Turquía, en donde los niños kurdos era castigados por hablar su idioma. Murat recuerda la comida de todos los días... té con pedazos de pan viejo y mermelada. —Para poder comer, —me cuenta —tenías que apresurarte y agarrar la comida antes que tus compañeros.
—Los dos mejores platos que recuerdo fueron aquellos que comí en las zonas bélicas. Esto es normal. En la miseria, uno se aferra a la vida, incluso a través del gusto.
«Una vez, estábamos muertos de miedo por los bombardeos en la línea de combate de un pueblo situado en la llanura de Shomali, fuera de Kabul, cuando un combatiente barbudo de la Alianza del Norte me extendió su puño. Quería compartir su ración de comida conmigo. Puso en mis manos tan sucias todo lo bueno y hermoso de Afganistán: las notas de madera y pino en las nueces, los rayos de sol que caen en las montañas y se imprimen en las pasas doradas, el sabor fresco del deshielo sobre las moras. Al masticar todo junto, el sabor era como un halo de luz que explotaba en mi cabeza. Un año después, cuando estábamos en Iraq, cerca de la ciudad de Mosul que ardía en llamas, una mujer kurda nos convidó yogur casero que tenía sabor a rocío y pastizales de primavera. Era abril. Cual medicina que calma, ese yogur se propagó, como una luz blanca y pura, desde mis labios hasta mis venas.»
Honey men outside Adiyaman. They transported their sweet hauls on motor scooters.
Paul Salopek
En 1930, el escritor polaco Bruno Schulz escribió lo siguiente en su colección de cuentos «La calle de los cocodrilos»:
En aquellas mañanas soleadas, Adela regresaba del mercado y, como si fuese la diosa Pomona, emergía del fuego mientras vaciaba su canasta repleta de bellezas solares y coloridas: las cerezas rojas y brillantes llenas de jugo bajo su piel traslúcida, los damascos misteriosos en cuya pulpa dorada yacía el corazón de tardes eternas. Y junto a la pura poesía que emanaba de los frutos, ella sacaba pedazos de carne con teclados de costillas que hacían sonar la energía y la fuerza. Finalmente, salían las hortalizas, semejantes a plantas acuáticas, a pulpos y a calamares muertos. La materia prima de cada plato cuyo sabor era infinito, los ingredientes vegetales y terrestres de la cena que irradian un aroma campestre y salvaje.
Shulz era judío. Iba cruzando la calle de la ciudad acechada por la hambruna cuando un oficial nazi le disparó. Murió con un pedazo de pan bajo su brazo.
On those luminous mornings Adela returned from the market, like Pomona emerging from the flames of day, spilling from her basket the colorful beauty of the sun–the shiny pink cherries full of juice under their transparent skins, the mysterious apricots in whose golden pulp lay the core of long afternoons. And next to that pure poetry of fruit, she unloaded sides of meat with their keyboard of ribs swollen with energy and strength, and seaweeds of vegetables like dead octopuses and squids–the raw material of meals with a yet undefined taste, the vegetative and terrestrial ingredients of dinner, exuding a wild and rustic smell. Shulz, a Jew, was shot dead in his starving town by a Nazi officer. He was crossing a street. He died with a loaf of bread under his arm.
A la noche, veo a mi amigo Murat que está comiendo. Su rostro ha enrojecido por el fuego. Al consentirse con cada mordisco del alimento que consiguió cosechando libremente, digiere sus sentimientos por Kurdistán, su querida idea de hogar. De este modo, me doy cuenta que todo el planeta es comestible y que las caminatas, en palabras de Hemingway, son un banquete eterno.
—¿Qué haces? —le pregunté a Murat al día siguiente.
Estamos caminando. Murat se deleita con una bolsa de frutos silvestres que los kurdos llaman «güvij». Cortados del árbol de espinos, coloca uno de los frutitos amarillos en su boca.Luego esparce dos o tres más al costado del camino en el descenso extenso y fresco del monte Karacadağ. Sonríe. Me dice que está sembrando un bosque mientras camina.
Los rábanos picantes perforaron mi lengua mientras que el viento otoñal perforó mi corazón.
—Matsuo Bashō
