¿Qué hacemos aquí?
¿A 7.800 pies de altura, en el pináculo del mundo sobre una cima extraña e inmóvil que brilla más que una nube iluminada por el sol? Un desierto sin sombra que cega los ojos. Con dificultad observamos su vasta blancura. Una luminosidad que borra la distancia, que aplana el espacio, que engaña la vista.
Trail guide Vitali “Vito” Uplisashvili falls. The snowfield at trail’s end near Poka.
Paul Salopek
Estamos en problemas. Nos congelamos.
A cuatro días de distancia, a nuestras espaldas, se extiende Anatolia — el colosal pulgar de Asia Menor que se inclina hacia occidente, hacia Europa. Un universo mediterráneo de olivos y pistachos, una tierra enrojecida por el sol y rayada por el suave verde del trigo invernal. Un cosmos de ajetreadas ciudades de la Ruta de la Seda, de pulcros poblados, de kebabs humeantes, de mezquitas, de plegarias. En Posof, en el límite de Turquía, nos adentramos— atravesando por un espejo mágico, una membrana invisible de cultura — en otro mundo. Entramos en la República de Georgia: montañas de gris y bermejo moteadas con nieve, con sus horizontes verticales afilados como por talla lítica, desgarrados por ríos gélidos cuyos lechos están salpicados de piedras que lucen como huevos azules y adornados con oxidadas hojas de sicomoros. Titubeando, nos adentramos en otra dimensión, uno de los sitios más antiguos de la Cristiandad, donde cada colina árida es un Calvario afeitado lleno de cruces inclinadas en la cima. Castillos caídos del pasado. Por pueblos difíciles habitados por mujeres y hombres cuyos rostros son angulares y hermosos, como los primeros Picassos. Las mujeres van en botas de goma. Los hombres van encorvados bajo sombreros negros de copa baja. Letras cirílicas se desvanecen de las paredes descascaradas. Camiones rusos suenan and petardean en las cercanías, tocando las bocinas. Es el comienzo del final de otra historia, otro imperio, otro sueño.
Shepherd Shalva Diasamidze, near the Mtkvari River: “Go that way.”
Paul Salopek
"¿Te gusta Georgia?"
Vitali “Vito” Uplisashvili es nuestro nuevo guía de caminata.
Nos saluda en la frontera con nuevas botas de escalar. En su mochila, lleva la vieja daga de su padre y no una, sino dos botellas grandes de chacha, el vodka de uva de su país. (Este líquido claro es tan inflamable que lo utilizamos para encender fuego.) Vito pregunta esto a menudo: "¿Te gusta Georgia?" Él nunca ha salido de Georgia. Tiene 18 años de edad.
Nosotros somos cuatro. Mi guía turco Murat Yazar nos acompaña. Así como también su amigo Matthieu Chazal, de Burdeo. Nos dirigimos al este. Luego al sur.
Caminos flacuchos. Huellas fangosas de cabra. Subimos lentamente por el río Mt’k’vari, que constituye tanto una puerta como una pared entre Asia y Europa, cruzando y recruzando por puentes colgantes abandonados sus corrientes negras y gélidas, una de las legendarias encrucijadas del mundo, un atascadero histórico. Durante miles de años, muchos ejércitos y hordas invasoras han vadeado dichos ríos en Georgia: Alejandro Magno, Persas, Romanos, Bizantinos, Árabes, Kázaros, Mongoles, Otomanos, Rusos. (De hecho, los huesos fosilizados de los nómades más antiguos fuera de África han sido encontrados en Georgia. Homo Erectus de 1.8 millones de años de antigüedad.) Ahora hay pastores arriando ovejas arriba y abajo por el valle del río. Apuntan hacia Tbilisi, la lejana capital.
Avanzamos con paso pesado.
Toasting: a pause in a winter field before reaching the snowline in Georgia.
Paul Salopek
Bajo el frío cielo teñido del color de la cera, tumbamos manzanas congeladas de árboles sin hojas. ("¿Te gustan las manzanas de Georgia?") Akhaltsikhe, Aspindza — los anónimos caseríos más pequeños— están cubiertos de hielo. En Akhalkalaki, un destemplado poblado ferroviario, comienza a nevar. El único hotel abierto es una casa de dudosa reputación. Sus internas son tristes mujeres armenias. Maldicen a Georgia como si fuera un hombre. Miran videos musicales egipcios. La proxeneta de ojos rojos dibuja una cruz en el aire en el pórtico de afuera, bendiciéndonos mientras pasamos. Escalamos un alto y desolado macizo. La nieve está a la altura del muslo. Perdemos nuestro camino en este mundo bañado de blanco. Bajamos rodando por pasadizos. Rebotamos en campos de roca. Y me tuerzo la rodilla izquierda. Cuando cae la noche, Murat — mi guía desde el río Éufrates en las planicies de Mesopotamia — quema sus guantes para encender una hoguera. Esto salva nuestros pies. La Caminata Fuera del Edén se queda congelada por el invierno.
Dos días después, el médico de la cálida clínica en Tbilisi se muestra incrédulo cuando le digo que mi menisco magullado ha bailado como un péndulo por 4.000 millas desde Etiopía.
"Deberíamos estar tomando una radiografía de tu cráneo en vez de la rodilla," dijo, dejando la radiografía de mi rodilla a un lado.
Hibernaré en Tbilisi. En la primavera, volveré a la hoguera donde Murat quemó sus guantes. Esto es lo que hacemos: Avanzamos de puntillas por las cenizas de nuestros fogones, buscando nuevas direcciones, con mayor significado. Entonces caminaré nuevamente.
