¿Qué estás haciendo, Natia?
"Me estoy pintando los labios con jugo de nuez".
¿Jugo de nuez?
"Sí. Cuando era niña lo usábamos como lápiz labial".
A poetic traffic jam in the Pshavi mountains of eastern Georgia.
Paul Salopek
Natia Khuluzauri, mi guía en las colinas del este de Georgia, frota la amarillenta y reseca cáscara de una nuez sobre sus labios. La observo hacer esto. Miro a su linda hijita, Nutsa, jugar en el pasto con una yegua negra atada. Miro la larga y lanuda fila de ovejas que levanta polvo en un camino —ovejas guiadas por pastores de piernas largas que silban y lucen quemados por el sol del verano, con sus caballos a la zaga. Miro el almuerzo compuesto de brillantes tomates rojos. Miro el desaliñado Cáucaso que nos ciñe con suntuosos surcos de coníferas, limas, avellanas y manzanas silvestres. Miro el cielo azul polvoriento. Escucho una campana tañendo y desvaneciéndose en la distancia. Me doy cuenta de algo: estoy viviendo un momento de Vazha Pshavela.
¿Quién es Vazha Pshavela?
“I, by fate, am doomed to wander…” A portrait of Vazha Pshavela at a museum in Chargali.
Paul Salopek
Vazha Pshavela es el admirado bardo montañés de Georgia: un Walt Whitman del Cáucaso, un compositor de épicos versos dedicado a encantar a los cazadores, pastores y a las fuertes mujeres de villas remotas que cuelgan como nidos de golondrinas en los riscos de Pshav-Khevsureti: la Apalachia de Asia Menor. Un genio nacido en una cabaña de piedra. Un patriota. Un aldeano con las necias manos de un boxeador que caminó 1.600 millas detrás de un carromato hasta San Petesburgo para estudiar leyes. Un defensor de los antiguos valores en contra de la "falsa civilización" que avanzó con paso pesado sin dinero de vuelta a Georgia para escribir más de 400 poemas que adoraban a la naturaleza, que sangraron por conflictos, que enfrentaron al hombre y a la mujer libre contra el grupo conservador. El comienzo de esta trágica balada: "Anfitrión e Invitado".
Velado en la penumbra de la noche
La dulce cara de Kisteti
Aparece, entre las colinas alrededor,
Un trono rocoso entre los acantilados.
El río gime en su oscuro barranco
Turbio, con dolor en su corazón.
Las montañas también están inclinadas,
Lavándose la cara y las manos en el agua;
En sus pechos, muchos han muerto,
No es apropiada la sangre en sus flancos.
Buscando la sangre del asesino de su hermano,
Un hombre viaja a lo largo del camino.
La mayoría de los países ensalza a sus fundadores. Los libros de historia alaban a los generales. Celebran a las personas fuertes, a los políticos. Los mitos patrióticos son protagonizados por revolucionarios, profetas religiosos, incluso comerciantes glorificados —emprendedores. Pero, ¿qué ocurre con Georgia? Georgia venera a sus poetas.
Pese a ser una nación de 5 millones de habitantes que habla uno de los idiomas más escasos del mundo, Georgia ha producido un asombroso legado de literatura de primer nivel.
Si ha de existir un único Georgiano "padre de la nación", debe ser Shota Rustaveli, el bardo del siglo XII. (Su obra maestra, "El Caballero en la Piel de la Pantera", aborda la naturaleza de la amistad). El aeropuerto internacional y diez mil calles llevan su nombre. Los niños recitan de memoria diez minutos de su verso en las festividades nacionales. Las parejas comprometidas en matrimonio intercambian fragmentos de su rima ritual.
Es cierto. La capital de Georgia, Tbilisi, tiene monumentos de reyes a caballo. Pero también tiene incontables estatuas que muestran a Rustaveli y muchos otros soñadores escritores asiendo libros, manuscritos, plumas. Akaki Tsereteli. Ilia Chavchavadze. Titsian Tabidze. No menos de tres poetas publicados están incluidos en la moneda nacional, el lari. (Otras figuras estampadas en los billetes Georgianos son un lingüista, un pintor, un músico, dos miembros de la realeza y un soldado).
The poet-hero’s tomb on a Tbilisi hillside.
Paul Salopek
"Para nosotros, la poesía es una herramienta de supervivencia", me dice Nodar Dugladze, el propietario de un café, ex publicador de un periódico, guardaespaldas y experto en Homero. "Hemos sido invadidos tantas veces, por tantos pueblos —del norte, del sur, del este y del oeste— que lo que hacemos es sentar a los invasores a la mesa, beber mucho vino con ellos y recitarles poemas largos cuando están borrachos. Los cooptamos. Los seducimos.
Natia Khuluzauri, la de los labios pintados con nuez, me lleva a ver la villa de Chargali, donde el montañés Vazha Pshavela nació en 1861. Me cuenta esta historia familiar:
"Mi abuela era de esta área. Cuando ella era pequeña, fue a una celebración en la villa de Vazha Pshavela. Estaba sentado fuera de su casa, escribiendo en un peldaño. Ella le trajo khinkali" —albóndigas de carne— "y él se enfadó mucho. Le dijo, '¿Qué? ¿Por qué quiero albóndigas ahora? ¿No ves que estoy pensando cosas más grandes?' Él era muy hostil. Le dijo a mi abuela que se fuera".
Natia sonríe soñadora, reverentemente.
Chargali es un hermoso pueblo sin salida, muy remoto, de escasa población, silencioso y pastoral que se ubica en lo alto del bosque. El estado ha convertido la casa del poeta en un santuario. Su rostro, que muestra el ceño fruncido, está esculpido en torres de estilo heróico fuera de un museo.
