Los homininos más antiguos hallados fuera de África se descubrieron en la cima de un promontorio rocoso en la República de Georgia, en el exuberante sur del Cáucaso. Los restos óseos, algunos mordisqueados por gigantes hienas prehistóricas, se extienden por debajo de un pueblo medieval. Bajo las ruinas musgosas de una iglesia y una fortaleza. Bajo una cruz. Bajo la espada.
Pienso en este contraste primigenio en los anhelos humanos mientras camino por el yacimiento arqueológico de Dmanisi. Mientras sostengo los fósiles no puedo evitar quedarme mirándome las manos. ¿Somos buenos? ¿Puedo beber tu sangre?
The earliest clues to altruism have been found at Dmanisi, a site crowned by a medieval church and fortress.
Paul Salopek
Según un principio fundamental del darwinismo, deberíamos actuar como bestias.
¿El motivo?
Simplificando, “la supervivencia de los más aptos” sostiene que el individuo cuyo ADN se replique más en una población gana el juego de la evolución. Da igual cómo: la biología no es moral. De hecho, se recompensa el egoísmo. Se aceptan el engaño o la violencia. Así, un granuja egoísta (alguien que acapara la comida en tiempos de escasez, que nunca se arriesga por ayudar a un extraño, que destruye a sus oponentes o que recurre al engaño para acostarse con las parejas de los demás) teóricamente sobreviviría más tiempo y tendría más descendencia. Ganaría la medalla de oro en las olimpiadas genéticas.
Sin embargo no somos delincuentes corruptos o, al menos, no siempre. Luchamos contra nuestra naturaleza egocéntrica: ofrecemos nuestro asiento a las señoras mayores en los autobuses aunque no sean nuestras abuelas, donamos dinero a los hospitales y damos limosna a los mendigos. A veces hasta damos la vida por los débiles, vulnerables y oprimidos. Para los científicos este comportamiento es desconcertante.
Los testimonios de tan arraigado altruismo son muy antiguos. Están enterrados en las profundidades, en el registro fósil.
El ejemplo más conocido es Shanidar 1, un neandertal encontrado en una cueva de Irak. Tenía el brazo derecho atrofiado. Estaba parcialmente ciego y sordo. Estaba tan deteriorado por la artritis y otras lesiones que apenas podía moverse. Aun así llegó a la provecta edad, para un neandertal, de 40 años, al parecer solo con la infatigable ayuda de otros individuos de su clan. Cuidaban de un hombre viejo e inútil. No sabemos por qué. Vivió y murió hace entre 35 000 y 45 000 años.
También se ha encontrado un cráneo infantil, catalogado como SH14, en la Sima de los Huesos, Atapuerca, España. Este cráneo pequeño y frágil muestra claras evidencias de una deformidad cerebral, un defecto tan grave que pudo haber ocasionado algún trastorno del aprendizaje. Pero no se abandonó, repudió ni asesinó al infante. En lugar de eso, lo criaron y educaron durante al menos cinco años, seguramente con gran sacrificio de los padres. SH14 tiene la extraordinaria antigüedad de 500 000 años.
Pero es Dmanisi, en Georgia, el que ostenta el récord mundial de antigüedad en cuanto a esta extraña característica humana: la benevolencia.
―Hemos encontrado un individuo de edad avanzada y con un solo diente ―afirma David Lordkipanidze, paleoantropólogo y director del yacimiento de Dmanisi―. ¿Te imaginas lo difícil que habría sido sobrevivir en estas condiciones? Alguien tuvo que cuidarlo.
Lordkipanidze se refiere a una mandíbula catalogada como D3900. Es gruesa, con el mentón ovalado y de una antigüedad inimaginable. Procede de alguna criatura nómada, quizá un Homo erectus. D3900 masticó su última comida con las encías; posiblemente otro individuo le introdujo el alimento entre los labios con sus dedos peludos hace 1,8 millones de años.
A shepherd packs his horse. His gift—directions to the next village in southern Georgia.
Paul Salopek
Algunas teorías antropológicas tratan de explicar los fundamentos darwinianos del altruismo.
Según la teoría de la selección de parentesco, el sacrificio del bienestar propio es directamente proporcional al grado de parentesco con los humanos que elegimos ayudar. Aunque los cálculos genéticos son más complicados que eso. Además, esta hipótesis no explica las veces que actuamos en beneficio de extraños, una constante en el ser humano.
La teoría de la selección de grupo que defiende el sociobiólogo E. O. Wilson señala las ventajas evolutivas de la empatía para la supervivencia de los grupos de humanos “colaborativos” con respecto a los “egoístas”. Parece buena idea si, además, tenemos en cuenta las ventajas de cooperar y compartir la crianza de nuestros bebés, de grandes cerebros y maduración lenta. Somos un enjambre de gran complejidad.
Voy caminando por el mundo.
Tocando en puertas ajenas. Acampando con extraños. Me afano por seguir adelante, dejando atrás Dmanisi y saliendo de Georgia hacia una vasta y arrugada topografía de miseria y compasión humanas.
Esta noche duermo en la granja destartalada de una mujer llamada Sveta. Su hijo está sentado delante de una pequeña mesa con un hule viendo telenovelas en lengua hindi. Arde una estufa de leña. Los ratones, en silencio, corretean por las vigas. Sveta me enseña, riendo, la barra de hierro que guarda al lado de su cama. Su garrote. Tomamos un té de hierbas silvestres.
No temas.
